domingo, 25 de abril de 2010

Apud Beneventum in plena curia - Las Cortes de Benavente de 1202

Chronica Minora

La curia plena de Benavente nos es conocida a partir de un texto fechado en esta villa el 11 de marzo de 1202, en el que se recoge un ordenamiento establecido por Alfonso IX en esta asamblea. Existen abundantes copias y ediciones del mismo, unas en latín y otras en romance, pero todas ellas remiten a dos documentos de la primera mitad del siglo XIII que incluyen estas disposiciones, ambos existentes actualmente en el Archivo de la Catedral de Zamora: una carta en pergamino y una copia del mismo recogida en el Tumbo Negro de la catedral.
Las disposiciones de la curia plena de Benavente fueron consideradas, desde el punto de vista de los intereses patrimoniales de la catedral de Zamora, como privilegios para las heredades de abadengo La presencia de este pergamino en el archivo catedralicio tiene en este sentido una justificación evidente, pues efectivamente una gran parte de los parágrafos aluden al abadengo de una forma u otra, y cuando se regula la cuestión de la “quiebra” de la moneda y el tributo alternativo de la moneta, que teóricamente tendría un carácter más universal, se incluye la exención expresa de esta gabela para los canónigos de las catedrales. Su misma catalogación como “privilegios para los que tenían heredades de abadengo” nos indica que el documento afectaba expresamente a los intereses de la institución zamorana.
Como ya fue glosado por diversos autores, su texto adopta la forma de un iudicium, con una doble temática muy definida. Por un lado el tratamiento de las heredades de abadengo, que por diversas circunstancias pasan a ser detentadas por milites u otros. Sobre este particular se concretan las atribuciones del rey y del abadengo en varias situaciones de tenencia: per capitulum, in prestimonium, o in pignus. En realidad, estas disposiciones atañen fundamentalmente a cesiones temporales de heredades de abadengo a los caballeros, una práctica cada vez más habitual en el período que nos ocupa, cuyo fin era garantizar un aprovechamiento satisfactorio de su patrimonio, evitando a la vez la intromisión de los concejos o de otros representantes de la propia nobleza. En este sentido debe entenderse la expresión ad tempus, como una cesión no definitiva, al igual que ocurre con la entrega en prestimonio. De igual forma, los miembros del clero, sean del abadengo o de las órdenes, pueden disponer de las heredades de los milites siempre que cumplan con el mismo fuero que satisfacen el resto de heredades de estos milites.

Como ya señaló García de Valdeavellano, en León y Castilla durante la Edad Media fueron muy frecuentes las concesiones de tierras en régimen de tenencia o disfrute, temporal o vitalicio, que se hacían con la finalidad de fomentar y mejorar el cultivo de la tierra cedida y de obtener a cambio una renta, censo o rendimiento económico. Este mismo autor resuelve que lo que se dispuso en Benavente fue que estas heredades tenidas en prestimonio debían estar sujetas al mismo fuero que las heredades propias y guardarse en ellas la justicia del rey.
El paulatino fortalecimiento del poder municipal tuvo como resultado una tendencia a que las instituciones señoriales, enclavadas dentro de los ámbitos jurisdiccionales de los concejos, cedieran de forma temporal sus propiedades a señores poderosos, preferentemente laicos, con el fin de contrarrestar la voracidad de la fiscalidad concejil. Por eso las disposiciones de las cortes de Benavente sobre este particular fueron interpretadas como privilegios para las heredades abadengo, ya que suponían una fórmula para ceder la administración una parte de su patrimonio a los caballeros, sin caer por ello dentro de la órbita del realengo.
El otro asunto tratado es el de la venta de la moneda. El monarca se compromete en no alterar o “quebrar” la ley de la moneda, sin previamente ofrecer su compra a las “gentes terrae”.
Las deliberaciones tienen como resultado, según sabemos por la data, el establecimiento de un tributo de un maravedí anual por un período de siete años para los territorios situados entre el Duero y el mar, admitiendo la exención de los canónigos de las catedrales, de los milites y de ciertas personas que trabajan para ellos en sus casas. Es decir, un impuesto resultado de un acuerdo de ambas partes, a cambio de la promesa de no envilecer la ley de la moneda. Además se establece que los milites u “otros” no puedan beneficiarse económicamente de la recaudación de este tributo, ni de la fonsadera.
Precisamente en la catedral de Zamora existe un documento de Alfonso IX, sin fecha concreta, en el que el monarca ordena a Fernando Ramírez y a García Muñiz que no tomen los maravedís de la moneda a los clérigos del coro de la iglesia de San Salvador de Zamora. No sabemos si el diploma es anterior o posterior a 1202, pero es manifiesta la vinculación entre ambas actuaciones.
En su conjunto, las disposiciones de la curia plena de 1202 no constituyeron un asunto especialmente original o novedoso. Al menos en parte, recuerdan o reforman otros ordenamientos promulgados con anterioridad por el propio Alfonso IX o remiten genéricamente a actuaciones de antecesores suyos, lo cual nos lleva inevitablemente a la figura de Fernando II y a la posible existencia de otras asambleas homologables a esta de 1202, de las que no conservamos actas de sus decisiones.

Esta es la impresión general que se obtiene de la lectura del documento, y así es reconocido por los propios jueces asistentes: “datum est iuditium inter me et ipsos ab electis iudicibus, sicut etiam iam fuerat iudicatum inter antecesores meos et suos”.
Así mismo, en el texto de 1202, al iniciar las disposiciones relativas a la venta de la moneda se recuerdan de nuevo anteriores actuaciones: “In ipsa curia etiam iudicatum fuit sicut etiam semper fuerat quod si rex de nouo uoluerit suam monetam mutare in aliam, uniuersi de suo regno equaliter recipere debent”.
Como afirma Procter, no hay pruebas de que la moneda se vendiese en ninguna asamblea anterior de la curia plena. La dificultad radica en que el término moneta puede interpretarse tanto en el sentido de la facultad o licencia para su fabricación, como en referencia al tributo alternativo a su no “quiebra” por el rey. No obstante, contamos con diversos diplomas de Alfonso IX en los que se está hablando claramente de un impuesto que se recauda con regularidad en el reino con anterioridad a 1202. Así pues, tanto las disposiciones relativas a las heredades de abadengo, como las concernientes a la venta de la moneda y su tributo alternativo parece ser que ya fueron objeto de una regulación anterior.
Por otra parte, es muy probable que en la curia plena de 1202 se discutieran otros asuntos complementarios que no fueron incorporados finalmente a las actas, o bien, por la razón que sea, no fueron copiados en la versión del pergamino que conservamos de la catedral de Zamora. Como hemos visto, en toda la reglamentación sobre la posesión temporal de las heredades de abadengo por los milites la cuestión de fondo es el trasvase de heredades entre el realengo y el abadengo. Un temática que contaba con una larga trayectoria en diversos concilios y asambleas políticas del reino de León.
Sin duda esta problemática tuvo que ser tenida en cuenta por los iudices a la hora de tomar sus decisiones. Pero además, la misma data del diploma da cuenta de una forma muy poco ortodoxa sobre la venta de la moneda “gentibus terre a Dorio usque ad mare”. Este aspecto, debió regularse de una forma más concreta y específica, pero su desarrollo literal no fue recogido en el aparato dispositivo.
Mucho más difusa e inconcreta todavía resulta la noticia de la venta de la moneda en la Extremadura: “Similiter eodem anno, et tempore simili modo empta fuit moneta in tota Extrematura”. El sentido de la frase parece indicar que existió otra disposición específica relativa a la Extremadura, tampoco incluida en el pergamino. Tal vez fue promulgada en otro momento de la curia plena de Benavente, o en otra asamblea complementaria, no sabemos si anterior o posterior. Simplemente se afirma lacónicamente que se aprobó de igual modo y en el mismo año.
En base a todo lo argumentado, la conclusión principal que se obtiene es que el documento del archivo de la catedral de Zamora es un extracto, recopilación o reelaboración de algunas de los iudicios u ordenamientos promulgados en una curia plena celebrada en Benavente en marzo de 1202, quizás no todos. Seguramente se recogieron aquellos que resultaron de especial trascendencia para el reino, bien porque convenía en aquel momento confirmar determinadas actuaciones anteriores, o bien porque afectaban más directamente a los intereses de la iglesia en general y la sede zamorana más en particular.
De todo ello se redactó un diploma, que dados sus aspectos formales y contenido, todo invita a pensar que se trata de una copia, bien emanada de la cancillería regia o bien de una copia simple, pero que en ningún caso es el acta solemne de una curia regia. No obstante, en la medida que puede ser reflejo de otros textos perdidos merece ser analizado en todos sus extremos. Aún en el caso de que consideremos el texto de Zamora como expedido por la cancillería regia, parece obvio que se trataría de una copia ad hoc, solicitada por la catedral de Zamora, y por tanto mediatizada por el sujeto receptor, en cuanto que debieron de reproducirse aquellos preceptos de especial interés para el cabildo.
En fin, el pergamino de la catedral de Zamora, a pesar de ser uno de los textos más antiguos que conservamos correspondiente a esta época fundacional de las cortes en el reino de León, no constituye una excepción en relación con otros diplomas equiparables. Adolece de la mayoría de los defectos y dificultades ya glosadas para las asambleas de 1188 y 1208, lo cual no hace sino poner de manifiesto que nos encontramos en un momento de formación y cristalización de esta institución; en muchos sentidos, incluido entre ellos el de la práctica documental.
Imágenes: Alfonso IX según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela; 2. Símbolo regio del Reino de León (Tumbo A); 3. Vista panorámica del Castillo y Parador de Turismo de Benavente; 4. Maravedí de oro de Alfonso IX - Ceca de Salamanca? y 5. Dinero de vellón de Alfonso IX. Ceca de Santiago de Compostela.
Sobre esta cuestión véase el siguiente artículo en PDF: R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, “Las cortes de Benavente de 1202 y 1228", El Reino de León en la época de las cortes de Benavente, Benavente, 2002, pp. 191-221.

martes, 13 de abril de 2010

Tierra de reyes y altas torres - La villa y fortaleza de Portillo

Las Perlas del Patrimonio

La villa de Portillo se encuentra a unos 26 kilómetros al sureste de Valladolid, en la carretera que lleva a Cuéllar y Segovia. El municipio comprende actualmente los núcleos de Portillo y el Arrabal de Portillo. El primero, cercado de murallas y defendido por el castillo, domina un cerro que se asoma a la comarca vallisoletana de la Tierra de Pinares, mientras que el segundo, en la parte baja, se organiza en torno a la iglesia de San Juan Evangelista y el viejo camino de Valladolid a Cuéllar. La proximidad a la capital del Pisuerga ha dotado históricamente a este emplazamiento de una gran importancia estratégica.
La villa perteneció desde la segunda mitad del siglo XV al señorío de los Condes de Benavente y posteriormente, tras la extinción del linaje en el siglo XIX, a la Casa de Osuna. Durante la Guerra de Secesión con Portugal el castillo albergó el archivo condal, trasladado desde la fortaleza de Benavente. En la actualidad el edificio es propiedad de la Universidad de Valladolid, por donación en 1946 del histólogo Pío del Río Hortega.
El 23 de septiembre de 1465 el infante Alfonso entregaba la plaza a Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente (1451-1499). La donación debe inscribirse en el contexto de la Guerra Civil castellana y las mercedes entregadas a los nobles más adictos la causa de Alfonso en la rebelión frente a su medio-hermano Enrique IV. La entrega incluía "todas las otras cosas pertenesçientes al señorío e jurisdiçión de la dicha villa de Portillo e los dichos sus términos e jurisdiçiones e de las terçias e otras cosas a mi perteneçientes en ello e en cada cosa e parte dello salvo de las alcavalas de las mis rentas e pedidos e monedas de oro e plata". Posteriormente, una vez que el noble benaventano se incorporó al bando realista, Enrique IV confirmó Portillo y en 1471 se escenificaba la toma de posesión de la villa.
La presencia de Portillo en las crónicas bajomedievales será una constante como consecuencia de las luchas nobiliarias del reinado de los últimos Trastámaras.
En el "Libro de las bienandanzas e fortunas", de Lope García de Salazar, encontramos en el libro XVIII el "Título de la prisión de los Condes de Alva e de Venavente e don Enrique e Suero de Quiñones e de sus fechos". Se narra aquí el apresamiento de Alfonso Pimentel, III Conde de Benavente (1440-1451), y otros caballeros en 1448 por los partidarios de don Álvaro de Luna. Fueron conducidos al castillo de Portillo, de donde consiguieron fugarse poco después descolgándose con cuerdas de los muros. Estos acontecimientos ocurrían un 18 de diciembre de 1448. El conde previamente había convencido al alcaide de la fortaleza, Diego de Ribera, de que era oportuno cambiar ahora de bando, pues el de don Álvaro estaba destinado inexorablemente a convertirse en perdedor:

"E algund poco tienpo enante d'esto ovieron vistas don Alonso Primentel, Conde de Venavente, e don Ferrando Álvarez, Conde de Alva, e don Enrique, hermano del almirante, e Suero de Quiñones con el rey don Juan e con el Prínçipe, su fijo, e con el Condestable entre Tordesillas e Toro, tantos por tantos, sobre seguridad. E estando en las vistas, salieron L de cavallo del Rey de una çelada e fueron presos todos quatro; e yoguiendo presos, salieron el Conde de Venavente del castillo de Portillo e don Enrique de Santestevan de Gormaz, colgándose con cuerdas.".

Sobre este particular existen diferentes versiones. Según se relata en la Crónica de Juan II, el ajedrez sirve como cortina de humo para facilitar la evasión del conde ya que consigue distraer al alcaide jugando con él hasta la llegada de sus partidarios: "é guiólos el portero hasta donde estaba el Conde jugando al axedrez con Diego de Ribera. El Conde había comenzado este juego é lo detenía, porque Diego de Ribera no anduviese por la fortaleza".


Igualmente en la Crónica de Enrique IV, escrita por Diego Enríquez del Castillo, se hace relación de las intrigas en las que se hallaba inmerso el IV Conde en relación con la rebelión contra el monarca castellano:

"Subcedió que el conde de Benavente hallándose avergonzado y confuso, por aver sido contra el Rey en las cosas pasados en su deservido, queriendo enmendar el yerro pasado, trató secretamente con él, suplicándole que lo quisiese perdonar e tomarlo por suyo; de que el Rey se fue muy contento. E como por entonces, sobre cierto tracto e conveniencia que hizo con el Alcaide de Portillo, ovo la fortaleza de su mano é apoderose de la villa, é así apoderado, suplicó al Rey que hiciera merced de ella, lo cual el Rey libremente hizo, e gela confirmó, por donde le pareció al Conde quedar en mayor obligación de lo servir en adelante [....] El Conde de Benavente deseando hacer algún servicio agradable al Rey, acaeció que pasando el Príncipe [el infante Don Alfonso] de Toledo para Arévalo, acompañándole el Arzobispo é los otros parciales que lo seguían, salvo el Marqués de Villena, que se avia quedado en su tierra, vinieron una noche a dormir a Portillo, donde el Conde los recibió muy bien é con mucho amor. El Príncipe fue aposentado en la fortaleza, y el Arzobispo e los otros caballeros en la villa. E luego otro día siguiente por la mañana, quando aquellos señores vinieron juntamente a la puerta de la fortaleza, y esperaban al Príncipe para partir, el Conde de Benavente envió a decir al Arzobispo que se fuese en buena hora, porque el Príncipe no avia de andar mas debaxo de su mando, ni andar cerca de él; de que el Arzobispo se sintió muy amenguado. Por manera que la enemiga entre él y el Conde estuvo grand tiempo arraigada".
En el siglo XVIII Portillo continuaba bajo la órbita de la familia Pimentel, como se reconocía en las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada: "este lugar es de señorío perteneciente a la casa de los Condes de Benavente, que pone justicias en ellas y las rentas que percibe son las alcabalas".
En 1751 la población de la villa y su arrabal comprendía 440 vecinos "entre buenos y malos". El casco urbano contaba con 350 casas habitables y 50 inhabitables o arruinadas. Había además un total de tres hospitales: "Hay dos hospitales en la villa, uno para hombres y otro para mujeres, y otro en el arrabal para hombres solos". Se menciona también un convento extramuros de la población que era de Agustinos Recoletos y se componía de hasta cuarenta religiosos.
La planta y la estructura general del castillo de Portillo responden a un tipo de fortificación que se ha venido en llamar de la Escuela de Valladolid. Estos castillos señoriales de la segunda mitad del siglo XV están inspirados en las reformas y ampliaciones de las fortalezas de Enrique IV y presentan unos rasgos muy definidos: planta cuadrada, torre del homenaje de grandes proporciones y distribución interior de carácter palacial.
Nuestro castillo presenta efectivamente planta cuadrada defendida por cubos en los extremos. El doble recinto interior se fecha habitualmente en la segunda mitad del siglo XIV. Aloja una imponente torre del homenaje de 28 metros de altura, del siglo XV, que posee una estancia baja abovedada con arcos fajones ojivales. Por encima de ella se adivinan dos pisos más con forjados de madera, hoy perdidos, y una magnífica bóveda de crucería en la parte superior. La entrada principal a este recinto se hace a través de una portada de arco apuntado con garita defensiva semicircular. Al IV Conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel, se atribuye la construcción de la barrera exterior artillera con sus fosos, el patio porticado y el famoso pozo de 32 metros de profundidad, rodeado de una escalera de caracol de 123 peldaños y salas subterráneas perimetrales.
 
La historia de la fortaleza no cuenta con hechos de armas especialmente destacados pero sí albergó ilustres personajes en sus mazmorras, entre ellos, como hemos visto, el propio conde benaventano, pues hizo funciones de cárcel en varias ocasiones. En 1444 estuvo aquí retenido Juan II. Pero su más famoso prisionero fue el condestable de Castilla, maestre de Santiago y valido del rey Juan II don Álvaro de Luna. Su caída en desgracia motivó su apresamiento en Burgos a comienzos de abril de 1453. De Burgos pasó al castillo de Portillo, donde se conserva una sala abovedada bajo la torre del homenaje que la tradición señala como su prisión.
El rey estaba en un mar de dudas sobre el castigo a aplicar a su antiguo hombre de confianza, pero sus consejeros entendieron, en palabras del cronista Pérez de Guzmán, que como don Álvaro “ha seydo usurpador de la corona Real, é ha tiranizado é robado vuestras rentas, que le sea cortada la cabeza é puesta en un clavo sobre un cadhalso ciertos días, porque sea exemplo á todos los Grandes de Vuestro Reyno”. En Portillo pasó el valido sus últimos días antes de ser decapitado en la plaza mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453.
Otro de los aspectos célebres de la villa de Portillo son sus tradicionales encierros campo a través. Las fiestas de toros portillesas cuentas con una tradición de siglos, estando entre las más antiguas documentadas en España. El linaje Pimentel también fue promotor de alguno de estos festejos. En 1617, el parto de la Condesa de Mayorga, mujer del Conde de Benavente, señor de Portillo, fue motivo para la organización de diversas actividades festivas para las que se contrataron cómicos, se celebraron concursos de saltos con garrocha, hubo fuegos artificiales ("coetes") y toros.
Imágenes: 1. Puerta de acceso a la villa; 2. Vista general del Castillo de los Condes de Benavente; 3. Fachada principal del Castillo; 4. Pozo y 5. Vista del patio de armas.