lunes, 19 de octubre de 2009

Castillos de España - El Castillo de Benavente en 1925

Memoria Gráfica
La revista ilustrada "La Esfera" se publicó entre 1914 y 1931, siendo su primer director Francisco Verdugo Landi, responsable también, junto con su hermano Ricardo, de la fundación de la revista "Nuevo Mundo". Tenía su sede en la casa editorial de “Prensa Gráfica”, sita en el número 57 de la madrileña calle de Hermosilla. Su fructífera historia comprende un total de 889 números, más los ejemplares extraordinarios que se editaron sin numerar.
La revista, de espíritu modernista, ocupó un lugar relevante entre otras publicaciones de corte similar y de gran formato como la “Ilustración Española y Americana” y otras más populares, aunque de menor calidad técnica, como “Blanco y Negro”, o la anteriormente citada “Nuevo Mundo”.
Siguiendo la estela de sus hermanas mayores, se trataba de una publicación periódica donde primaba el aparato gráfico, reproduciendo con altas calidades fotografías, carteles, cuadros y dibujos; siempre con preocupaciones artísticas y atendiendo a un interés divulgador entre el gran público.
Grabado del Castillo de Benavente [1925]
En el número 619, correspondiente a la edición del 14 de noviembre de 1925, se publicó un artículo dedicado al Castillo de Benavente, dentro de la serie "Castillos de España". Para entonces apenas quedaba en pie más que el Torreón del Caracol y el primer cuerpo de la torre del homenaje, convertido en improvisado depósito de aguas. Acompañaba al texto una litografía de aire romántico, prácticamente idéntica a otra editada medio siglo antes en la obra "Castillos y tradiciones feudales de la Península Ibérica" (1870). El texto, firmado por A. de Tormes, es el siguiente:
Cabecera de la revista "La Esfera
Página correspondiente al artículo sobre el Castillo de Benavente
Decir “Castillos de España” no es lo mismo que decir “castillos en España”. Lo primero es una cosa real -sólida, corpórea, aunque esté en ruina-, y además abundante. Lo segundo es una cosa vana, ilusoria e inasequible. El erudito hispanista francés M. Morel Fatio, muerto hace pocos meses, explicó en uno de sus últimos ensayos el origen y verdadero sentido de la frase “castillos en España”. Venían a tierras de Castilla, de Aragón, de Navarra, desde antes del siglo XII, numerosos caballeros franceses, como cruzados o como aventureros. Para premiar servicios, los reyes les otorgaban merced dándoles en feudo pueblos o territorios o señalándoles behetrías. Siempre contaban con un castillo. Lo difícil era hacer efectiva la posesión de ese don regio. Los territorios, con el castillo, habían vuelto a tomarlo los mahometanos; o los siervos habían elegido otro señor, o se negaban, en rebeldía, a cambiar de dueño. Tenían, por consiguiente, un título de propiedad ganado por la espada, pero fantástico e ilusorio. Estos caballeros, al volver a sus tierras de Francia, esperando, en vano, unas rentas que nadie había de enviarles, fueron quienes comenzaron a pronunciar por propia experiencia la frase “Castillos en España”, que como ustedes ven, no era completamente romántica.Pero este castillo de Benavente nunca ha sido un “chateau en Espagne”. Siempre tuvo su dueño legítimo, su propiedad efectiva. Y el problema era todo lo contrario. Para estos castillos lo ilusorio, fantástico e inasequible, durante muchos años, el señor. Castillos sin castellanos, pues éstos se limitaban a cobrar la renta desde la corte -o desde Biarritz o París-. Así fueron cayéndose y arruinándose los más soberbios testimonios del poder de la aristocracia en la Edad Media.
Portada del número 619 de la revista
Hay una crónica manuscrita del doctor Ledo sobre la villa de Benavente -hallamos de ella referencia en el libro de Rizo—, según la cual no fundaron el castillo los caballeros Templarios, sino que estaba ya sobre el poblado desde época anterior, probablemente romana. “El castillo con dos torres, que sirvió de primera defensa a su población, fue demolido muchos años después de haberlo ocupado los sarracenos, como se nota en los cimientos que aún subsisten a la parte de Poniente.La fortaleza que existe hoy fue fabricada después de la expulsión do los sarracenos y fundación de esta villa”. Se supone, lógicamente, que el actual está fundado sobre les cimientos del castillo antiguo, “ocupando el área que hoy se admira de seiscientos diez y ocho pies naturales, sobre una elevada planicie entre las últimas casas de la villa”. Pero ni el doctor Ledo, ni García del Real, que escribió para el libro “Historia de los castillos de España” una romántica monografía, recuerdan que Benavente esta al paso de la calzada romana, cerca de Brigecio -hoy Villabrázaro-, donde se dividía el camino, por la izquierda a Clunia, por la tierra de Campos, y por la derecha a Zamora -así consta en los itinerarios de don Eduardo Saavedra-. El pueblo, y lo que no es el pueblo, refiere casi todas las ruinas a la época de la dominación musulmana, y los romanos dominaron en esta zona mucho más tiempo que los árabes, dejando por lo tanto más hondas huellas de su paso. Esta tierra de vacceos, astures y vetones guarda muchas piedras que no pudieron remover los moros.

En el año 50, la época de las primeras guías por España -no hay que olvidar a Germond de Lavigne-, el castillo de Benavente estaba destrozado. Lo habían desmantelado los franceses en la invasión del año 8, llevándose hasta los hierros de las ventanas. Poro por las pendientes se extendían hermosos jardines y vergeles, un verdadero parque, propiedad del castillo. “La ciudad está bien construida -agregaba M. de Lavigne-. Las casas son cómodas y limpias; algunas están pintadas y la decoración a la moda es una imitación de mármol azulado con guirnaldas de cintas”. Entonces los edificios más notables de Benavente eran el palacio episcopal, una casa que acababa de construir el ex ministro D. Pío Pita Pizarro y las nuevas, Casas Consistoriales. No deja de consignar con cierta pompa sonora y verbal las grandezas de la casa de Osuna, heredera del título -y del castillo- de Benavente “por matrimonio de su única heredera con el noveno titular de este ilustre ducado: su excelencia D. Pedro de Alcántara Téllez de Girón y Pacheco, Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Benavides Carrillo, Silva y Mendoza, Pimentel de Quiñones Ponce de León, Aragón Rojas y Sandoval Enríquez de Ribera, Zúñiga, Cortés de Arellano...” Media historia de España... El poseedor de todos esos nombres magníficos era el duodécimo duque de Osuna.
Este hizo restaurar el castillo, interrumpiendo el largo período de desmoronamiento. Por el lado del Órbigo mejoró los jardines, hasta el hermoso paseo de la Mota, que admiró Napoleón. “Los soldados ingleses -dice Lafuente-, relajada su disciplina, sin que pudiera impedirlo el general Moore, cometieron lamentables excesos en Valderas y en Benavente, devastando en esta villa el hermoso y antiguo palacio de los condes y arruinando a su inmediación el puente de Castro Gonzalo sobre el Esla. Contra él y contra el marqués de la Romana fue Lefebvre, que cayó prisionero; pero luego acudieron Soult y el mismo Napoleón, que camino de Astorga pasó por Benavente el último día de diciembre de 1808, y tuvo ocasión de contemplar los destrozos causados en el castillo y de admirar desde él la vega del Orbigo”. Como se ve, no fueron sus soldados, sino los ingleses de Moore quienes hicieron aquí, como en Bembibre, en Villafranca y en otros pueblos de la región, excesos y estragos que la historia califica de abominables.

A. de Tormes

lunes, 5 de octubre de 2009

"Uma boa villa e bem cercada" - La muralla medieval de Benavente

Memoria Gráfica

"...uma boa villa e bem cercada", así definió el gran cronista portugués Fernão Lopes la villa de Benavente. La breve cita pertenece al pasaje en que se describe el asedio de la ciudad por el rey D. João I y el duque de Lancaster en 1387.
A partir de la información que hemos podido recoger referente a la cerca medieval de Benavente es posible reconstruir, con cierta aproximación, su trazado dentro del plano urbano actual, tomando como eje cronológico el siglo XV. Tenemos que advertir, no obstante, de las dificultades con las que nos hemos topado para reconstruir el trazado, y esto no siempre es achacable a la parquedad de los datos. Parece ser que cuando la cerca perdió sus funciones defensivas y fiscales los vecinos comenzaron a edificar invadiendo el espacio ocupado por los muros, o bien adosando sus viviendas a los mismos.

De esta forma observamos como el trazado de la cerca en algunos tramos no coincide ni siquiera con la disposición del callejero actual. Esta circunstancia ha podido comprobarse recientemente en los restos aparecidos en las calles Santa Cruz y Herreros. Creemos reconocer un resto de lienzo de muralla que servía a su vez de cierre al convento de Santa Clara, actualmente dentro de un patio vecinal. Esto nos lleva a admitir la posibilidad de que todavía puedan aparecer restos inéditos adosados o empotrados en edificaciones actuales.
Partiendo de la Puerta de Santa Cruz, situada a la entrada de la actual calle Santa Cruz, donde, como decíamos anteriormente, fueron exhumados recientemente restos de un muro de piedra, la cerca ascendía por las inmediaciones de la actual Cuesta del Hospital, lindando con la ermita y hospital de Santa Cruz, en cuyo solar se edificó en el siglo XVI el hospital de la Piedad.

A continuación discurría próxima a la iglesia de San Juan del Mercado, y de una construcción, no identificada por el momento, denominada como Casa del Secreto, hasta llegar a la Puerta de Astorga o Puerta del Sepulcro. Desde aquí continuaba siguiendo el trazado de las calles Sepulcro y San Antón hasta alcanzar la puerta de San Antón, junto al Toril Viejo. A partir de este punto tenemos algunas dudas sobre su trayectoria exacta. En cualquier caso, la muralla continuaba hacia la plaza de San Martín, pasando junto a la iglesia del mismo nombre, y por detrás de la Sinoga -muy próxima por tanto a Los Cuestos- alcanzando así la Puerta del Río o Puerta de Sorriba. Desde este punto parece que la cerca discurría por debajo del castillo hasta llegar a la Puerta de la Puente. Los siguientes lienzos de la cerca coincidían con los muros del monasterio de Santa Clara, en cuyo solar creemos reconocer todavía un lienzo bastante considerable. Continuaba, después, por detrás de la iglesia de San Miguel, alcanzando así la Puerta de San Andrés, a la entrada de la calle del Agujero. En este sector la muralla limitaba con algunos huertos, en el solar donde en el siglo XVI se levantó el monasterio de San Bernardo, discurriendo junto a la iglesia de Renueva, donde existía un postigo, y los corrales del monasterio de San Francisco, y desde aquí hacia la Puerta de Santa Cruz, punto de partida de nuestra descripción.

La muralla de Benavente contaba con seis puertas principales que permitían el acceso al interior de la villa. Las puertas, a diferencia del resto de la cerca -hecha básicamente de tapial y adobe- contaba con materiales algo más nobles y duraderos: sillares de piedra, vigas de madera y, especialmente, encofrado de cal, arena y cantos rodados. Eran construcciones bastantes complejas, integradas por variados elementos arquitectónicos: cubos, caramanchones, troneras y las puertas propiamente dichas. Las hojas eran de madera, apoyadas sobre quicios. El sistema de cierre estaba formado por cerraduras, aldabas y candados. Las llaves estaban bajo la custodia de un guarda, encargado también de abrir y cerrar la puerta todos los días. Sus funciones aparecen perfectamente reguladas en un acuerdo, firmado en 1524, entre Pablo, vecino de la villa, y el concejo de Benavente, por el que se le nombra guarda de la Puerta de la Puente:

Este dicho día los dichos señores tomaron e reçibieron por guarda de la Puerta de la Puente a Pablo, vecino desta villa, e que el tenga la llave de la dicha puerta, e que sea obligado de çerrrar la dicha puerta en el ynvierno a las ocho y en el verano a las nueve, y que en el ynvierno y en el verano abra la dicha puerta a todas las personas que quisyeren yr al monte a la ora que quisiesen yr al monte, llevando de cada carreta de leña dos leños y de cada bestia un leño sy fuere gruesa, y su fuere menuda al respeto, e que no dexe entrar vino de fuera parte e sy entrare lo denunçiara en este regimiento, para lo qual los dichos señores reçibieron juramento de dicho Pablo para que bien e fielmente guardara la dicha puerta e no levara mas dineros de los susodichos.


Las seis puertas de la villa eran las siguientes:

- Puerta de la Puente. Su nombre procede del puente de piedra, del que todavía hoy existe un arco en pie. De ella partía una de las vías urbanas más importantes, la calle Mayor -la actual calle Santa Clara-. Con cierta frecuencia se la denomina como la Puerta de la Villa, expresión que parece indicar que era la entrada principal de la ciudad.
- Puerta de San Andrés. Situada al final de la calle del Agujero, toma su nombre de la desaparecida iglesia de San Andrés. De esta puerta partía una de las vías de comunicación más importantes de la ciudad, la que conducía al puente de Castrogonzalo. Así al menos se afirma en un documento fechado en 1434 procedente del Archivo Municipal: vn camino que comiença desde la yglesia de Santa Crus que está çerca desta villa e se acaba en el camino que va de la puerta de Sancto Andrés para la puente de Castro Gonçalo. A principios de siglo todavía se conservaban algunos restos de su arco.
- Puerta de Santa Cruz. Al inicio de la calle Santa Cruz, junto a la plaza de la Soledad. Toma su nombre de la ermita y hospital de Santa Cruz, más tarde Hospital de la Piedad, que se encontraba en sus inmediaciones. Quadrado nos proporciona la única descripción de esta puerta que ha llegado a nosotros: "Dejando fuera a la entrada las ruinas de un convento de dominicos y otro de gerónimos, penetra el viajero por una puerta de doble ojiva flanqueada de torreones que mira acia sudeste, la más característica de las seis que introducen a su murado recinto".
- Puerta de Astorga, o del Sepulcro. Se menciona por primera vez en un documento del monasterio de Moreruela de 1278. Se encontraba al final de la calle de Astorga, junto a la iglesia del Santo Sepulcro. En 1434 el concejo, por razones que desconocemos, decidió tapiar esta puerta, acción que fue abortada por la intervención de la parroquia: por que non quisieron consentir que se çerrase ni tapiasen las dichas puertas de Sant Sepulcro los vecinos del barrio.
- Puerta de San Antón. Aparece citada por primera vez en un documento del siglo XIV del monasterio de San Pedro de Montes. Es también conocida como Puerta del Matadero. Junto a esta puerta estuvo la ermita de San Antón, perteneciente a la Encomienda de San Antonio Abad, que anteriormente había sido casa de los Templarios. Existe una fotografía, correspondiente a la fiestas del Toro Enmaromado del año 1943, donde se puede observar como servía de cierre a la actual calle El Toril.
- Puerta del Río. También denominada como Puerta de Sorriba. Daba acceso al río y a los molinos harineros, pues en época medieval el curso de agua discurría bastante más próximo a los "Cuestos" de lo que lo hace actualmente.
Además de estos seis accesos principales, existían otras puertas secundarias o postigos, como los de Santibáñez y Renueva. Respecto a la desaparecida Puerta de Santiago, reconocible en algunas fotografías de finales del siglo XIX, apenas hemos recogido noticias de ella durante la Edad Media. No obstante, resulta necesario advertir que no constituía una puerta de acceso a la villa sino la entrada principal al palacio-fortaleza, dentro de un segundo recinto amurallado que rodeaba todo el castillo.

A esta relación de puertas y postigos cabe añadir las frecuentes aberturas existentes en los muros: los portillos. Algunos de ellos se habían institucionalizado, funcionando, de hecho, como accesos al interior de la villa. La mayoría de los portillos se originaban como consecuencia de la fragilidad de los materiales de construcción y, sobre todo, debido a las arroyadas de agua de lluvia. La peculiar orografía de la ciudad y la ausencia de una mínima infraestructura de alcantarillado convertían a las murallas, en época de lluvias, en auténticos muros de contención de agua, originando graves destrozos en los tapiales. Para paliar, en parte, esta situación se hicieron desaguaderos en algunos sectores de la cerca. Son las llamadas colaguas o colagones. A pasar de ello, los desperfectos de este tipo debieron ser muy frecuentes durante toda la Edad Media. La existencia de portillos constituía una amenaza evidente para los intereses de la villa, no solo para su seguridad, sino fundamentalmente por razones de tipo fiscal. La preocupación del concejo por cerrar estas aberturas es patente en la documentación municipal.
Imágenes: 1. Puerta de Santiago [Finales del siglo XIX]; 2. Plano de Benavente en el siglo XV [Rafael González Rodríguez]; 3. Puerta de la Soledad [1885]; 4. Restos de la muralla en el Ferial en los años 60 [Foto Julián Cachón] y 5. La Puerta de San Antón en 1943 [Foto Juan Carlos de la Mata].