lunes, 28 de abril de 2008

El Rey Destronado - Ecos de la II Republica en Benavente

Chronica Minora
El pasado 14 de abril se cumplía el 77 aniversario de la proclamación de la II República. Una de las primeras actuaciones del Gobierno Provisional fue la adopción, el día 27 de abril de 1931, de la bandera tricolor como bandera oficial, así como la eliminación del territorio nacional de los símbolos monárquicos de los edificios oficiales civiles y militares. No se libró del nuevo statu quo ni el mismísimo Real Madrid, que retiró la corona de su escudo y volvió a llamarse simplemente Madrid C.F.
El nuevo escudo republicano estaba basado en "el que figura en el reverso de las monedas de cinco pesetas acuñadas por el Gobierno Provisional en 1869 y 1870", según se decía en el propio decreto. La Real Academia de la Historia recomendó al Gobierno la siguiente descripción heráldica:
"Escudo cuartelado en cruz: primero, de gules y un castillo de oro, almenado de tres almenas, y donjonado de tres torres, la del medio mayor; cada una también con tres almenas, el todo de oro, mazonado de sable y adjurado de azur; segundo, de plata y un león de gules, coronado de oro, armado y lampasado de lo mismo; tercero, de oro y cuatro palos de gules; cuarto, de gules y una cadena de oro puesta en orla, en cruz y en sotuer: entado en punta, de plata y una granada al natural mostrando sus granos de gules, sostenida, tallada y hojada de dos hojas de sinople. Acostadas, una á cada lado, las dos columnas de Hércules, de plata, con la basa y el capitel de oro, liadas con una lista de gules, cargada con el Plus Ultra de oro".

En Benavente la aplicación del espíritu de la normativa tuvo alguna secuela muy peculiar. En el edificio de las "Escuelas de Niños" o "Escuelas de la Encomienda", hoy Casa de la Cultura, existía desde su creación un escudo monárquico. Algunas fotografías antiguas muestran su fachada principal de ladrillo con un blasón timbrado con la corona real. De 1894 data el proyecto original del nuevo edificio, obra del arquitecto Segundo Viloria, aunque con modificaciones posteriores. Entre los años 1904 y 1907 hay correspondencia sobre la cesión por el obispado de parte del huerto de la casa rectoral de San Juan para levantar el nuevo aulario. En 1907 el Ayuntamiento compra finalmente este pedazo de terreno. Por tanto, dicho emblema era el correspondiente a Alfonso XIII.
La damnatio memoriae del rey que había consentido el golpe de Primo de Rivera consistió en Benavente en una operación quirúrgica: la extirpación aséptica de la corona del escudo. Pero, bien por olvido, por ignorancia, o por no someter al bloque pétreo a mayor castigo, quedaron bien visibles algunos símbolos nada republicanos.
Durante la segunda Restauración borbónica (1874-1931) se recuperó el escusón familiar en la parte central del escudo español. Los blasones de Alfonso XII y Alfonso XIII, siguiendo la estela de los Borbones hispanos del siglo XVIII, exhibieron siempre este escusón central, con los lises de la Casa de Borbón, con la bordura en gules, usada por los Duques de Anjou, y que permitía distinguir esta rama de la francesa. Durante este período los adornos exteriores del escudo nacional fueron diversos (las columnas de Hércules, el collar de la Orden del Toisón de Oro, un manto real o ramas de laurel entre otros) dando lugar a numerosas versiones, todas ellas normalizadas y de uso común.
Tal vez el lapicida consideró que eliminar tales motivos de nuestro escudo benaventano significaba destrozar la pieza hasta hacerla inaprovechable. Pero con su gesto construyó un emblema heráldico sui generis, haciendo conciliable lo que parecería empresa imposible: Monarquía y República.

Recientemente, por información amablemente proporcionada por Ramón Viejo Valverde, he podido saber del testimonio de su abuelo, Ramón Viejo Otero (1883-1968), maestro de las Escuelas de la Encomienda, donde además vivía en compañía de su mujer Felicia, encargada de la limpieza del centro. Una de las anécdotas que recuerda de este maestro, a través de su padre, era precisamente que un empleado del Ayuntamiento, encaramado en una escalera y pertrechado de martillo y cincel, acudió un día a las Escuelas para quitar la corona del escudo de España.
Imágenes: 1. Escudo en la Casa de Cultura de Benavente y 2. Grupo Escolar de la Encomienda en 1943 acompañado de su maestro, Don Ramón Viejo Otero, (Foto de El Correo de Zamora)

sábado, 26 de abril de 2008

El puente de Castrogonzalo - El más preciso del Reino

Panorámica del Puente Mayor de Castrogonzalo
En el imaginario popular cualquier puente antiguo, con una construcción sólida de sillería, es calificado inmediatamente como "romano", y esto también es constatable en el caso que nos ocupa. En esta apreciación está presente la solvencia otorgada tradicionalmente a las construcciones de la Antigüedad y la reivindicación de un pasado considerado prestigioso. Tal vez por eso, en el Diccionario de Madoz se dice, sin fundamento alguno, que nuestro puente "es memorable por su antigüedad, pues es del tiempo de los celtíberos".
Sobre esta cuestión hay que hacer referencia a las observaciones del ingeniero Carlos Fernández Casado respecto a la existencia de ciertos restos de un puente anterior: “Al hacer unas excavaciones en los años sesenta para sustituir el puente actual por uno de hormigón armado paralelo, aparecieron cerca de la cabeza del puente de la orilla izquierda restos de construcciones con sillares bien escuadrados como de “opus cuadrata” romana, que parecen indicar que allí hubo un puente romano a cierta distancia del posterior medieval que se trasladó aguas abajo, utilizando en él, relabrados, los sillares del antiguo puente romano.
En la misma línea se expresa José Manuel Roldán Hervás al estudiar el trazado de la calzada romana de Mérida a Astorga: “A estos (indicios) se añaden unos estribos desfigurados que hemos encontrado en terreno seco en las márgenes de Esla, de mampostería, que pudieran ser de este puente. Sin duda, a juzgar por los exiguos restos, el puente debió ser importante y la falta de piedra de sillería que recubriría esta masa no debe extrañar en absoluto si se piensa que la zona es pobre o nula en piedra por lo que en el momento en el que una obra dejaba de prestar servicio se utilizaría su material inmediatamente en otra”.
Al margen de los indicios anteriores, las primeras evidencias sobre el puente de Castrogonzalo hay que situarlas en los siglos centrales de la Edad Media. Varios documentos relacionados con el monasterio de Santa María de Arbás citan nuestro puente en el siglo XIII.
En el año 1221 el rey leonés Alfonso IX vende a un particular, Juan Pérez, toda la heredad que le pertenecía en este puente y sus términos, en el territorio de Benavente, por 500 maravedís. De este mismo año existe otro diploma por el que este monarca hace donación del puente de Castrogonzalo, junto con todos sus portazgos, a Juan Pérez y su mujer Estefanía.
Al año siguiente, en 1222, Alfonso IX concede al monasterio de Arbás la facultad de hacer feria en el puente de Santa Marina de Castrogonzalo, ocho días antes y ocho días después de la festividad de Santa Marina, señalando las franquicias de los concurrentes a estas ferias. De este último documento debe deducirse que los receptores de la donación de Alfonso IX posteriormente entregaron sus heredades al monasterio de Santa María de Arbás, con lo que el puente quedó bajo su control. Poco después, en 1225, dando un nuevo impulso a la proyección que tenía el monasterio en esta zona, Alfonso IX otorga al abad de Arbás cuantos derechos le pertenecían en las dos iglesias de Castrogonzalo.
La imagen que proporcionan todas estas noticias, junto con otras referencias complementarias, es la de un enclave aparentemente próspero, al que la monarquía incentiva con la concesión de una feria franca de quince días. Todo esto hace presuponer un tráfico intenso de personas, mercancías y ganados.
El puente está asociado, además, a un santuario vinculado a la protección de los pasos de los ríos: la ermita o iglesia de Santa Marina. Sabemos también que aquí hubo una alberguería, relacionada con la asistencia a viajeros y peregrinos y, probablemente, un núcleo de población estable, germen de lo que hoy son los Paradores de Castrogonzalo. El cobro de portazgos en este lugar, y su cesión por el monarca a los nuevos propietarios, no sólo reafirma el despunte económico de este paso, sino también la dedicación de parte de estas rentas a su sostenimiento.
La devoción a Santa Marina, asociada a la protección de aguas y manantiales, tuvo un notable auge con las peregrinaciones a Santiago. Respecto a la ermita, José Muñoz Miñambres documenta su desaparición en el siglo XVII: "Tenía esta parroquia (Santo Tomás de Castrogonzalo) una ermita distante de la población, bajo la advocación de Santa Marina. Pero no estaba ni decente ni segura ya que "en ella se recogen los ganados y cabalgaduras, así como personas de mal vivir" [...] en el año 1624 se trajo la teja y la piedra de la ermita de Santa Marina y su imagen se llevó a la iglesia y se colocó en un altar lateral".
La alberguería se cita en 1287 a propósito de una donación de varias tierras y viñas en Castrogonzalo al monasterio de Moreruela. "E de la otra parte tierra de Pedro Barquero ... Et de la otra parte tierra de la Puente ... Et la otra tierra iaz so la puente ... et de la otra parte tierra del albergueria et de la otra parte tierra de la Puente. Et la otra tierra iaz enan vega a so las ribas de Santa Marina que determina de la primera parte tierra de Domingo Martínez carpentero, e de la segunda parte el camino que viene de la puente para Castro Gonzalo ... e de la otra parte vinna de la puente".
Ya en el siglo XIV contamos con nuevos datos suministrados por un interesante proceso judicial conservado en el Archivo Municipal de Benavente. El pleito está relacionado con el cobro de pontazgos en Castrogonzalo y el derecho a poner barcas en el río Esla. En el desarrollo del mismo se relatan las pesquisas realizadas por orden del juez Pedro Sánchez de Toro, destinadas a conocer qué puertos y barcas existían en el río y cuáles podían seguir utilizándose.
El pontazgo era una tasa que se satisfacía por el uso de los puentes y que se pagaba tanto por el paso de las personas, como por los carruajes, animales y mercancías. Al parecer, el uso incontrolado de las barcas de pasaje suponía una merma importante de los ingresos del Concejo de Benavente por los derechos del paso del puente. Se mencionan las barcas de Castrogonzalo, utilizadas cuando el puente se encontraba en obras de reparación; la de Barcial del Barco, que estaba bajo el control del monasterio de Santa Colomba de la Monjas y la barca de Deustamben, en El Priorato (Milles de la Polvorosa). En el caso del puente de Castrogonzalo sabemos que la recaudación correspondiente a la explotación de las barcas era destinada por el concejo a la labor de dicho viaducto.
El I Conde de Benavente, Juan Alfonso Pimentel (1398 1420), en un típico ejemplo de abuso señorial propio de los últimos siglos de la Edad Media, llegó a expoliar los sillares del puente para construir su panteón en el monasterio de San Francisco. Este episodio es conocido a través de una carta de finiquito otorgada por el concejo de Benavente renunciando en favor del conde don Rodrigo Alfonso a las acciones legales y a las indemnizaciones económicas a que tuviesen derecho por los abusos cometidos por su padre, el conde Juan Alfonso Pimentel: "como por çiertos pilares de piedra que mandó tomar de la puente de piedra de Castro Gonçalo para faser la su capiella que mandó faser en Sanct Françisco desta dicha villa".
Otra agresión intencionada fue la quema del puente en 1438 por "los gallegos que venían de Medina", según un asiento de las cuentas del Concejo: "Viernes seys días de junio adondodieron dos obreros con dos bestias adobar la puente de Castro Gonçalo que avían quemada los gallegos que venían de Medina, de çespede e cascajo, los obreros a dose mrs. Cada uno e las bestias a quatro mrs. Cada una que son treinta e dos mrs".
En el Archivo Municipal de Benavente se conservan algunas de las tarifas que se cobraban, tanto en las barcas como en el puente, por el tránsito de personas y mercancías, es decir los barcajes y pontazgos. Esta documentación está acompañada por voluminosos legajos relativos a obras de reparación y mantenimiento a lo largo de su historia.
Las dificultades estructurales de este tipo de construcciones, junto con las frecuentes avenidas del río obligaron a rehacer y reformar el viaducto en numerosas ocasiones. Aunque el emplazamiento de un puente solía ser estable, las variaciones de los cauces de los ríos junto con la fragilidad de los materiales hacían que constantemente se hicieran de nuevo. A finales del siglo XV, en el Esla, entre Castrogonzalo y Castropepe, existía un puente en seco, lo cual movió al concejo a acometer uno nuevo en sus inmediaciones:
"A la terçera pregunta dixo que sabe e ha visto que esta dicha villa de quarenta años a esta parte acostumbra cada año adobar las dichas puentes e algunas de ellas a costa de sus propios e que sabe este testigo que la dicha villa mandó faser e fizo una puente de veynte años ha esta parte en Castropepe, e que sabe e ha visto este testigo que en el río que pasa por esta dicha villa junto a Requexo está una puente de piedra en seco, e está fecha otra de madera por donde pasar dicho río, e que sabe que entre Castrogonçalo e Castropepe, por do solía pasar el río, está una puente en seco e que oyó desir que después la dicha villa fizo otra puente en Castrogonzalo, e se cayó, e que de veynte años a esta parte este testigo ha visto en la dicha villa fizo otra puente en el dicho río a lo llegar de Castropepe".
En el siglo XVI, Concretamente en 1550, deben destacarse las obras emprendidas a través de un compromiso entre el Concejo y los canteros Diego del Valle y Juan de Mondragón. La intervención afectó principalmente a los arcos del puente. Se nombraron dos jueces (uno por cada parte) para que dictaran sentencia arbitraria sobre la labor realizada en el mismo. En 1584 y 1585 se produjo nuevamente un arrendamiento de la obra y edificio del puente.
En 1683 se tramita un expediente relativo a la reconstrucción del puente que fue derribado por una gran crecida del río Esla. Incluye informes de Felipe Berroso de Isla, arquitecto y maestro mayor del obispado de Palencia, sobre cómo debe acometerse dicha obra, con sus materiales y su costo:
 "Excelentísimo Señor Conde Duque de Benabente. Phelipe Berroso de Ysla, maestro arquitecto y maestre mayor del obispado de Palencia, vecino de la çiudad de Medina de Rioseco, como tal artífice fuy a la villa de Benabente el día treçe de abril de este año de 1683 y reconocí la Puente Mayor de dicha villa sita en el río que pasa junto a Castro Gonçalo, y con dicho reconocimiento, hecho por unas y otras partes, vi la ruyna que el río hiço en la puente referida, que a la parte de arrriba, en medio del río, con poca diferençia en un ojo de quarenta pies de gueco poco más o menos, y por la parte de abaxo desmanteló tres ojos que se compondrán de çiento y treynta pies de largo con muy poca diferençia, y aunque la voces diçen estar algunas çepas concabosas por debaxo de su planta en considerables cantidades, y se atribuye preçede del curso y violençia de las aguas, que es çierto son muy rápidas en aquel paraxe".
"Es el puente más preciso del Reino". Esta fue la elocuente frase utilizada por Francisco Javier del Mazo en 1779 para intentar hacer entender a las autoridades del Estado la necesidad de acometer obras de reforma en el puente de Castrogonzalo, dado su estado de abandono y ruina. Por los mismo años el historiador ilustrado y viajero español Antonio Ponz insistía en que es uno de los pasos más necesarios de toda España para Galicia, Asturias y no se debe diferir más su perfecta reedificación: “A siete u ocho leguas de aquí, camino de Benavente, se encuentra el puente de Castro Gonzalo sobre el río Esla, que una avenida destruyó el año de 1739, según las noticias que yo tengo; y así se está desde entonces, sin embargo de varios repartimientos que se han hecho para su compostura; no habiéndose adelantado más hasta ahora, que la conducción de unos sesenta carros de piedra al pie de una obra importante, y necesaria, como que es el camino real de la Corte a Galicia. Le faltan dos, o tres ojos, y es menester desarmar los carruages para que pasen el estrecho espacio, que se ha formado con algunos maderos".
Muy mala estrella tuvo el puente de Castrogonzalo. En 1795 se acometió una ambiciosa reconstrucción que había tenido que esperar nada menos que 63 años para contar con un proyecto y un presupuesto definitivo, todo ello después múltiples aplazamientos, retrasos e imprevistos. La vieja estructura de los puentes levantados en época medieval, reparados y reconstruidos en innumerables ocasiones durante los siglos XVI y XVII, fue remozada desde sus cimientos y rehecha por el berciano Diego de Ochoa, arquitecto y académico de Mérito de la Real Academia, con la colaboración de Juan Sagarbinaga y, posteriormente, de su hijo Juan Marcelino Sagarbinaga. Todavía en 1803 su situación es muy delicada según describe Pedro Ceballos en un informe. Ochoa moriría en 1805 sin ver concluida su empresa, pues los trabajos se debieron prolongar hasta 1806 según se recoge en el Diccionario de Madoz.
El Puente Mayor resultante constará finalmente de 18 bóvedas, a los que habría que añadir los 9 arcos correspondientes al llamado Puente Viejo, hasta completar los 27 ojos que se registran en el Diccionario de Madoz. La faraónica infraestructura se prolongaba con toda una serie de pontones y alcantarillas que se extendían prácticamente hasta el actual término municipal de Benavente, y de las que aún se conserva buena parte de su estructura. Ochoa se ocupó, entre otros cometidos, de levantar de nuevo los nueve primeros arcos del Puente Mayor, los más próximos a Castrogonzalo, correspondientes a su primer tramo.
Como señala Vicente Fernández Vázquez, a finales del Antiguo Régimen, por los puentes y calzadas de Castrogonzalo "se entienden cuatro puentes con tres prados intermedios, cuya línea total abarca 6.130 pies", más de un cuarto de legua, y que responden a las nominaciones de Puente Mayor, Puente Antiguo, Ojos de Castrogonzalo y Tamariz. Los cuatro puentes presentaban tajamares, manguardias, antepechos, estribos, y el piso lo tenían empedrado, si bien en muchas ocasiones estuvo cubierto de tierra virgen. Los antepechos del Puente Viejo y del Puente Mayor tenían "calegones", para evacuar el agua del tablero.
 En los últimos días del mes de diciembre de 1808 nuestro puente se vio involucrado de lleno en uno de los episodios más trascendentales de los comienzos de la Guerra de la Independencia española. El paso del Esla se convirtió entonces en un objetivo estratégico de primera magnitud, codiciado por los ejércitos extranjeros beligerantes. Primero para el grueso del ejército inglés, al mando del General Moore, que se retiraba precipitadamente hacia La Coruña, e inmediatamente después por las tropas al mando de Napoleón, que avanzaban a marchas forzadas en su persecución.
La estructura del puente, apenas recién terminada, fue minada y volada con pólvora por los ingenieros ingleses en los arcos más próximos a la orilla izquierda del Esla. La laboriosa labor de minado debió tener lugar en un lapso temporal que abarcaría la noche del 27 de diciembre hasta la madrugada del día 29. El sabotaje formaba parte del plan del general de Moore de obstaculizar al máximo el avance francés, y evitar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con el enemigo.
Poco después, los pontoneros franceses se afanaron en entablar los arcos y machones minados por la pólvora inglesa. Un militar francés, Nicolás Marcel, hace referencia en sus memorias a estos trabajos de reparación: "... el puente era muy difícil de reparar, pero allí donde se encontrase el emperador, se eliminaban los obstáculos en un instante, aparecían vigas, maderos y escaleras por doquier y, aunque no pudiese pasar más que de uno en uno, en dos horas los 4.000 hombres se encontraban del otro lado del río".
En estas tareas fue aprovechada toda la madera que se pudo encontrar, alguna de procedencia muy poco confesable. Del monasterio de Santo Domingo de Benavente, por ejemplo, se desmontaron buena parte de sus dependencias e iglesia para convertirlas en vigas.
En la actualidad se conservan en este sector cuatro bóvedas de una luz media de 12 metros, y otras cinco, separadas por un enorme machón, con una luz aproximada de 14 metros. Sobre las pilas de sillería descansan las vigas de hierro pintadas de verde que, a su vez, sustituyen a una estructura de vigas de madera. Está fue la principal "huella" dejada por el paso del ejército inglés por estas tierras. Más recientemente, en el año 2000, este sector fue objeto de obras de consolidación y reconstrucción.
Durante el siglo XIX se siguen produciendo obras de reparación, así como intervenciones en las vías de acceso y en los edificios anexos. En el "Diccionario Geográfico Universal dedicado a la Reina Nuestra Señora", de 1831, leemos: "Inmediato al dicho pueblo de Castrogonzalo hay un puente de piedra que necesita repararse por su fatal estado, y en él se reúnen varios caminos de Castilla por Benavente, sirviendo de comunicación con Galicia". En 1859 se publica una "Memoria sobre el estado de las obra públicas en España". Entre otras actuaciones, se registran obras reparación en el puente y en la "Carretera número 6. De Madrid a La Coruña ... En la provincia de Zamora. Se ha construido el parador de Castro Gonzalo para indemnizar al pueblo por un edificio de que se le expropió; además se ha construido una barca para el paso de Villanueva de Azoague".
En 1874, el ingeniero Cipriano Martínez González describía con gran precisión nuestro puente a propósito de una memoria explicativa sobre la calzada romana de Astorga a Palencia por Benavente:
“El puente de Castro-Gonzalo sobre el Esla consta de dos partes distintas separadas por un trozo de carretera defendida con muros de sostenimiento, los cuales se prolongan por la margen derecha en una longitud de más de un kilómetro, permitiendo el paso de las aguas por una porción de grupos de alcantarillas y pontón. El primer puente que se halla se conoce con el nombre de Viejo, y consta de 9 arcos de 10 a 12 metros de luz, semicirculares unos y otros peraltados y ligeramente apuntados. El otro puente, más moderno que el anterior, consta de 17 huecos y está dividido en dos porciones por una fuerte pila estribo, que sube hasta el piso del puente formando una gran plataforma. Uno de estos tramos fue cortado por los ingleses en la guerra de la Independencia hallándose hoy día reemplazados los arcos por entramado de madera. El resto de la obra es de sillería arenisca, hallándose toda ella en buen estado, e indicando ser moderna”.

El llamado Puente Viejo, derruido en su mayor parte durante las obras de construcción de la Carretera de Madrid.
Tramo del puente volado por los ingleses en diciembre de 1808. Sobre los machones de sillería se levantó posteriormente una estructura metálica.
Detalle de uno de los Arcos del Puente Mayor
Uno de los arcos del Puente Viejo, actualmente en ruinas
Vista del Puente Mayor aguas arriba, antes del último derrumbe. En primer término el ojo y el sector del muro afectados.
Vista del Puente Mayor aguas abajo, antes del último derrumbe. En primer término el ojo y el sector del muro afectados.
Vista de la calzada antes de la última restauración.
Estado del Puente de Castrogonzalo tras el último derrumbe. Foto tomada el día 6 de mayo de 2016.
Detalle del muro desplazado por el fallo de su cimiento. Foto tomada el día 6 de mayo de 2016.
Detalle de un grabado de Bacler D'Albe que representa el paso del ejército francés en Castropepe en 1808. Se aprecia al fondo el Puente de Castrogonzalo con alguno de sus arcos destruido por la pólvora inglesa.

lunes, 21 de abril de 2008

¡Esto no es vida! - Una visita al dolmen de Morales del Rey

Crónica de la Desolación

¡Castilla y León es Vida! Así reza el eslogan difundido a bombo y platillo por la publicidad institucional de la Junta de Castilla y León. En su web promocional del turismo: http://www.turismocastillayleon.es, podemos leer una pequeña reseña referente al Dolmen del Tesoro, en Morales del Rey (Zamora): "En la actualidad existe una recreación completa de un dolmen tipo de la zona, en la que se puede observar volumétricamente su aspecto original y las partes que lo componen: cámara sepulcral, pasillo o corredor y túmulo".
Sin duda, el incauto visitante se verá atraído por tan prometedoras indicaciones, y más aún si lee en la misma página la siguiente nota sobre las condiciones concretas en las que se encuentra el monumento: "Lugar bien señalizado y acondicionado". Así pues, con el aval de la literatura oficial, todo es una invitación a adentrarnos por la "Ruta arqueológica por los valles de Zamora: Vidriales, Órbigo y Eria", y recalar en Morales del Rey.

Pero pasemos de la teoría a la práctica, del papel couché a la cruda realidad. Una vez se llega a Morales del Rey se comprueba inmediatamente que el megalito y su réplica son un megadespropósito. Un paisaje después de la batalla. Comienza la visita por la inspección del dolmen original. Aquí el deterioro y la falta de mantenimiento son evidentes. Los accesos son penosos y el terreno sobre el que se asienta es un erial sin la más mínima limpieza y decoro. La maleza y la desolación campan por doquier, impidiendo identificar los ortostatos y reconocer la cámara sepulcral. Parece que desde la última intervención a cargo de la Fundación Patrimonio (1998-2001), nadie se ha vuelto a ocupar o preocupar del monumento funerario.
En cuanto al neodolmen, esto es, la recreación "ideal" de un sepulcro de corredor no hay palabras para describir este espectáculo. Es la Cueva de los Horrores. Una auténtica atracción de feria. El interior está absolutamente destrozado. Las planchas de poliestileno pintado están hechas pedazos, dejando impúdicamente visibles las estructuras del armazón de acero. El suelo de la cámara sepulcral está atestado de escombros, tierra y basura, así como algunos utensilios de cocina, indicios de haber servido ocasionalmente de insólito hábitat para algún "okupa" o un indigente.
Resulta difícil de creer que esta "atracción" esté abierta al público un día más, y encima se publicite. Se debería poner una señal de "Peligro indefinido", o mejor aún un cartel de "Cerrado por desidia" Desde luego ofrece una pésima imagen de la gestión del patrimonio por estos lares y, lejos de constituir un ejemplo de puesta en valor de los recursos culturales de la comarca, es una invitación para salir por piernas de esta bella localidad y no volver más.
¡Esto no es vida! Morales del Rey no se merece esto. Los sepulcros prehistóricos de la comarca constituyen un conjunto patrimonial que sin duda es necesario recuperar y acondicionar, pero dotándolos de unas infraestructuras y servicios dignos, acordes con la función turística, didáctica y divulgativa que dicen promover sus promotores. Tampoco se entiende en el año 2008 que un monumento de estas características no goce de la protección de un Bien de Interés Cultural, y carezca siquiera de incoación de expediente.

El llamado "Dolmen del Tesoro" debe su nombre a un tesorillo de monedas de bronce hallado hace años. Se encuentra a escasos metros del casco urbano, sobre la terraza superior del Eria y al pie de la carretera a Santa María de la Vega. Es un sepulcro de corredor que consta de una cámara funeraria circular y un estrecho pasillo de acceso orientado hacia el S.E. Fue levantado con ortostatos de cuarcita de mediano tamaño asentados sobre fosas excavadas en el suelo y cubierto con el correspondiente túmulo de tierra y piedras, hoy prácticamente desaparecido. En el año 1995 se afrontó una campaña de excavación en la que recuperaron elementos de ajuares neolíticos (geométricos, laminas, cuchillos, microlitos, etc.), así como otros restos que apuntan a una modificación en tiempos más recientes. La actuación de la Fundación del Patrimonio consistió en su momento en limpiar el terreno, poner en pie uno de los ortostatos caídos y reforzar con mampostería sin argamasa los intersticios, a fin de evitar que los restos del túmulo invadieran la cámara.
Este tipo de monumentos se han venido considerando como lugares de culto y panteones colectivos para los individuos de un mismo linaje o grupo social. Los cadáveres eran enterrados en el interior de la cámara, habitualmente en posición fetal, acompañados de un grupo de ofrendas u objetos a modo de ajuar funerario (útiles de piedra tallada, hueso trabajado y en ocasiones cerámica). Su construcción se fecha genéricamente en el IV milenio a. de C., en un momento avanzado del neolítico entre el 3500 y el 3000, aunque continúan manteniéndose como referentes funerarios durante bastante tiempo después -Edades del Cobre y del Bronce-.

Imágenes: 1. Estado actual del dólmen de El Tesoro y 2. Interior del Neodólmen.

domingo, 20 de abril de 2008

El Hospital de la Piedad de Benavente - Faro de peregrinos

Las Perlas del Patrimonio

El Hospital de la Piedad de Benavente constituye uno de los escasos ejemplos de instituciones benéficas civiles que han permanecido fieles, durante prácticamente cinco siglos, a su espíritu fundacional, y todo ello pese a los múltiples avatares históricos por los que ha pasado.
Expoliado durante la Guerra de la Independencia, tras la Desamortización sirvió como cuartel y también como sanatorio militar. En la Guerra Civil pasó a ser hospital de la retaguardia, y en la Postguerra cumplió nuevamente funciones de cuartel, almacén de suministros e incluso hubo un proyecto fallido de convertirlo en centro de la Sección Femenina. En 1962 se le agregó al antiguo Hospital de San José de Convalecientes, fundado en el siglo XVII, con lo que su Archivo Histórico custodia ambos fondos documentales.
En la actualidad, el edificio acoge una residencia de ancianos atendida por la Congregación de las Hermanas de los Ancianos Desamparados. Aunque su última dedicación no se ajusta estrictamente a sus estatutos fundacionales, se puede considerar, en cualquier caso, que se ha mantenido la filosofía primitiva de asistencia a personas necesitadas.


Este edificio, declarado Bien de Interés Cultural en el año 2003, no es más que una muestra de los diferentes hospitales y asilos que tuvo la villa de Benavente. Es el caso del Hospital de San Antón, regido por canónigos regulares de San Antonio Abad que aún existía en 1738. Hoy nada queda de él, a no ser el nombre perpetuado en el Barrio de las Eras de San Antón. El Hospital de San Juan Bautista, perteneciente a la Orden de San Juan de Jerusalén o de los Caballeros de Malta, fue posteriormente reconvertido en Hospital Provincial (hoy Hospital Comarcal). El Hospital de San Juan de Letrán, fundado hacia 1595, tenía su sede en la desaparecida Casa del Tinte, en la calle Herreros. También deben citarse los hospitales de Santa Cruz y San Lázaro, de orígenes medievales, y el Hospital de San José o de Convalecientes, fundado en 1685 en la plaza de la Madera y desaparecido, como tal, en la pasada centuria.
La fundación del Hospital de la Piedad se debe al V Conde de Benavente, Alonso Pimentel (1499-1530) y a su esposa, Ana Fernández de Velasco y Herrera. Levantado a partir de 1517, para su ubicación se eligieron los solares de la antigua iglesia y hospital de Santa Cruz. Fiel testimonio de todo ello es la inscripción en caracteres góticos aún legible en la portada principal:

«ESTE HOSPITAL HIZIERON E DOTARON LOS ILUSTRES SEÑORES DON ALONSO PIMENTEL, QUINTO CONDE E DOÑA ANA DE VELASCO E HERRERA, SU MUJER, Y TITULÁRONLO DE NUESTRA SEÑORA DE LA PIEDAD PORQUE NUESTRO SEÑOR LA AYA DE SUS ÁNIMAS; COMENÇOSE E DOTOSE EN EL AÑO DE MDXVII; ACABOSE EN EL AÑO DE XVIII»

La finalidad y dedicación jacobeas del centro quedan perfectamente definidas en el preámbulo de las ordenanzas de 1526: "porque los pobres e peregrinos que pasan por la villa de Venavente en romería a Santiago e a otras muchas partes e peregrinaziones recivan caridad e ayuda, e los enfermos sean curados e hallen saludable descanso e mitigazión de sus travajos, acordaron de fundar e dotar una cassa y hospital en la dicha villa de Benavente".
El Hospital de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela, creado pocos años antes, constituyó el referente principal para los condes a la hora de establecer el modelo de funcionamiento. Esto es evidente y manifiesto tanto en los trámites seguidos para la fundación -muy similares en ambos casos-, como en la búsqueda de la protección papal a través de diversas mercedes y privilegios. El volumen creciente de peregrinos que a través de la Vía de la Plata se dirigían a venerar la tumba del Apóstol debió mover a los condes a acometer una fundación de estas características.


El funcionamiento interno de esta institución aparece minuciosamente detallado en las mencionadas ordenanzas de 1526. La administración del centro quedaba en manos de una hermandad de cien cofrades bajo la autoridad de dos abades, admitiéndose tanto a los legos como a los clérigos. Los matrimonios eran considerados como un sólo cofrade a efectos de contabilización. Las principales responsabilidades de gobierno recaían -aparte de los abades- en seis diputados, el mayordomo de la Hacienda y el mayordomo del Hospital. Completaban el organigrama seis capellanes -uno de ellos debía ser conocedor de lenguas extranjeras-, el físico, el cirujano, el barbero, el enfermero, el boticario, el cocinero, el despensero, el sacristán y otros oficiales y servidores diversos. Los pobres sanos y peregrinos eran recibidos por el administrador, proporcionándoles fuego, agua y cama por una noche, siguiendo la costumbre de otros centros similares. Para evitar la picaresca se les señalaba sus bordones, eliminando así la posibilidad de una vuelta injustificada.
El edificio fue construido en piedra de sillar en sus partes más nobles como la portada, el zaguán y el patio, y en tapial, ladrillo y madera para el resto. Diversos titulares del condado realizaron mejoras y ampliaciones a lo largo de su historia, a la vez que contribuyeron a su mantenimiento con donaciones y rentas. Las últimas reformas las hizo la condesa-duquesa María Dolores Tellez-Girón (1859-1939), una rama de la casa de Osuna a la que fue a parar toda la de Pimentel al extinguirse su linaje varonil. Como resultado de todo ello la planta y estructura originales han sido notablemente alteradas.
La portada, encuadrada dentro del Gótico final pero con claras influencias renacentistas en su decoración, constituye un interesante ejemplo de transición entre el Gótico de los Reyes Católicos y el Plateresco. Está realizada en piedra arenisca y preservada del suelo mediante un zócalo. La portada se ordena en torno a un gran arco de medio punto de generoso dovelaje y recuadrado por un alfiz de cardinas. Bajo la cornisa lleva la ya indicada inscripción en letras góticas. Preside el cuerpo superior un alto relieve con la escena de la Piedad flanqueada por sendas pilastras cajeadas. A ambos lados campean también los blasones de los fundadores, rodeados de láureas y cintas. A la izquierda las armas de los Pimentel, con sus características veneras y las fajas bicolor, y a la derecha las de su mujer, que constan, entre otros asuntos, de un jaquelado de quince -ocho de oro y siete de veros- propios de los Velasco, y calderas de oro con cabezas de sierpes de sinople por asas, correspondientes a los Herrera. Remata el ático un frontispicio con una cruz, una venera en su centro y dos flameros o candeleros a los lados. Se adorna todo el conjunto con detalles de decoración vegetal estilizada y fina labor de grutesco. En la puerta de entrada son de reseñar las aldabas realizadas en hierro forjado, de la misma época que la fachada, en las que se ha venido reconociendo a los apóstoles Santiago y San Pedro. Ambas constan de su correspondiente figura bajo chambrana, chapa calada y pilaretes.
En el interior del edificio, después de atravesar el zaguán, se accede a un hermoso patio de planta cuadrada. Se organiza en pandas de cuatro arcos de mediopunto ligeramente peraltados, salvo la crujía de la capilla que presenta tres arcos escarzanos, sin duda para realzar y centrar la entrada al templo. Dichos arcos apean sobre gruesos pilares circulares con capiteles de orden dórico. En el piso superior, actualmente acristalado, se desarrolla otro orden de arcos de menor altura. Destacan especialmente en este cuerpo superior los antepechos de cantería labrada decorados con claraboyas góticas, uno de ellos blasonado con las armas de los Pimentel.
En la capilla del Hospital, muy alterada por reformas poco afortunadas, existen algunos elementos artísticos de interés. La verja es de hierro forjado, adornada con un friso de motivos góticos. Engalanan las paredes de la capilla, al pide de la bóveda nervada del cimborrio, los escudos policromados de Alonso Pimentel, V Conde de Benavente, y el de su esposa. También deben reseñarse una talla románica de la Virgen con el Niño, una pintura italiana del mismo asunto del siglo XVIII, el órgano y el conjunto escultórico del Tránsito o la muerte de San José, de finales del siglo XVII, este último restaurado para una de las ediciones de las Edades del Hombre.

Existe otra puerta monumental de acceso, casi oculta al fondo de un callejón con entrada desde la Calle Santa Cruz. Fue levantada en 1800 bajo el patronazgo de la XV condesa, María Josefa Alonso Pimentel (1763-1834), coincidiendo con una serie de obras de ampliación y reforma de la fábrica primitiva. Se trata de una sobria portada de aire neoclásico, con arco escarzano, breve entablamento liso con inscripción conmemorativa, frontón triangular moldurado y remate de bolas apiramidadas sobre peanas. Preside el tímpano el blasón del linaje.
Imágenes: 1. Portada principal del Hospital de la Piedad; 2. Vista general del patio porticado; 3. Detalle del llamador de la puerta y 4. Conjunto escultórico del Tránsito o la muerte de San José.Véase también: R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, "Escrituras fundacionales del Hospital de la Piedad de Benavente", Brigecio. Revista de Estudios de Benavente y sus Tierras, 8 (1998), pp. 169-192

sábado, 19 de abril de 2008

El sello medieval del Concejo de Benavente - La impronta de una leyenda

Las Perlas del Patrimonio

Durante los siglos XIII y XIV la función primordial de los sellos concejiles es la de autentificar los documentos. Así en las Partidas de Alfonso X se habla de "firmar" las cartas, esto es, de afirmar, de dar fuerza a los actos jurídicos. Pero existe otra función no menos importante en el imaginario medieval como es la proporcionar renombre y prestigio a una floreciente población. De esta forma, las principales villas llevan a su sello los atributos de sus preciadas glorias, de los símbolos que hablan de su lustre y de su pasado legendario.
El uso del sello concejil era siempre consecuencia de una concesión regia. Así en 1266 Alfonso X otorgaba este derecho a la villa de Murcia: "otrossí les damos sello de dos tablas ... e que tenga el uno [de los omes buenos] la una tabla e el otro la otra".
Matriz del sello concejil de Cuéllar (Segovia) [S.XIII]
Esta precaución venía a dificultar la utilización fraudulenta de los emblemas de la villa, pues sólo con la compadecencia de los dos hombres buenos del concejo se podía disponer de las dos tablas de la matriz y, por tanto, del sello completo. De este mismo asunto ya se ocupó el Rey Sabio en el Título XX, Ley II, de la Tercera Partida:
"Canciller o notario, después que hubieren recibido los sellos de manos de rey deben mirar a quienes los dan que sellen las cartas; y esos son llamados selladores; y en las ciudades y en las villas, débelos poner el rey. Y decimos que deben ser hombres buenos y leales y de buena vida y sin mala codicia; y los de la cancillería del rey deben ser tantos cuantos entendiere el rey que serán menester para guardar las cartas que vayan derechas y sin yerro; y los de las ciudades y de las villas deben ser dos hombres buenos y leales en cada lugar, que aumenten el provecho de su tierra y sean sin bandería, y que tenga el uno, una tabla y el otro, la otra, porque más lealmente sellen las cartas y más sin engaño".

No todos los diplomas que pasaban por las plumas de los notarios y escribanos concejiles contaban con este distintivo. Solamente aquellas cartas que emanaban directamente de la institución concejil gozaban de este privilegio. En estos casos, la aposición del sello es expresada explícitamente en alguna de las cláusulas del texto como una expresión significativa del poder municipal. Así se consigna, por ejemplo en una carta del Concejo de Benavente fechada en 1333 relativa a los moradores y "herederos" de Sitrama de Tera:

"E por que esto sea firme e non venga en dubda mandemos desto fazer dos cartas en vn tenor, la vna que tengamos nos el dicho conçejo e la otra que tengan los del dicho llugar de Sietrama, e mandamos las seellen con nuestro seello de çera colgado. E por mayor firmedumbre rrogamos a Garçía Yuánez, escusador por Fernand Pérez repostero de la camara de nuestro sennor el rrey e su notario público en Benauente, que les mandase así escreuir e los signase de so signo".

Contamos con dos muestras de lo que fue el sello de cera del Concejo de Benavente. Una se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, en la Sección Sigilografía. Se trata en realidad de un fragmento, muy deteriorado, que procede del fondo documental del monasterio de Nogales. Así es descrito por Menéndez Pidal: "Pequeño fragmento de un sello en cera, que debió de ser de gran módulo y de una sola impronta, pendiente por trencilla de lino de color avellanado, en copia, sin fecha, de un privilegio concedido en la era de 1296 años por el rey don Alfonso el Sabio, y por el cual liberta de merino a los moradores de Valdería y de Alixa. (Nogales,10, R.). Un gran castillo debió de ocupar el campo del sello. En el fragmento que se conserva, vese la puerta central flanqueada por dos torres. En el vano de la puerta aparece una figurita".
La segunda, impronta probablemente de la misma matriz, se conserva en el Archivo Diocesano de Astorga. En caso estamos ante un notable ejemplar con una conservación muy satisfactoria en lo relativo a sus representaciones iconográficas, pero con pequeñas lagunas que afectan a ciertas partes de su leyenda. Se trata de un sello concejil de gran módulo y doble impronta, confeccionado en cera de color ocre.
Sello de cera del Concejo de Benavente (anverso)
Respecto a su cronología es habitual situarla genéricamente en el siglo XIII, pero es posible hacer algunas precisiones de interés. Parece ser que existió una versión anterior del sello, tal vez de carácter monofacial, en la que el motivo iconográfico principal era un León, signo inequívoco de la adscripción territorial y soberana de nuestra villa al reino leonés. El asunto es relativamente frecuente. Seis cabezas de León aparecen en el sello concejil de Salamanca, cuya huella encontramos en diplomas de la segunda mitad del siglo XIII, pero cuya fijación debió producirse durante el reinando de Alfonso IX. En el caso de Benavente, el mencionado diploma de Nogales apunta al reinado de Alfonso X, seguramente a través de un privilegio real, que debe situarse próximo en el tiempo a otras concesiones de este mismo monarca custodiadas en el Archivo Municipal.
El anverso responde al modelo de sello monumental. En su impronta se da cabida a uno de los elementos más emblemáticos en un futuro de su blasón heráldico, un puente de piedra ojival de cinco ojos. Debe entenderse, en todo caso, como una estampa convencional y estereotipada del viaducto levantado sobre un brazo del Órbigo, a los pies de la villa y junto a la Puerta de la Puente. Sobre el puente una representación de los muros de la villa, con sus torres, campanarios y algún árbol, todo ello bajo una composición estrictamente simétrica. Diversos personajes, uno sobre cabalgadura, cruzan el puente y se dirigen a hacia la puerta principal, donde una figura coronada les aguarda.

Sello de cera del Concejo de Benavente (reverso)
El reverso se acomoda más al tipo de sello parlante. Presenta a cuatro ángeles trompeteros que soplan sobre tres discos concéntricos. Contrariamente a la interpretación más habitual, más que distribuir los vientos fecundantes sobre la villa, sería una contención de los mismos según recoge la visión apocalíptica de Juan: "Después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra".  Estos cuatro ángeles trompeteros evocan también el texto evangélico de Mateo 24, 31  «Et mittet angelos suos cum tuba et voce magna et congregabunt electos suos a quatuor ventis a summis celorum usque ad terminos eorum». Pero los cuatro vientos pueden también responder a representaciones metafóricas diversas, como pueden ser el número naturalezas, el de distritos o comarcas que lo conforman, linajes, alcaldes, el de cancelas ciudadanas, etc. Se trataría, en todo caso, de una alegoría del nombre de la ciudad, y una referencia a su emplazamiento privilegiado.
Respecto a la leyenda del sello, es distinta para cada una de sus caras, desarrollándose entre gráfilas cordonadas. La inscripción está, como hemos dicho, incompleta y ha dado lugar a diferentes interpretaciones. El texto conservado es el siguiente:
ANVERSO: [...]ET : VILLA : BONIS : CVCTIS : REGNV : [...] NIS
REVERSO: [...]T : TRAD : VENT [...] DANT : SIC : BENAVENT[...] [A...]