domingo, 19 de octubre de 2008

Rincones para el Recuerdo - El último asedio al Castillo de Benavente

Crónica de la Desolación

Hacía ya bastante tiempo que quien suscribe estas líneas no se acercaba por el Torreón del Caracol de Benavente, o lo que es lo mismo por el último vestigio del tristemente extinguido Castillo-Palacio de los Pimentel. Pero la mañana del domingo 19 de octubre de 2008 era soleada, invitaba al paseo y la cámara digital tenía sus baterías recién cargadas. Así que, rememorando pasadas glorias de guerreros y caballeros medievales, desde la Calle de los Carros ascendí por la Calle Fortaleza (antiguo acceso a la Puerta de Santiago y entrada natural al Castillo), e inicié la maniobra de aproximación al Parador de Turismo por su cara sur.
Nada nuevo bajo el Sol, me dije, todo parece estar más o menos como lo deje hace algún tiempo. El torreón presentaba buena luz para el reportaje fotográfico, lejos de los agresivos contraluces del verano, ideal para captar algún detalle no explorado o buscar el siempre escurridizo encuadre creativo. Pero conforme me fui acercando a la fábrica del viejo torreón, levantado a principios del siglo XVI por el V Conde, mis expectativas quedaron gravemente truncadas. El espeso seto que rodea la piscina y los jardines del complejo hotelero ha ido engullendo de forma inexorable la estampa del principal referente benaventano. Resulta complicado encontrar una vista mínimamente presentable, pues los árboles no dejan ver el bosque, esto es el Castillo.

En vista de lo infructuoso del intento decidí entonces probar fortuna y llegar hasta el pie mismo del Torreón. Recordé entonces aquellos grabados, litografías, viejas postales, fotografías antiguas, reportajes de bodas, comuniones, fotos de grupo, recuerdos familiares y sentimentales propios y ajenos. No se podría calcular el número de instantáneas, firmadas tanto por profesionales como por aficionados, que durante la pasada centuria eligieron el viejo Torreón como paisaje para sus figuras. Entonces la perspectiva era perfecta si se sabía aprovechar el sol de la mañana. Un desahogado descampado precedía a la noble ruina y, además, desviando ligeramente el objetivo hacia Poniente se obtenía una hermosa panorámica de los molinos de Sorribas y la fértil vega del Órbigo.

Si la vista conjunta de Torreón y Parador acabó siendo, como hemos dicho, una empresa poco sugerente, acercarse a los cimientos del Torreón producirá un profundo desasosiego en más de uno. Lo que hace no muchos años era un ameno rincón, ahora parece una cárcel de alta seguridad. Una antiestética valla metálica, coronada de una desafiante alambrada, rodea todo el recinto. La obra es reciente, pues el muro de piedra levantado como basamento tiene el cemento limpio y fresco.
Un estrecho y agobiante pasillo (a un lado el muro y al otro el vacío sobre el canal del Órbigo) es el único paso abierto para seguir el sendero hacia los Cuestos. Sólo faltan las torretas y las garitas con los centinelas para estar perfectamente ambientados en Auschwitz, Dachau o Mauthausen, aunque sin saber muy bien si nos encontramos dentro o fuera de tan singular prisión. ¿La valla protege al Castillo de un posible asedio de los benaventanos o somos los paseantes autóctonos los defendidos frente a la invasión de los turistas?
No se acaban de entender las razones de tan evidente atropello al patrimonio monumental. Aunque en la parte interior de la valla se adivinan unos plantones de cupresos, puestos con el fin evidente de disimular en un futuro el desaguisado, el aspecto desde el exterior no soporta la más benévola de las miradas. ¿Sobre qué argumentos de seguridad, privacidad o estética se ha podido levantar tal Muro de las Lamentaciones?

Tampoco sabe uno sobre quién hacer recaer el grueso de la responsabilidad de tamaño despropósito. Desde luego TURESPAÑA, organismo de la Administración General del Estado propietario del inmueble, ha realizado unas obras de ampliación del Parador entre los años 2001 y 2003 que en el aspecto externo han supuesto una "privatización" y ocultación de unos espacios arquitectónicos y de esparcimiento hasta entonces de libre acceso. Ignoro también si la Comisión de Patrimonio de Zamora ha dado el visto bueno a este engendro, o si lo visto se ajusta al proyecto inicial de las actuaciones a realizar. La Dirección General de Patrimonio de la Junta de Castilla y León tendría también algo que decir al respecto, pues no olvidemos que estamos hablando de un Bien de Interés Cultural (BIC) desde el 3 de junio de 1931, de cuya gestión tiene todas las competencias. El Ayuntamiento, como institución obligada a velar por el interés general, también debe entonar el mea culpa, por haber permitido que los benaventanos nos veamos privados de lo que siempre fue un espacio de uso público, y de profundas connotaciones sentimentales para varias de nuestras generaciones.
En cualquier caso, ¿a qué viene tanto empeño en fortificar y sitiar el Torreón? ¿Por qué se valla y se impide el acceso desde el exterior? ¿Es qué no es posible regular un uso compartido de estos ambientes?
A punto de cumplirse el II Centenario del incendio y destrucción de la Fortaleza-Palacio, es triste comprobar como el asedio a estos venerables muros no parece tener su punto y final.
Imágenes: 1. Panorámica actual de la fachada sur del Torreón del Caracol; 2. Detalle del muro y valla metálica recientemente levantados y 3. El mismo espacio en los años sesenta del siglo XX.

lunes, 6 de octubre de 2008

Napoleón en Castrogonzalo - El César francés en los Valles de Benavente

Chronica Minora

El itinerario de Bonaparte, desde su salida de Madrid hasta su llegada a Astorga en el invierno de 1808, puede ser reconstruido con razonable precisión a través de las fuentes francesas e inglesas. El Emperador, a la vista de las noticias recibidas el 19 de diciembre sobre los movimientos ingleses, había ordenado desde Madrid al mariscal Ney que se dirigiera al día siguiente hacia el Guadarrama con dos divisiones y la caballería de Colbert. Sobre la marcha se le incorporaría desde El Escorial la división de Dragones de La Houssaye, que avanzaría sobre Ávila.
El 22 de diciembre, hacia el mediodía, Napoleón abandonó Chamartín, precedido por su Guardia Imperial, con el propósito de pernoctar en Villacastín ese mismo día. La empresa se vería truncada por las adversas condiciones meteorológicas, pues un violento temporal de viento y nieve reinaba en las sierras madrileñas. El frío era intensísimo, como remarca el Conde de Toreno: "...tan intenso el frío para aquel clima, que al pie de las montañas de Guadarrma señaló el termómetro de Reaumur nueve grados debajo de cero [...] Al bajar a Castilla la Vieja sobrevino blandura, acompañada de lluvia, y se formaron tales lodazales, que hubo sitios en que se atascaron la artillería y equipajes, aumentándose el desconsuelo de los franceses a la vista de los pueblos por la mayor parte solitarios y desprovistos".


Debido a estos imponderables la marcha del ejército resultó muy dura y penosa, ralentizando los planes franceses y dispersando sus efectivos en diferentes puntos del itinerario. El Emperador disponía de un total de fuerzas movilizadas contra Moore que superaban los 40.000 hombres. En la noche del 22 al 23 de diciembre de 1808 todas estas unidades se encontraban diseminadas en una columna de más de 120 kilómetros, la distancia comprendida entre Madrid y Arévalo.
La documentación epistolar de Bonaparte viene a señalar los hitos principales. Desde Chamartín, donde se fechan diversas cartas durante el día 22 de diciembre, los siguientes hitos desde los que se emiten documentos oficiales son Villacastín el 23, Arévalo el 24, Tordesillas el 25, 26 y 27, Medina de Rioseco y Valderas el 29. Las siguientes cartas son ya redactadas en Benavente durante los días 30 y 31 de este mismo mes.
La marcha desde Medina de Rioseco a Valderas durante la jornada del día 28 de diciembre se caracterizó por su extrema dureza. Napoleón, devorado por la furia y la impaciencia, no se permitió ni un respiro, creyendo que estaba a punto de dar caza al enemigo y asestarle el golpe definitivo. Las memorias le describen galopando colérico a campo a través, seguido a duras penas por un reducido grupo de cazadores de su guardia, todo ello bajo un auténtico diluvio y con los caminos convertidos en lodazales. Vemos como la ruta seguida por el Emperador se desviaba hacia el norte, apartándose ligeramente de la carretera de La Coruña.
Al parecer, Napoleón, no conociendo con exactitud la situación del ejército inglés, dirigió su ejército hacia el norte, hacia Medina de Rioseco y Valderas, con la intención de coger a los ingleses por el flanco. Pero para entonces ya habían sorteado el Esla en Valencia de Don Juan y en Castrogonzalo. El César francés decidió entonces bajar hacia Benavente con dos objetivos: pasar con mayor rapidez y garantías el río, y hacerse con los almacenes ingleses que se habían establecido en Benavente.
La mañana del 29 la vanguardia, compuesta de tres escuadrones de caballería al mando de Lefebvre, llegó a la altura de los ingleses en el Esla, dando lugar al episodio célebre del cruce del Esla y la captura posterior del general. El emperador debió ser informado casi inmediatamente del apresamiento de su general y se presentó en el escenario de los acontecimientos muy poco tiempo después.
Jean Baptiste Antoine de Marcelin, barón de Marbot, advierte que Bonaparte, consciente de la maniobra de retirada de Moore, aceleró la marcha de su ejército, recorriendo diez o doce leguas diarias a pesar del frío, la lluvia, la nieve y el deplorable estado de las carreteras. Este mismo autor precisa que Bonaparte llegó al Esla en el momento en que un parlamentario enemigo venía a anunciar que el caballo del general Lefebvre había muerto durante el combate y que el general era prisionero de guerra. Sobre este particular las versiones no siempre son coincidentes. Así Thomas Pococke, después de relatar con detalle la captura de Lefebvre sugiere, sobre la base del testimonio de los lugareños, que el propio Emperador fue espectador de excepción de los acontecimientos: "nos dijeron los españoles que Bonaparte había visto el episodio desde los altos".
Sea como fuere, parece acreditado, a partir de diversos testimonios coincidentes, que Napoleón llegó al Esla, a la altura del volado puente de Castrogonzalo, en la misma mañana o durante la tarde del día 29 de diciembre de 1808. Igualmente, todo apunta a que el lugar donde había pernoctado la noche anterior y en el que se instaló su cuartel general era Valderas, y no Villalpando como insisten las fuentes inglesas. De ese mismo día 29 existe documentación epistolar del Emperador fechada en Valderas. Una de las misivas, como se ha comentado anteriormente, está dirigida precisamente a Lefebvre, lógicamente redactada de madrugada antes de producirse su apresamiento.
A partir de aquí los testimonios son de lo más dispar y, en algunos casos, irreconciliables. Una fuerte tradición oral, que es bien conocida entre los vecinos de Castrogonzalo, precisa que el Emperador pasó la noche en la localidad, alojándose en la casa rectoral del párroco de la iglesia de San Miguel, en el Barrio de Arriba. Esta vivienda, de arquitectura más bien modesta en comparación con otras construcciones de la misma localidad, fue derribada hace ya algunos años. Estaba situada en la plaza de La Laguna, cuyo nombre recuerda la existencia desde antiguo de una explanada donde se recogían las aguas de lluvia para el aprovechamiento del ganado. Desde luego, no era la mejor casa existente en 1808 en el pueblo, pero es posible que sí resultara la que pudiera ofrecer mayores comodidades y garantías en aquellos vibrantes momentos.
A la vista de algunas fotografías sorprende que pudiera ser elegida para el descanso del César francés, cuando sabemos por diversos testimonios que su ejército no se andaba con miramientos para la ocupación y confiscación de todo tipo viviendas particulares, hospitales, iglesias y monasterios. Tal vez su condición de casa rectoral y su estratégica situación en la Plaza de la Laguna, con salida hacia dos calles y en la parte alta de la población, la hicieron aconsejable por motivos de discreción y seguridad.
Véase también: R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, La Carrera de Benavente, En Benavente en la Guerra de la Independencia, Benavente, 2010, pp. 103-140. Imágenes: 1. La Campaña de Francia, de Meissonier [1814]; 2. Napoleón Cónsul y 3. Iglesia de San Miguel de Castrogonzalo.