viernes, 21 de abril de 2017

El sepulcro de Petrus Deustamben en San Isidoro de León

El sepulcro de Petrus Deustamben en su estado actual en la capilla de los Salazares de San Isidoro de León
El sepulcro del maestro o arquitecto Petrus Deustamben es una cista de piedra, con tapa llana, que estuvo expuesta durante mucho tiempo en el interior de San Isidoro de León, en el ángulo suroeste de la iglesia, bajo el coro. Allí lo vieron varios autores desde época moderna, aunque no se pusieron de acuerdo sobre la cronología del personaje, ni sobre la naturaleza de las obras mencionadas en su epitafio.
Ambrosio de Morales es el primer autor que se ocupa sobre este asunto a mediados del siglo XVI: “Pues este rey (Fernando I) con haber edificado la iglesia, tuvo tanto recato de no enterrase dentro de ella, y con todo eso fue luego enterrado en ella el maestro de la obra por sus grandes virtudes y mucha de santidad. Conforme a esto dice así su epitafio, que está en una tumba alta de piedra lisa dentro de la iglesia”. A continuación ofrece la primera lectura conocida del epitafio.
En el siglo XVIII Antonio Ponz señala: “Cerca de la pila baptismal se conserva una antigua lápida del arquitecto que la hizo; es a saber, antes de la reedificación del rey Don Fernando, a lo que yo entiendo [...] tiene V., según esta lápida, un arquitecto santo”.
Por su parte, Manuel Risco ofrece una interpretación del contenido del epitafio que es la que se ha venido reproduciendo en muchas obras posteriores: “El arquitecto se llamó Pedro de Dios, cuya vida fue tan santa y abstinente, que quiso Dios manifestar su santidad, haciendo por él muchos milagros. Por esta causa todos generalmente le amaron y veneraron, siendo cada legionense un pregonero público de sus virtudes. Esta común opinión de toda la ciudad fue el motivo de que el Emperador don Alonso, y la reina doña Sancha mandasen depositar su cuerpo en un lugar señalado, como el que tiene en el mismo cuerpo de la iglesia de San Isidoro, debaxo del coro, donde está para eterna memoria de este siervo de Dios se puso en aquel tiempo la inscripción”.
A finales del siglo XIX el sepulcro se exhibía en la iglesia con muy poco decoro, como denunciaba Demetrio de los Ríos: “Siempre nos hemos acercado a la humilde tumba de Pedro con religioso respeto, e indignados de ver sobre ella sillas y otros trebejos como sobre el más despreciable poyete, los hemos arrojado con indignación del sagrado monumento que profanaban”. Otros testimonios hablan de que la tumba servía de improvisado asiento de los fieles durante las celebraciones litúrgicas.
En la actualidad se encuentra en el claustro, en la llamada capilla de los Salazares, concebida en un principio como lugar de enterramiento de los miembros de esta familia. En 1959 este espació fue reacondicionado y restaurado, bajo la dirección de Luis Menéndez-Pidal,  después de un largo periodo de ruina y desatención. También se recuperó la bóveda de escayola del siglo XVIII. La capilla cuenta con un acceso directo desde el panteón real y una verja que cierra el paso al claustro. En el ángulo noroccidental se acondicionó un rincón privilegiado para la tumba del arquitecto medieval, junto a la pila bautismal, con la que también compartía espacio en la iglesia. En fotografías del año 1925 se aprecia la tapa partida en dos grandes fragmentos, con alguna parte de la inscripción perdida. Se sabe que el enterramiento fue violentado durante la ocupación francesa del templo en la Guerra de la Independencia, como ocurrió con la casi totalidad de las tumbas reales del panteón. Los sepulcros fueron abiertos, expoliados y los restos dispersados. Posteriormente, fueron utilizados como abrevaderos y pesebres para la caballería.
Hoy la tapa de nuestro sarcófago se muestra restaurada, con algunas partes reintegradas y reconstruidas. En el año 1997 se hizo un estudio antropológico de los restos oseos del panteón real. Se constató que el número mínimo de individuos exhumados casi triplicaba la cantidad de cuerpos previsibles. Se supone que tras la profanación de las tumbas, los despojos reales se mezclaron con los enterramientos de otras dependencias de la basílica. Entre los huesos se encontraron también trozos de papel, deyecciones de caballo, restos vegetales y huesos de animales. En los informes de María Encina Prada Marcos y Julio Manuel Vidal Encinas, la tumba “del cantero D. Pedro de Deus Tamben”, aparecía identificada con el número 13. Es la que tenía el menor número de restos, con un total de 32 piezas óseas.
Como ya se apuntó anteriormente, el sepulcro no se corresponde con la inhumación original, sino que se trata de una renovación del mismo, con una inscripción probablemente reescrita en el primer tercio del siglo XIII. Fue decorado mediante la grabación en la cabecera de un grupo interesante de figuras. La factura de la escena no es obra de un artista aventajado, pero sí muy expresiva. Se reconoce al yacente amortajado y colocado sobre su sepulcro, y por encima de él dos ángeles alados portando sendos incensarios. Sobre el cuerpo del difunto se aprecia una cruz griega, soportada sobre un astil.
El largo epitafio puede dividirse en dos partes bien diferenciadas. Comienza con una línea que corre en el chaflán del borde y continúa con doce líneas debajo de la escena. La lectura, corregida y completada a partir de los editores antiguos que pudieron ver el monumento íntegro, es la siguiente:

+HI⋮Q(v)IESCIT⋮SERV(vs]⋮DEI⋮PETRVS⋮DEVS⋮TAM⋮BEN⋮Q(v)I⋮SVP(er)EDI[FIC]AVIT⋮ECCLESIA(m)⋮HA(n)C

ISTE⋮FU(n)DAVIT⋮PON
TEM Q(v)I⋮D(icitv)R⋮DE⋮D(ev)S⋮TA(m)
BEN⋮ET⋮Q(v)IA⋮ERAT
[VI]R⋮MIRE⋮ABSTI
[NENCI]E⋮ET⋮MVLTIS
[FLOR]EBAT⋮MIRA
[CULIS] ⋮O(mne)S⋮EV(m)⋮LAV
DIB(vs)⋮P(re)DICABA(n)T⋮
SEPULT(vs)⋮E(st)⋮HIC⋮
AB⋮INP(er)ATORE
ADEFO(n)SO⋮ET
SA[n]CIA⋮REGIN(a)⋮

Hi quiescit servus Dei Petrus Deus tam ben qui superedificavit ecclesiam hanc. Iste fundavit pontem qui dicitur de Deus tamben et quia erat [vi]r mire absti[nenc]ie et multis [flor]ebat mira[culis] omnes eum laudibus predicabant. Sepultus est hic ab inperatore Adefonso e Sancia Regina

"Aquí yace el sirvo de Dios Petrus Deus Tam Ben que superedificó esta iglesia. Este fundó el puente que llaman de Deus Tamben. Y porque fue un hombre de admirable austeridad y floreció por sus muchos milagros, todos predicaron sus alabanzas. Fue sepultado aquí por el Emperador Alfonso y la reina Sancha".

Quadrado precisa algunos detalles de interés sobre el texto: “Las copias de él sacadas (del epitafio) resultan harto discrepantes, especialmente en el apellido del arquitecto que unos leen “de Deo”, otros de “Deus tamben”, otros de “ustamben”, y algunos por fin de “Vitamben”. El verbo “superedificavit” indica que fue restaurador o continuador de la fábrica más bien que autor de la traza del templo”.
Aunque el sepulcro del arquitecto carece de fecha, en el epitafio se afirma, que fue enterrado allí por orden del Emperador y de la reina doña Sancha. Este emperador no es otro que el rey leonés Alfonso VII, que ocupó el trono entre 1126 y 1157. La otra persona aludida es su hermana, Sancha Raimúndez, que ostentó el título de reina y murió en 1159. No se puede afirmar de forma concluyente que Petrus Deustamben viviera en esta mima época. Cabe la posibilidad de que lo que hiciera el rey fuera simplemente trasladar su sepultura desde otro lugar a la iglesia.
En cualquier caso, no podemos otorgar a este epitafio una solvencia documental irrefutable. La escritura utilizada no se corresponde con el momento original de la inhumación. Es muy significativa la ausencia de la fecha de la muerte de nuestro personaje. Todo apunta a que se trata de una reelaboración hecha en el primer tercio del siglo XIII por la comunidad de San Isidoro a partir de tradiciones o noticias más o menos fundadas. Esta inscripción, como otras muchas del conjunto del panteón real, fue renovada o reescrita como parte de un ambicioso proyecto de reivindicación de la vinculación de la monarquía leonesa con la basílica de San Isidoro, cuyo fin último sería el de ensalzar la autoridad y el prestigio del conjunto monumental.

Identidad del personaje sepultado: Petrus Deustamben

Muy pocos datos seguros se pueden ofrecer hoy en día sobre la personalidad de Pedro Deustamben. El primer obstáculo con que nos topamos al abordar esta cuestión es el de su propio nombre, objeto de no pocas controversias. El grabador de la inscripción de su sepulcro utilizó triple interpunción para separar cada una de las palabras del texto. De ello resulta que la transcripción literal del nombre sería: “Petrus Deus Tam Ben”. Sin embargo, a continuación hace alusión al puente por él fundado y lo hace de una forma ligeramente diferente: “pontem qui dicitur de Deus tamben”.
En los documentos más antiguos que hacen alusión a este puente no se ofrecen variantes significativas. “Ponti de Deus tam bene” leemos en un privilegio de Fernando II de 1166, según la transcripción de Miguel de Manuel Rodríguez, e “illo ponte qui dicitur Deus tam bene” encontramos en un documento del monasterio de Benevívere de 1196. En otros diplomas el nombre de nuestro personaje aparece romanceado ya desde antiguo, sin poder discernir si la forma romance deriva de la latina o viceversa. En 1205 se entregan unas tierras “iuxta pontem de Diostambien” y en 1282 se menciona el monasterio de “Pontis de Dios tambien”.
En base a los datos suministrados por el epígrafe, a Petrus Deustamben se le ha considerado como un arquitecto o maestro de obras; cantero también en alguna ocasión, a pesar que tal condición no aparece explicitada como tal. Está claro que fue responsable de una parte importante de las obras del templo románico de San Isidoro y que "fundó" un puente sobre el río Esla que llevó su nombre.
A falta de otros pormenores sobre su trayectoria vital, se le han buscado diversas filiaciones y se le han atribuido otras construcciones con muy poca o nula base documental. Así se le ha identificado con cierto Pedro Peregrino, quien "con la ayuda de Dios y de hombres buenos" edificó un puente sobre el Miño, probablemente en tiempos de la reina Urraca. En este mismo lugar se levantó un hospital denominado “Domum Dei”. Por estas acciones en 1126 Alfonso VII confirma a este Pedro Peregrino, y a su puente, la iglesia de Santa María de Puertomarín, que su madre la reina ya le había entregado anteriormente.
El “Liber Sancti Iacobi”, al recoger la nómina de los “viatores” o constructores del camino de Santiago antes del año 1120 menciona a Andrés, Rotgerio, Alvito, Fortus, Arnaldo, Esteban y Pedro. De este último afirma que “reconstruyó el puente sobre el Miño, destruido por la reina Urraca; que sus almas y las de sus colaboradores descansen eternamente en paz”.
En cuanto a la filiación y procedencia de Petrus Deustamben muy pocas certezas se pueden ofrecer. Es posible que su peculiar apellido esté enmascarando un origen extranjero. Se trataría de uno más de esos maestros de obras de procedencia ultrapirenaica que trabajaron en las grandes construcciones del Camino de Santiago. Pero este “Diostambién” también puede ser uno de esos apodos o sobrenombres piadosos, con que se denominaba popularmente a personajes objeto de una especial admiración o dotados de reconocidas virtudes espirituales.
Algunos estudiosos de la figura del Maestro Mateo, basándose en la interpretación de puntuales datos genealógicos, han sugerido una relación de paternidad entre el constructor de San Isidoro y el gran artífice de la catedral de Santiago de Compostela. Para unos no es más que una conjetura indemostrable, pero para Manuel Chamoso Lamas “no es nada aventurado ver un solo Pedro en el constructor de los puentes sobre el Miño y sobre el Esla y ver en el sobrenombre Deustamben, de etimología galaica, al Pedro domiciliado en Lugo, progenitor de nuestro Mateo, que sería el Matheus Petri del árbol genealógico, y que sigue la trayectoria de su padre construyendo puentes y construyendo templos”.
A Petrus Deustamben se le vincula también con la desaparecida iglesia de los Santos Justo y Pastor de Quintanaluengos, en el norte de Palencia. Se trataba de un templo románico, de una sola nave con crucero, con elementos constructivos y decorativos arcaizantes de tradición visigoda y mozárabe. Hoy apenas se conservan de este antiguo monasterio unas cuantas fotografías antiguas y unos capiteles que se exhiben en el Museo Arqueológico de Palencia.
Leopoldo Torres-Campos y Balbás dio cuenta en 1918 de una inscripción que se encontraba situada en la ventana del muro este del ábside con la lectura "ERA MCXLIII "(Año 1105), fecha que podría corresponder a un momento destacado de la construcción del edificio, tal vez de su consagración. Por su parte, Matías Vielva llegó a ver en 1907 una inscripción sobre el cimacio de uno de los capiteles del arco triunfal, en la que quiso leer "PETRUS DEUSTAMBEN". Ahora bien, esta lectura es en realidad una interpretación muy particular, a todas luces demasiado forzada, de unas iniciales que acompañaban al nombre. El texto original rezaba: "Petrus D. S.".
Otra de las edificaciones relacionadas con Petrus de Deustamben es la iglesia románica de Santa Marta de Tera, en la provincia de Zamora. Fue Manuel Gómez-Moreno quien apuntó en esta dirección, en base a las afinidades estilísticas entre el proyecto constructivo y decorativo de este templo y ciertos elementos significativos de San Isidoro de León, en particular de su crucero. Como ocurre con el resto de edificios anteriormente citados, no existe base documental alguna que pueda corroborar esta suposición. Por otra parte, las semejanzas entre ambos templos, que las hay y son ciertamente relevantes, nos llevarían también a revisar otras construcciones, como la iglesia de Santo Tomé de Zamora, cuya cabecera también parece emparentarse con el mismo modelo de Santa Marta, y que según un diploma estaba en 1125 recientemente edificada: "noviter edificato”.

Obras que realizó en la basílica del San Isidoro

La primera parte de la inscripción de nuestro sepulcro relaciona directamente al difunto con la construcción de la iglesia de San Isidoro. "Hi quiescit servus Dei Petrus Deus tam ben qui superedificavit ecclesiam hanc". El verbo utilizado es un tanto peculiar, pues “edificavit” se presenta precedido de la partícula “super”. El lapicida no empleó aquí signo de interpunción para separar las dos palabras, por tanto se trata de una expresión que, de alguna manera, quiere precisar la naturaleza de las obras emprendidas. Los editores del epígrafe han traducido "superedificavit" como “edificó”, “construyó”, “cubrió”, "amplió", “concluyó”, etc.
Parece claro que este “superedificavit” debe oponerse al verbo “fundavit”, utilizado para aludir a la construcción de un puente por este mismo personaje. “Fundavit” debe entenderse como construir a “a fundamentis”, esto es, desde los cimientos o sobre una construcción anterior pero totalmente renovada. En cambio, este “superedificavit” puede interpretarse como la tarea de unas obras que completan, amplian o cubren algo que se encontraba anteriormente en fase avanzada.
No es fácil delimitar exactamente estos trabajos. La iglesia que hoy conservamos presenta varios proyectos constructivos, relacionados todos ellos con el mecenazgo de diversos miembros de la monarquía leonesa, pero con unas cronologías sujetas a debate y controversia desde hace mucho tiempo. A una basílica originaria erigida a mediados del siglo XI y de reducidas dimensiones, seguiría otra de mayor envergadura y con un transepto marcado en planta. Como han documentado arqueológicamente M.ª Á. Utrero Agudo J. I. Murillo Fragero, esta segunda iglesia sufrió una temprana ruina que “afectaría principalmente a la mitad occidental del aula. Tanto las bóvedas de ladrillo de esa zona como la Puerta del Cordero pertenecen a la obra de restauración de mediados del siglo XII”.
Los estudiosos del templo isidoriano han considerado comúnmente a Petrus Deustamben como responsable de la última fase del templo románico, obras que podrían haberse iniciado en época de la reina doña Urraca y terminarían antes del año 1149, cuando se consagra la iglesia durante el reinado de Alfonso VII.

Fundación de un puente que lleva su nombre

El desaparecido Puente de Deustamben, estuvo situado sobre río el Esla, en la finca actualmente conocida como “El Priorato”, entre los términos municipales de Milles de la Polvorosa y Villaveza del Agua y. En torno a este enclave, al calor de los movimientos de población, mercancías y peregrinos, surgió a mediados del siglo XII un próspero, aunque efímero, núcleo de población.
Según se desprende de un diploma de 1196, la heredad del Puente de Deustamben, se componía del propio viaducto, una iglesia dedicada a Santa María, un hospital y un conjunto de pertenencias que se explicitan en el texto: villas, iglesias, solares yermos y poblados, tierras labradas y sin labrar, viñas, salinas, aceñas, molinos, prados, montes y fuentes. La imagen que nos proporciona esta relación de bienes es la de una población floreciente, asentada en un nudo estratégico de comunicaciones, concretamente en un paso estable del Esla sobre la antigua Vía de la Plata. La existencia de un hospital, que probablemente acogería también peregrinos y viandantes, parece corroborar esta idea.
No sabemos con exactitud en qué momento se construyó este viaducto. Tal vez existió anteriormente en este mismo emplazamiento un puente romano, del que sería fiel testigo un excepcional miliario hallado en los años ochenta del pasado siglo.
En 1140 se tiene la primera noticia de su existencia, cuando el obispo de Astorga permuta varias heredades con unos particulares junto al denominado Puente de Deus También, para que funden en este lugar una "casería".
En época de Fernando II el asentamiento ha adquirido cierta categoría como núcleo de población, hasta el punto que el monarca decide favorecer a sus propietarios, liberando en 1166 a sus "homines" de homicidio, fonsado, rauso y de todo fuero y jurisdicción real. De esta forma, sus habitantes quedan sujetos únicamente al señor de la Puente, que goza de plena autonomía de jurisdicción.
En 1196, Gutierre Muñoz, con su mujer, hermanas y sobrinos, tal vez herederos de los primitivos propietarios, donan al monasterio de Benevívere este puente, llamado ahora Deustambene, con su iglesia, hospital y demás pertenencias para que sea abadía perpetuamente, con la condición de recibir como monjes a los miembros de esta familia, aunque fuesen mujeres. A principios del siglo XIII la nueva abadía filial de canónigos regulares había adquirido ya cierto peso en la región, hasta el punto que atraía las donaciones piadosas de ciertos potentados, que incluso pedían enterrarse entre sus muros.
Estado de la tapa del sepulcro en 1925, según Manuel Gómez-Moreno

Detalle de la escena representada en el la cabecera de la tapa del sepulcro
Detalle de la inscripción
Vista de la lauda desde la cabecera
Vista de la lauda desde los pies
Detalle del comienzo de la inscripción en el borde de la lauda
Fachada sur de la iglesia de San Isidoro de León

sábado, 31 de diciembre de 2016

El Beato de Tábara - Historia del códice del Archivo Histórico Nacional


Beato de Tábara. Miniatura de la torre del monasterio, AHN, fol. 167v.
El presente artículo se corresponde con la publicación del mismo título editada por el Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” en el año 2017 con ocasión de las “Jornadas sobre los Beatos Medievales: una herencia compartida”. Tábara, 31 de marzo y 1 de abril de 2017. © C.E.B. “Ledo del Pozo” y Rafael González Rodríguez.

El llamado Beato de Tábara es una de las piezas más notables del Archivo Histórico Nacional. Recientemente, ha sido incluido, junto otros ejemplares del Comentario al Apocalipsis de San Juan atribuido a Beato de Liébana, en el “Registro de la Memoria del Mundo”; una lista elaborada por la UNESCO para preservar el patrimonio documental y crear una mayor conciencia colectiva sobre su importancia.
Al margen de su valor intrínseco, el Beato de Tábara es mundialmente conocido por la famosa miniatura de su folio final, en la que aparece representada la torre del monasterio y, junto a ella, dos monjes afanados en la tarea de copiar o iluminar un códice. Hasta tal punto esta ilustración del “scriptorium” tabarense ha tomado protagonismo en los estudios de la miniatura altomedieval, que ha eclipsado cualquier otra aproximación a su estudio. Un manuscrito, por otra parte, mutilado hoy hasta el absurdo y reducido a una mínima expresión de lo que realmente fue.
Proponemos en este trabajo un acercamiento a la historia del códice, en particular de sus primeras vicisitudes, desde las informaciones más antiguas de las que tenemos noticia hasta aproximadamente el primer tercio del siglo XX, cuando ya los estudios son más precisos y detallados. Para ello se hace un recorrido por los principales hitos de la bibliografía existente. Sobre esta base, se hacen algunas puntualizaciones, creemos de interés; se corrigen ciertos errores y malentendidos, y se ofrecen algunas perspectivas que, tal vez, puedan abrir nuevas líneas de investigación.

1. Primeras referencias bibliográficas

Para buscar las más antiguas referencias en la bibliografía a nuestro códice hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XVIII. Es entonces cuando Enrique Flórez acomete la primera edición de los Comentarios al Apocalipsis atribuidos al monje Beato de Liébana. El padre Flórez, aunque debió conocer directamente o por referencias más ejemplares, manejó principalmente tres para cotejar y componer su edición publicada en 1770: el Beato de San Andrés del Arroyo (Bibliothèque Nationale de France), el Beato Emilianense o de San Millán de la Cogolla (Real Academia de la Historia) y el entonces llamado “Codex Burguensis”, hoy más conocido como Beato de las Huelgas. En la actualidad este libro se custodia en la Pierpont Morgan Library de Nueva York.
El Beato de las Huelgas viene considerándose una copia tardía del Beato de Tábara, pues, de hecho, reproduce en el folio 183r. la miniatura de la torre de su monasterio y en el 184v. una omega final prácticamente idéntica. Tiene la peculiaridad de contar con dos colofones de épocas distintas. El folio 184r. contiene un colofón donde consta la fecha 1220. Por razones que desconocemos se copió también el colofón íntegro del Beato de Tábara del año 970, y esto provocó cierto desconcierto en los autores posteriores.
Flórez se topa con esta suscripción y advierte la no correspondencia cronológica entre su texto y las características formales del libro. Las fechas de composición consignadas (años 968 y 970) no concuerdan con el tipo de escritura de principios del siglo XIII. Esta anomalía le lleva a plantear que el Beato de las Huelgas reproducía el colofón de un manuscrito más antiguo, por entonces desconocido. El erudito agustino transcribió íntegramente dicho colofón, con las alusiones del escriba Emeterio a su maestro Magio, y con ello dejó constancia de los primeros datos conocidos sobre el que denomina “Codex Tabarensis”. El comentario de Flórez, traducido del texto latino original, es el siguiente:

“La fecha del códice del que fue transcrito, deja claro, pues las últimas palabras del libro de la copia antigua escritas en el nuestro lo muestran, que el códice se empezó en el monasterio Tabarense por el presbítero Magio, que muere en el año 968, y terminado por un discípulo suyo, de nombre Emeterio, en el año 970. Estando entonces en uso solamente la escritura gótica, el Códice Burgense todavía no fue transcrito con caracteres diferentes. Por lo cual, conviene dejar claro, que la anotación señalada previamente ha sido tomada del códice del cual se hace la copia. De aquí que el año 970 se ha de atribuir no a nuestra copia, sino al Códice Tabarense”.
E. FLÓREZ - Sancti Beati presbyteri Hispani Liebanensis in Apocalypsin - Madrid, 1770.
El primer recensor reconocido de los Beatos fue el archivero y geógrafo francés M. d'Avezac. Su interés por los mapamundis incluidos en esta obra le llevó a inventariar en 1870 un total de 22 manuscritos. Entre ellos cita, de pasada, el Beato de Guadalupe y el Beato de las Huelgas, ambos por referencias indirectas de otros autores. De este último señala que “es copia del siglo XIII de un arquetipo ejecutado en el convento de San Salvador de Tábara en 1008 de la Era hispánica, o 970 de Jesucristo”.
En 1880 Léopold Delisle publica en París sus “Mélanges de Paléographie et de Bibliographie”, donde dedica un amplio capítulo a “Les manuscrits de l’Apocalypse de Beatus conservés à la Bibliothèque Nationale et dans le cabinet de M. Didot”. El director de la Biliothèque Nationale ofrece un nuevo estado de la cuestión sobre el estudio de los Beatos hispanos y registra algunos de los ejemplares entonces conocidos. Entre ellos se vuelve a mencionar, siguiendo a Flórez, al Beato de las Huelgas, al que considera copia de un modelo hecho en Tábara y “destruido probablemente desde hace mucho tiempo”. Así mismo, relaciona el códice de Gerona con el Tábara, identificando en ambos casos al copista o miniaturista Emeterio: “El antiguo manuscrito al que yo hago alusión, y en el que la obra de Beato está seguida del comentario de Daniel por San Jerónimo, fue empezado en el monasterio de Tabar (sic) por el presbítero Magius, que murió en 968. Fue acabado el 27 de julio de 970, por Emeterius, en el cual es muy difícil no ver la persona del mismo nombre mencionada al final del manuscrito de Gerona”.


2. Ingreso del códice en la Escuela Superior de Diplomática

Como vemos, hasta ahora todas las menciones a nuestro manuscrito son indirectas y basadas en las impresiones de la lectura de una copia tardía de principios del siglo XIII: el Beato de las Huelgas. Pero en 1881 irrumpe el códice original en el panorama bibliográfico con la publicación de la obra de Jesús Muñoz y Rivero: “Paleografía Visigoda”. Debe recordarse, y este es un dato ciertamente importante, que el autor era en estas fechas archivero bibliotecario y profesor encargado de la asignatura de Paleografía general y crítica en la Escuela Superior de Diplomática de Madrid.
En esta obra, un clásico en los estudios de Paleografía medieval, Muñoz y Rivero incorpora la transcripción completa del colofón del Beato de Tábara en lo que llama “Ejercicios de lectura paleográfica”. La descripción que ofrece es muy escueta y en ningún momento habla de un Beato: “Facsímil de un códice escrito en los años 968 a 970, que contiene comentarios al Apocalipsis, y que pertenece a la Escuela Superior de Diplomática”. A continuación inserta un facsímil del folio 167 recto.
Al igual que ocurre con el resto de facsímiles de esta obra, no estamos ante una simple reproducción fotográfica del folio en cuestión, sino ante una copia imitativa hecha caligráficamente por el propio autor. El objeto de estas láminas era fundamentalmente didáctico y debían servir de prácticas a los alumnos de Paleografía.
El autor no suministra más datos sobre el origen del códice, aunque agradece en otro apartado de su libro a Juan de Dios de la Rada y Delgado y a Vicente Vignau, director y secretario respectivamente de la Escuela, las facilidades proporcionadas en los trabajos de investigación. De los 44 facsímiles, el correspondiente a Tábara es el número 7, y es el único del que se expresa la procedencia de la mencionada Escuela.

Colofón del Beato de Tábara en la obra de MUÑOZ Y RIVERO, "Paleografía Visigoda", 1881.
La Escuela Superior de Diplomática de Madrid (1856-1900) tuvo un papel fundamental en la formación de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos en la segunda mitad del siglo XIX; una época en la que las llamadas ciencias auxiliares de la Historia (Paleografía, Diplomática, Epigrafía, Numismática, etc.) estaban definiéndose y sistematizándose. Las cátedras de esta institución fueron inauguradas el 21 de noviembre de 1856 en locales de la Biblioteca y Archivo de la Real Academia de la Historia. Las principales asignaturas impartidas eran: Paleografía elemental o general, Paleografía crítica y literaria, Latín, Bibliografía, Historia de España. Arqueología y Numismática.
Entre el profesorado de la Escuela encontramos a algunas de las figuras más relevantes de la Paleografía, la Archivística, la Arqueología y la Historia de la segunda mitad del siglo XIX, como Antonio Delgado, Vicente Vignau, Ángel Allende Salazar, Eduardo de Hinojosa, Tomás Muñoz y Romero, su hijo Jesús Muñoz y Rivero, etc.
En 1865, con ocasión de la publicación de su reglamento, se reconoce que los medios materiales de instrucción van en aumento “merced a algunas generosas donaciones, y a las adquisiciones por compra que permiten las hasta ahora exiguas cantidades consignadas. La colección de diplomas consta de unos 200 pergaminos, cartas y manuscritos varios; el Museo arqueológico y numismático ostenta ya 1.086 objetos precisos de estudios; y la Biblioteca tiene catalogados muy cerca de mil volúmenes”.
Durante sus primeros años de andadura, la mayor parte del material científico fue incorporado gracias a donaciones de alumnos, profesores, personajes influyentes, Ministerio de Fomento, Universidad y otras instituciones. Como advierte Aurora Godín Gómez, hubo algunas adquisiciones mediante compra, pero fueron las menos, dada la escasa asignación adjudicada. Ocasionalmente, también se produjo algún depósito.
En la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, dependiente de la Universidad Complutense, se custodian en la actualidad 192 pergaminos procedentes de la Escuela Superior de Diplomática. Se trata de los diplomas que utilizaban profesores y alumnos como material científico para el aprendizaje en la asignatura de Ejercicios Prácticos. Maite Rodríguez Muriedas registra en esta variopinta colección bulas pontificias, documentos procedentes de monasterios, escrituras, testamentos, censuales, cartas, etc. Su cronología abarca desde el siglo XII hasta el siglo XVIII.
Así pues, la adquisición del Beato de Tábara por la Escuela, hay que encuadrarla en esta necesidad de diplomas y códices que sirvieran de material de trabajo a los profesores y alumnos, principalmente de la asignatura de Paleografía. Según el testimonio de Manuel Gómez-Moreno, se trató de una compra hecha a Ramón Álvarez de la Braña y, por tanto, una de las pocas compras de las que tenemos constancia. Desgraciadamente, Gómez-Moreno no detalla nada más sobre este asunto. No sabemos en qué fecha exactamente se produjo esta entrada, ni la procedencia.
En la actualidad, nuestro códice exhibe en varios de sus folios el sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática. Tal vez se estamparía a su ingreso y, teóricamente, quedaría incorporado al catálogo de su biblioteca, pues en dicho sello se puede leer en la parte inferior la palabra “Biblioteca”. Sin embargo, en los catálogos de la misma dados a conocer por Mirella Romero Recio, no figura tal ejemplar, si bien hay que aclarar que solamente se consignan las obras impresas, y no los diplomas y códices que sabemos que la Escuela tuvo en propiedad o en custodia.
Otra cuestión, no menos importante, es el momento en el que el códice llega al Archivo Histórico Nacional. Sobre la base de la documentación aportada por Carmen Crespo, se ha supuesto que el Beato de Tábara estaba en dicho archivo en 1872. Se trata de una petición del jefe del mismo, Luis de Eguílaz, al director de Instrucción pública, fechada a 8 de noviembre de 1872. Su tenor es el siguiente:

“Este Archivo posee una preciosa colección de códices..., no sólo al servicio del público, sino que también llenan un fin importante en la enseñanza de la Escuela de Diplomática, cuyas colecciones y biblioteca se hallan unidas a las de este establecimiento. Figura en ellas un notable códice de la Exposición del Apocalipsis por S. Beato Liebanense escrito en el siglo X..., único de tal fecha que ha podido hasta hoy mostrarse a los alumnos... Para ampliar esos estudios convendría.., tener otro de igual materia y autor..., pero escrito con anterioridad acaso de un siglo..., el cual existe en la Biblioteca de ese Ministerio y me atrevo a rogar a V. I. que con tales fines sea temporalmente y bajo recibo entregado... hasta tanto que se decida si... podría aspirar a poseerlo definitivamente”.

En realidad, lo que este documento nos muestra es que el Beato se encontraba en 1872 en la Biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, aunque parece que a efectos administrativos los diplomas y códices se consideraban integrados de alguna manera en los fondos del Archivo Histórico Nacional, creado en 1866. Además, la Escuela nunca contó con un edificio propio, y si bien estableció la primera sede en la Real Academia de la Historia, y posteriormente en los Reales Estudios de San Isidro, las clases se repartieron entre la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico y el Museo Arqueológico. El otro Beato del que se habla en el documento anterior es el que acabaría ingresando en la Biblioteca Nacional (Vitr. 14/1).

3. Ramón Álvarez de la Braña, poseedor del códice

Ramón Álvarez de la Braña (1837-1906), perteneciente al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, Correspondiente de la Academia de la Historia y Director de la Biblioteca Provincial de León, fue una figura muy relevante del panorama cultural de la época, Su papel en la operación de adquisición del Beato por la Escuela no pudo ser la de un simple vendedor o intermediario.
En su calidad de vocal y secretario de la entonces Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León, tuvo un conocimiento privilegiado de la situación de los bienes muebles e inmuebles del patrimonio de los monasterios e instituciones eclesiásticas desamortizadas. De hecho, en 1898, cuando el Estado se hace cargo del Museo de León, fue nombrado primer director del mismo. De sus desvelos por la adquisición de piezas para esta institución daba cuenta Luis Rodríguez Seoane en 1894:

“Ni debe tampoco omitirse, que el rico Museo arqueológico, establecido en León e instalado en el magnífico edificio de San Marcos, es en gran parte debido a la valiosa cooperación del Sr. Álvarez de la Braña que [...] lo enriqueció con interesantes adquisiciones realizadas en varios puntos del territorio legionense. Puede de esta suerte admirar hoy el erudito viajero, en tan precioso museo, desde los más ricos ejemplares de la civilización visigótica y siglos posteriores de la Edad Media”.

Álvarez de la Braña prestó servicios en la clasificación de los pergaminos, códices y demás documentos de la colegiata de San Isidoro, así como en otros archivos de la provincia. Igualmente, ordenó y clasificó la biblioteca que dejaron en San Marcos de León los Padres de la Compañía de Jesús, que contaba con unos 6.000 volúmenes. Trabajó en labores de ordenación en el Archivo Municipal, la Catedral y en la Sociedad Económica de Amigos del País.
La relación de Álvarez de la Braña con la Escuela de Diplomática debió ser muy fluida y cordial. De las palabras de Luis Rodríguez Seoane parece deducirse que pasó por sus aulas, dato que no he podido comprobar feacientemente: “Una vez en esta capital (Madrid), decidióse, por fin, de una manera irrevocable, a seguir la carrera de Archivero-Bibliotecario”. En cualquier caso, completó sus estudios de archivística con otros en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central entre 1860 y 1863. En 1869 se hace cargo de la dirección de la Biblioteca Provincial de León, después de un traslado desde la Biblioteca de Menorca.
Autógrafo de Ramón Álvarez de la Braña. Real Academia de la Historia.



En 1884 publica la obra titulada “Siglas y abreviaturas latinas”. Al comienzo hay un breve texto escrito en 1876 por Juan de Dios de la Rada Delgado, que fue director de la Escuela, y trata a Braña de “mi muy querido y antiguo discípulo”. A continuación, en el prólogo, Braña cree prestar un especial servicio a las personas que se dedican a las antigüedades, y añade: “los alumnos de la clase de Epigrafía en la Escuela Superior de Diplomática, carecen de un trabajo de esta clase que pueda servirles de texto”.
En este mismo año de 1884 Álvarez de la Braña publica “Biblioteca Provincial Legionense, su origen y vicisitudes”. Si atendemos al testimonio del autor habría que descartar totalmente que el Beato de Tábara procediera de los fondos de los conventos desamortizados en la provincia, al menos de los fondos que llegaron a ser gestionados por la Comisión de Monumentos. Esto es matizable, pues sabemos que, lamentablemente, muchos libros y manuscritos acabaron en manos privadas, salieron del país, o fueron destruidos con anterioridad. En cualquier caso, el panorama que se dibuja en esta obra es desolador:
“Escasísimo fue el número de los libros impresos recogidos por la Comisión de Monumentos, y más insignificante el de manuscritos, allí donde tantos notables códices se conservaban en sus archivos, unos ilustrados con miniaturas de gran mérito, y otros que contenían importantes crónicas, o datos referentes a la vida religiosa y política y al estado social de los pueblos en la Edad Media. En el local del ex-beaterio de las Catalinas (sede de la Biblioteca Provincial) no entró uno solo de esos preciosos objetos que merezca llamar la atención de los bibliófilos. Algunos de los códices debieron ir a enriquecer las colecciones diplomáticas de las grandes bibliotecas y museos del extranjero, y causa rubor el confesar que, para los estudios históricos en nuestra patria se hayan perdido, la mayor parte por verdadero abandono, y otra no pequeña fuese a parar a manos de traficantes anticuarios”.

En los artículos y libros de Ramón Álvarez de la Braña no he encontrado la menor alusión, directa o indirecta, al códice de Tábara. Nada sabemos sobre su procedencia, ni sobre la forma en la que se hizo con él. Es evidente que hubo un interés por ocultar esta cuestión, tanto por el propio Braña, como por los responsables de la Escuela de Diplomática. Los primeros autores que examinaron el libro tampoco se hicieron demasiadas preguntas sobre su paradero anterior.

Sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática de Madrid. Beato de Tábara. AHN fol. 29v.
4. Otras referencias bibliográficas al códice durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática

El Beato de Tábara suscitó la curiosidad de varios investigadores durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática, y ello se debió a motivos de lo más diverso. Uno de ellos fue Francisco Javier Simonet, autor de la “Historia de los mozárabes de España”.
Estamos ante una monografía muy conocida, de la que existen varias ediciones. La primera se fecha entre 1897 y 1903, pero según se advierte en la introducción, el autor tenía finalizados los trabajos en el año 1867. Por diversas razones, la edición se retrasó, lo cual permitió al propio Simonet “retocarla, ampliarla y ponerla al día en vista de los trabajos que sobre su materia iban saliendo a la luz”. El arabista e historiador murió en 1897 sin ver su libro publicado. Finalmente, el texto fue corregido por su amigo, “el joven granadino” Manuel Gómez-Moreno, y dado a la imprenta por la Real Academia de la Historia.
El interés de Simonet por el códice de Tábara venía motivado por el estudio de las glosas márginales en árabe que aparecen en varios de sus folios. En base a ellas, consideró el manuscrito como “mozárabe” pero, sorprendentemente, no llegó a identificarlo como un Beato:

“En 968, se escribió un códice muy curioso que debemos contar entre los mozárabes por varias señales que se notan en él. Este códice en folio, de pergamino y letra gótica antigua, escrito en la Era MVIª (año 968), contiene; 1º Sancti Hieronimi explanatio in Apocalymsim. 2º In nomine Domini nsi. Jesu Christi Incipit explanatio Danielis Profetae ab auctore beato Iheronimo. Contienen varias viñetas muy singulares y una portada arabesca formando un arco de herradura; y lo que interesa a nuestro propósito, en las márgenes de la Explanación de Daniel, varias frases y palabras escritas en carácter arábigo antiguo, y trazado por mano experta, como “Medita acerca de esta diversidad en los números”; “Porque en ello está el reposo de las obras”. Este códice existe hoy en el Archivo de la Escuela Superior de Diplomática, donde hemos tenido la satisfacción de examinarlo”. A continuación, añade en nota a pie de página: “Nos lo facilitó nuestro ilustrado amigo el paleógrafo y profesor auxiliar de aquella Escuela Sr. Goicoechea, ya difunto”.

Su descripción resulta muy interesante por varios motivos. Considera el códice, no como un Beato, sino como un ejemplar compuesto por dos obras de San Jerónimo: el Comentario al libro del Apocalipsis y el Comentario al libro de Daniel. El hecho de no citar la obra de Muñoz y Rivero “Paleografía visigoda”, hace sospechar que Simonet pudo consultar al códice con anterioridad a 1881, desde luego antes de 1886 cuando muere Goicoechea. Este personaje debe identificarse con Manuel de Goicoechea y Gaviña, profesor, efectivamente, en la Escuela Superior de Diplomática. Fue nombrado en comisión para la segunda plaza de Ayudante de la Escuela en 1856 y en 1857 era también oficial de la biblioteca de la Real Academia de la Historia. En 1864 fue nombrado Catedrático supernumerario y en 1875 fue destinado al Archivo Histórico Nacional.
Simonet vuelve sobre el manuscrito en el apartado bibliográfico, y de nuevo lo registra como un ejemplar que reproduce dos obras de San Jerónimo: “Jerónimo (San). Explanatio in Apocalypsim. Explanatio Danielis Profetae. Códice de la Escuela Superior de Diplomática”. Esta catalogación resulta muy significativa, pues es muy parecida a la que se hizo en el siglo XVIII del Beato de Guadalupe, según constaba en el catálogo de la Biblioteca del monasterio de 1770: “S. Hieronymi P.N. In Apocalypsim, et Danielem Explanatio, manuc. In pergamino. T. 1 F”.
Este dato, no valorado hasta ahora, vendría a otorgar nuevos argumentos a una de las explicaciones que se han venido ofreciendo sobre la procedencia del Beato de Tábara: el monasterio jerónimo de Santa María de Guadalupe. Fue Gregorio de Andrés quien aportó los datos y la documentación que apuntaban en esta dirección, pues en ambos Beatos se consignaba la participación del copista Emeterio. Ambrosio de Morales fue el primero en examinar este libro en el siglo XVI. Su suerte durante el siglo XIX es incierta. Se supone que saldría del monasterio como consecuencia de la Desamortización, a partir de 1835. Tal vez, cuando Simonet examinó el manuscrito en la Escuela de Diplomática aún conservaba en su encuadernación o en alguno de sus folios la atribución de la autoría a San Jerónimo.
J. SIMONET - Historia de los Mozárabes de España, 1997-1903
Otra de las personas que debió consultar el códice tabarense por estos años fue Máximo Fuertes Acebedo. En 1885 publica su obra “Bosquejo acerca del estado que alcanzó en todas épocas la literatura en Asturias, seguido de una extensa bibliografía de los escritores asturianos”. El erudito ovetense dedica una entrada a las obras de Beato de Liébana, y entre las copias que cita se refiere a la nuestra de la siguiente manera: “Otro códice también del siglo X, se conserva en la Escuela Superior de Diplomacia, escrito en vitela a dos columnas y con preciosas iluminaciones”.
Hay que destacar que por primera vez se hace referencia a este manuscrito como un Beato, pero sorprende también que se destaque como algo relevante la calidad de sus miniaturas. En la actualidad, uno de los aspectos más llamativos del códice es, precisamente, la salvaje mutilación de sus folios y la desaparición de la mayoría de sus ilustraciones.
Entre los años 1891 y 1898 Konrad Miller publica los seis fascículos de sus “Mappae Mundi”. El correspondiente al año 1895 se ocupa de los mapas de los Beatos y en él registra el manuscrito de Tábara, que sitúa en la Escuela Superior de Diplomática. En lo esencial sigue a Muñoz y Rivero y Fuertes Acevedo, pero añade una relación muy completa de los Beatos entonces identificados.

4. El Códice en el Archivo Histórico Nacional

H.L. Ramsay incluye el Beato de Tábara en su artículo “Manuscripts of the Commentary of Beatus of Liebana on the Apocalypse”, publicado en la “Revue des Bibliothèques” del año 1902. Nada nuevo aporta en este caso para el conocimiento del códice. Sigue las noticias proporcionadas por Muñoz y Rivero, y considera, como ya hizo Flórez, el ejemplar tabarense como modelo del Beato de las Huelgas. Al reproducir los datos de Muñoz y Rivero, sigue dando nuestro Beato como perteneciente a la biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, a pesar de que en 1900 esta institución estaba ya extinguida.
El ingreso efectivo en el Archivo Histórico Nacional debió producirse en torno a este año de 1900, durante la dirección de Vicente Vignau y Ballester (1896-1908). Vignau tuvo que conocer nuestro Beato con anterioridad, pues fue miembro fundador de la “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, catedrático de la asignatura de Latín Medieval y de Gramática en la Escuela Superior de Diplomática y su secretario hasta 1881.
Un nuevo hito en el conocimiento de nuestro códice se produce en el año 1906 con el artículo de Antonio Blázquez “Los manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de S. Juan por San Beato de Liébana”. Hasta donde he podido averiguar, es aquí donde por primera vez se hace alusión a la famosa miniatura de la torre
El autor sitúa inequívocamente el ejemplar en el Archivo Histórico Nacional. Además, basándose en una lectura muy particular del colofón, sugiere que el propio Beato de Liébana habría sido enterrado en el claustro del monasterio tabarés, y no en Valcabado como algún otro autor había propuesto con anterioridad: “por lo cual puede llamarle verdaderamente Beato, aludiendo a que lo era dos veces, por ser éste su nombre y por sur virtudes: y, en este caso, de ser cierta esta interpretación, habrá que buscarlo en ese olvidado monasterio, en cuya torre bizantina doblaron las campanas al abandonar esta vida para siempre; torre que aparece dibujada con primor en el manuscrito mencionado”.

Sello de tinta del Archivo Histórico Nacional. Beato de Tábara. AHN, fol. 1v.
La descripción de Blázquez revela un minucioso reconocimiento del códice en el estado en el que se encontraba entonces (1906) en el Archivo Histórico Nacional. Varias son las informaciones de interés que se pueden extraer de este artículo. Por ejemplo, los dos folios con las genealogías se encontraban al final del volumen y no al principio como actualmente se exhiben. Esta disposición se corrobora con algunas fotografías antiguas existentes y las descripciones de los años 20 y 30.
Por tanto, tal y como apuntó en su momento Carmen Crespo, el folio con la omega final y la miniatura de la torre no era el último del manuscrito. También hay que aclarar un malentendido que se ha repetido con insistencia, en el sentido de que este folio estaba invertido. El testimonio de Blázquez deja claro que la omega con el colofón era el recto del folio y la miniatura el vuelto. Por último, Blázquez recuerda la primera exposición en la que compareció nuestro manuscrito: la Exposición Cartográfica de Amberes, si bien se exhibió solamente una copia de alguno de los folios:

“Ejemplar del Monasterio de Tabarés, hoy en el archivo histórico. Año 970: VI kalendas augustas hora VIIII. Al final tiene las siguientes indicaciones relativas a la fecha y personas que le escribieron [...] Al dorso de este folio hay una lámina en colores, representando la torre del Monasterio, la habitación destinada a escritorio y a Emeterio copiando el pergamino, y en hoja posterior un mapamundi de pequeñas dimensiones, de forma circular [...] En la exposición cartográfica de Amberes se presentó una copia, haciéndose la afirmación de que los ejemplares de Gerona, Turín y París eran reproducciones de este mapa; pero tal afirmación es completamente inexacta, pues sólo coinciden con él en ser mapas mundi”.
Mapamundi del Beato de Tábara, según dibujo de Antonio Blázquez, 1906
Antonio Blázquez, volvió este mismo año de 1906 sobre los Beatos, pero esta vez se centró específicamente en la comparación de los distintos mapamundis presentes en ellos. Del mapa del códice de Tábara destaca “que es un dibujo que casi no se puede llamar mapa-mundi, pues está constituido por un doble circulo morado y amarillo en el que aparece Asia ocupando la mitad superior, Europa la cuarta parte de la inferior y África el resto, separadas por espacios o fajas de igual anchura. En el extremo inferior de Europa hay la palabra septentrion y en el de África meridie. En tamaño mayor aparece escrito oriens sobre el Asia y fuera del mapa en el lado opuesto occidens”. De todo ello dejó constancia con un dibujo que, tal vez, es del mismo tenor al exhibido en la Exposición Cartográfica de Amberes”.

Llegamos al año 1908 y a la monografía de Juan Menéndez Pidal sobre los restos y memorias del monasterio de San Pedro de Cardeña. El texto está extraído del tomo XIX de la “Revue Hispanique”. En relación con la antigua torre prerrománica del monasterio burgalés, dedica este autor un amplio comentario a la miniatura de la torre de Tábara, con la que encuentra importantes analogías. Incluye, además, una lámina con una reproducción de la miniatura que resulta ser un dibujo interpretativo y en parte reconstructivo de sus elementos principales. Es un dibujo distinto, aunque en la misma línea al que incluirá más tarde Gómez-Moreno en sus “Iglesias Mozárabes”. Esta lámina corresponde en este momento al folio 163v., y no al 167v como ocurre en la actualidad, pues todavía no se había producido la reencuadernación que dejó este folio como folio final.
Miniatura de la Torre de Tábara según dibujo de Juan Menéndez Pidal, 1908.
Manuel Gómez-Moreno debió tener un conocimiento tardío de la existencia del Beato de Tábara, y por ello no fue citado en su “Catálogo Monumental de la Provincia de Zamora”. En el texto hay un apartado dedicado a la iglesia románica de Santa María de Tábara, donde incluyó la lectura de sus epígrafes y noticias sobre la fundación del primitivo monasterio por San Froilán, pero ninguna información sobre el Beato ni sus miniaturas.
El texto del catálogo fue publicado en el año 1927, pero los estudios y viajes del arqueólogo granadino por la provincia corresponden a los años 1903 a 1905. Poco antes corregía las pruebas de la “Historia de los mozárabes” de Simonet, donde tuvo que haber leído sus impresiones sobre el manuscrito de la Escuela Superior de Diplomática, pero al identificarlo como una obra de San Jerónimo tal vez no le prestó la debida atención.
Será en el año 1913 cuando aparezca en el “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones” su artículo “De Arqueología mozárabe”. El erudito granadino describe brevemente la miniatura de la torre: “Los monasterios de San Froila es verosímil que fuesen arruinados por las tropas de Almanzor en 981, entre el centenar de iglesias y pueblos de los contornos zamoranos que entonces cayó; pero del de Távara nos queda el interesante dibujo, hecho por Emeterio en 970, de su torre, alta et lapídea, con arcos de herradura en varios pisos a que se subía por escaleras de mano; un andén de madera vuela en lo alto, y hay campanas dispuestas sobre el tejado en soportes ligeros”.
Es en 1919, en su obra “Iglesias mozárabes”, donde suministra la información, ya citada, de que el manuscrito “fue comprado para la extinguida Escuela diplomática a D. Ramón Álvarez de la Braña”. No incluyó fotografías de sus folios, pero sí un calco de la miniatura de la torre con un comentario sobre la misma. Otras de las cuestiones destacadas son los frecuentes escolios en árabe, “probando mozarabismo en aquellos monjes que lo utilizaron”.
Torre del monasterio de San Salvador de Tábara - Calco según Gómez Moreno "Iglesias mozárabes", 1919.
Nota con el número de registro de la restauración del Beato de Tábara en 1974 por el Servicio Nacional de Restauración de Libros y Documentos. AHN, tapa de la nueva encuadernación.
Beato de Tábara. Omega y colofón. AHN, fol. 167r.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Jornadas medievales - La Tebaida berciana






Entrevista a Rafael González Rodríguez

Enlace a BierzoTV http://www.bierzotv.com/rafael-gonzalez-el-valor-historico-y-patrimonial-de-la-cruz-de-penalba-es-muy-grande/

Se conoce como "Tebaida leonesa", también denominada "Tebaida berciana", a una zona declarada «paisaje pintoresco», según el Real Decreto 1244/1969, posteriormente reconocida como Bien de Interés Cultural, situada en el municipio español de Ponferrada, comarca del Bierzo, provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León. Dicha zona abarca los términos de las Entidades Menores de San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba y en ella se establecieron, a partir del siglo IV, numerosos de los primeros ermitaños cristianos buscando el retiro para dedicarse a la oración y la meditación.El nombre «Tebaida» proviene de la comparación con la zona geográfica del Alto Egipto donde, junto con Siria y Capadocia, surgió la tradición cenobítica oriental.

Los días 3, 4 y 5 de noviembre de 2016 se celebraron en la sede de la UNED de Ponferrada unas Jornadas Medievales sobre la Tebaida Berciana. Sirvieron también como homenaje a las profesoras Doña Mercedes Durany Castrillo y Doña María del Carmen Rodríguez González.

Programa

Jueves, 3 de noviembre
Presidentes de Mesa: D. Antolín de Cela y D. Miguel J. García González
17:00 h. Apertura de las Jornadas.
17:30 h. Ponencia inaugural: De San Fructuoso a San Genadio: entre monjes y eremitas. Drª. D.ª Gregoria Cavero Domínguez (Profesora Titular Universidad de León). Enlace a la conferencia
18:15 h. La transición del Bierzo tardoantiguo  al altomedieval (ss. VII-IX). D. Manuel Carriedo Tejedo (Investigador medievalista). Enlace a la conferencia
Descanso
19:15 h. La 'Tebaida berciana'. Origen y desarrollo del monacato en el noroeste peninsular. Dr. D. Isidro García Tato (Científico titular del Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento” del CSIC en Santiago de Compostela). Enlace a la conferencia
20:00 h. Fundamentos históricos y espirituales de la 'Tebaida berciana'. Dr. D. Juan Antonio Testón Turiel (Profesor del Instituto Teológico Compostelano y del Plan Regional de Estudios Monásticos de la Orden Cisterciense). Enlace a la conferencia
Viernes, 4 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Vicente Fernández Vázquez
16:30 h. Las ermitas de la Valdueza. D. Diego J. Rodríguez Cubero (Documentalista e Historiador). Enlace a la conferencia
17:15 h. Nobleza y monasterios bercianos. Dr. D. José Ignacio González (Historiador y Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
Descanso
18:30 h. La imagen de los eremitas del Bierzo y en el Bierzo y sus periferias. D. Miguel Ángel González (Director del Archivo Histórico Diocesano de Ourense y del Museo Catedralicio de Ourense). Enlace a la conferencia
19:15 h. Por cuevas y rocas. La 'Thebaida berciana', un territorio monástico, de San Fructuoso a San Genadio SS. VII-IX. Dr. Artemio Martínez Tejera (Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
20:00 h. Un proyecto de investigación interdisciplinar para la 'Thebaida berciana': Edilicia, territorio y organización social en San Pedro de Montes (a. 635-1300). Dr. Jorge López Quiroga (Director del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Dr. Artemio M. Martínez Tejera (Miembro del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
Sábado, 5 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Miguel J. García González
10:00 h. La Cruz de Peñalba. D. Rafael González Rodríguez (Historiador y profesor E. S.). Enlace a la conferencia
10:45 h. La 'Tebaida berciana': acotación y delimitación para los tiempos actuales. D. Vicente Fernández Vázquez (Historiador y  Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
11:30 h. Clausura de las Jornadas.
12:00 h. Visita al corazón de la Tebaida berciana: San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba.

jueves, 31 de marzo de 2016

Praetioso marmore - En precioso mármol

Sarcófago de Itacio en la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto de la catedral de Oviedo
Una de las piezas más relevantes de la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto, en la catedral de Oviedo, es un viejo sarcófago con una lauda o tapa de mármol profusamente decorada.
Se trata, en realidad, del único vestigio que se conserva del primitivo panteón de los reyes de Asturias. Perteneció, por tanto, a la iglesia prerrománica de Santa María, fundada por Alfonso II (791-842). Este templo estaba anexo a la catedral gótica de San Salvador y fue derruido a principios del siglo XVIII para edificar la actual capilla barroca.
La pieza es conocida como el "Sarcófago de Itacio" o "Ithacius", en alusión al ignoto personaje para el que originariamente fue confeccionado. Es un mármol blanco, de grano fino, con un sutil vetado marrón-rojizo. Su bello epitafio se desarrolla en dos líneas resaltadas que corren por la parte central:

INCLVSI TENERVM PRAETIOSO MARMORE CORPVS
AETERNAM IN SEDE NOMINIS ITHACII

Su traducción podría ser: “Encerré en precioso mármol para la mansión eterna el tierno cuerpo de nombre Itacio”.
Ambrosio de Morales quiso ver en esta pieza la sepultura de doña Jimena, mujer de Alfonso III, “que muriendo antes que el rey su marido, él le hizo hacer tan rica sepultura”. Otras tradiciones, sin base documental alguna, indican que procedería de Zamora y habría servido para contener los restos del propio rey, fallecido en la ciudad del Duero en el año 910.
El sarcófago de Itacio es uno de tantos vestigios de la Antigüedad reaprovechados por los hombres del Medievo, en este caso con fines funerarios. Ha venido interpretándose como una lauda paleocristiana, visigoda o bizantina de los siglos V o VI. A falta de otros datos, su datación y procedencia se ha basado en criterios estrictamente tipológicos. Para la mayoría de los autores sería una pieza importada, y se han sugerido los talleres de Aquitania o de Rávena como posibles centros de producción.
Sin embargo, un reciente estudio realizado por parte de técnicos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid apunta a las canteras de Estremoz (Portugal) como origen de la materia prima para su confección. La clave está en su composición, verificada a partir de la toma de muestras y el análisis petrográfico.
Así pues, se trataría de una pieza netamente hispana, que habría que relacionar con otros sarcófagos y otros muchos elementos de mármol romanos y visigodos de la región de Mérida. Los resultados de esta investigación deberían obligar a revisar las clasificaciones de otros sarcófagos y relieves bajoimperiales tenidos habitualmente por importados, y replantear la posible existencia de talleres locales en la Península Ibérica capaces de producir obras de gran calidad.
Para el anónimo artífice de nuestro sarcófago el mármol era un material sublime, precioso: "praetioso marmore", digno de servir de relicario al querido cuerpo de Itacio. Su hermoso epitafio invita a hacer una reflexión sobre el papel desempeñado por este peculiar material en la arquitectura altomedieval y también sobre sus connotaciones ideológicas como parte de un programa político de reafirmación y legitimación del poder, tanto en los reinos cristianos como en al-Andalus.
El mármol tuvo un protagonismo destacado en la edilicia de la monarquía astur. Y no sólo como elemento constructivo, sino también como parte esencial de la decoración de templos y palacios. Esto es evidente a la vista de los edificios hoy conservados, pero también era resaltado por los propios contemporáneos, que daban al mármol un tratamiento especial a la hora de valorar la calidad de las edificaciones. La "Crónica Albeldense" dice a propósito de las construcciones de Alfonso II:

"Este construyó en Oviedo el admirable templo de San Salvador y los Doce Apóstoles, de piedra y cal, y la iglesia de Santa María con sus tres altares. También erigió la basílica de San Tirso, admirable edificación, con numerosos ángulos, y todas estas casas del Señor las adornó con arcos y con columnas de mármol, y con oro y plata, con la mayor diligencia y, junto con los regios palacios, las decoró con diversas pinturas".

Como se pone de manifiesto en la decoración de la iglesia de San Julián de los Prados, muchas de estas pinturas citadas no serían más que la emulación de los revestimientos marmóreos a través de los estucos, y lo mismo ocurría con el revoque de los paramentos exteriores, según se desprende de los pequeños fragmentos conservados en algunos edificios prerrománicos.
Respecto a Ramiro I, encontramos el siguiente pasaje en la Crónica Rotense: "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo".
Sobre el uso del término "marmor" en las crónicas debe hacerse alguna precisión. Probablemente es una denominación genérica que incluye también a otras rocas ornamentales como calizas, pórfidos, alabastros o basaltos, esto es, aquellas rocas susceptibles de un pulido fino para conseguir acabados brillantes y, en ocasiones, translúcidos. En el mundo romano estas piedras eran ya muy apreciadas por su valor suntuario y se agrupaban bajo la denominación de "marmora".
En el reino asturleonés, una gran parte de estos materiales marmóreos fueron reaprovechados de edificios antiguos. Son infinidad los ejemplos que se podrían alegar. Basas, fustes, capiteles, placas, canceles, estelas. relieves, losas, etc., fueron expoliados de los lugares más insospechados, transportados en ocasiones hacia lugares remotos, readaptados, retallados, recortados o mutilados con mayor o menor fortuna, y por último integrados en los nuevos edificios en construcción o restaurados.
En la reutilización de estos elementos constructivos y ornamentales existiría una primera justificación eminentemente práctica. Suponía economizar recursos y dar nuevo uso a unas piezas de gran calidad que proliferarían en las viejas ciudades y villas hispanas. La unidad de estilo y el aspecto tan peculiar y ecléctico que ofrecen muchos de estos edificios altomedievales parecen no haber sido un inconveniente insalvable para los promotores y constructores.
Pero hay que valorar también un componente ideológico perceptible en muchas de estas empresas. Para el Regnum Asturorum, que se presentaba ante sus súbditos como continuador del Reino Visigodo, la recuperación de los mármoles romanos y visigodos y su exhibición en las nuevas basílicas y palacios erigidos bajo los auspicios de la monarquía era una forma de reivindicar el legado histórico de un pasado considerado prestigioso. Era la materialización plástica del proyecto político expresado en las crónicas del neogoticismo, que pretendía restaurar en Oviedo "todo el orden gótico de Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio". Esto explicaría el acarreo y trasiego de piezas antiguas desde lugares muy alejados, incluso desde tierras musulmanas, cuyo esfuerzo y coste económico no se podría entender de otra manera.
El aprovechamiento de las piezas de mármol y el valor implícito que se concedía a estos elementos de la Antigüedad en los círculos de poder aparecen claramente reflejados en la llamada "Acta instaurationis ecclesie beati Iacobide". Se trata de un documento fechado en 899, probablemente interpolado, que da noticia de la consagración de la basílica de Santiago de Compostela por Alfonso III:

"Nosotros, impulsados ciertamente por la inspiración divina, con nuestros súbditos y familia trajimos al santo lugar de España por entre las muchedumbres de los moros las piedras de mármol que sacamos de la ciudad de Eabeca, que nuestros antepasados transportaron por mar en naves y con las que edificaron bellas casas, que permanecían destruidas por los enemigos. Por ello también se restauró con estos mismos mármoles la puerta principal".

Las excavaciones realizadas en la basílica en los años 1945-1955 confirmaron la presencia de restos de mármoles, basaltos y pórfiros de gran calidad, y probablemente importados de lugares lejanos.
De mármol era también el propio sepulcro del Apóstol, según recordaba el autor del "Liber peregrinationis": "Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores, el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones". El edículo sepulcral primitvo estaría probablemente abovedado y decorado con mármoles. En los textos más antiguos relacionados con Santiago de Compostela se utilizan los topónimos "Arce Marmarica" y "Arca Marmarica" para designar el lugar donde yacía el cuerpo de Santiago.
Del testimonio del "Acta" atribuida a Alfonso III se deduce que el mármol podía constituir en determinadas ocasiones parte del botín arrancado al enemigo musulmán en las campañas militares. Esta misma circunstancia se producía en el otro bando, según sabemos por el relato de las campañas de Almanzor. Así en agosto de 988, durante la trigesimoprimera, la de Astorga se nos dice que "acampó ante ella y la destruyó, marchando hacia Córdoba, a donde llevó su mármol. Conquistó muchos castillos y regresó con botín y cautivos".
Rodrigo Jiménez de Rada, en su obra "De rebus Hispaniae", cuenta que Almanzor, una vez ocupada la ciudad de León, “ordenó que fueran demolidas hasta sus cimientos las puertas de la ciudad, que era una hermosa obra de mármol, el fortín central, la muralla de la puerta este y los demás torreones”. Sobre el uso del mármol en las puertas de la muralla de León también habla la "Crónica Najerense". El autor recuerda con gran admiración el pasado romano de la ciudad y alaba la labor constructiva de las legiones acampadas en su solar: "edificaron de sus piedras una ciudad hermosa y compacta entre los ríos Torío y Bernesga, a la que llamaron Legión por esas dos legiones y en sus cuatro puertas, en la oriental, la septentrional, la occidental y la meridional, pusieron piedras de mármol en las que estaban inscritos los nombres de aquéllos que estaban al frente de las legiones en caracteres romanos, en el año desde el comienzo del mundo 5264".
Desde época romana hay ya noticias de la explotación de canteras de mármol en la Península. Según Plinio: "Casi Hispania entera abunda en plomo, hierro, bronce, plata y oro. La provincia Citerior también en lapis specularis. En la Bética hay minio y canteras de mármol". (Plinio, NH. 3, 30).
En época visigoda contamos con una breve noticia proporcionada por Isidoro de Sevilla al afirmar en sus "Etimologías" que "la mina es el lugar al que se deporta a los exiliados para extraer minerales o cortar el mármol en placas". El obispo sevillano detalla en otro apartado de su obra como era el laborioso proceso del corte de la piedra:

"Llámanse crustae a las placas de mármol. Por ello, las paredes revestidas de mármol se califican de "crustadas". No tenemos constancia de quiénes fueron los primeros que concibieron la idea de cortar el mármol en placas. Esto lo hacen con arena y con hierro: con una sierra se va prensando la arena introducida por una delgada cortadura y con el movimiento mismo que se le imprime va cortando el mármol. La arena más gruesa es la que mejor lo sierra, mientras que la más fina es más apropiada para el pulimento".

No disponemos de referencias concretas sobre la explotación de canteras de mármol en los reinos cristianos, pero si en los territorios musulmanes. Mohamed Ben Ibrahim Ben Yahya Anzari Kotobi, geográfo e historiador árabe, cita en su "Enciclopedia de Ciencias Naturales y de Geografía" entre las minas más importantes, las de “Fichtala, entre Granada y Almería, célebre por sus mármoles blancos”. Igualmente señala Kotobi “la importancia y excelente calidad de los mármoles colorados de Bacares, en Almería”.
El mármol blanco de Macael (Almería) fue, sin duda, uno de los más apreciados en la Península desde los tiempos antiguos, pero será durante el Imperio Romano cuando se emplee de forma destacada en los grandes programas constructivos urbanos. De esta procedencia se suelen señalar los capiteles, columnas y mosaicos de Itálica. Los musulmanes mantuvieron el gusto por la particular textura y brillo de esta piedra, empleándola en sus construcciones civiles y religiosas. En Medina-Azahara el mármol de Macael se empleó particularmente en solerías, baños y capiteles, pero también lo encontramos en la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El mármol blanco, cualquiera que fuera su procedencia, tenía una especial significación pues a la nobleza del material se añadía una tonalidad traslúcida y fascinadora que podía representar la pureza y la divinidad. Esto ya se intuye en la lectura de los versos del "Sarcófago de Itacio", pero contamos con algún testimonio más elocuente que incide sobre este extremo.
En las "Cantigas de Santa María" de Alfonso X, encontramos la narración de un milagro ambientado en la ciudad de Siena. El texto, al que dedica un estudio Laura Molina López, relata cómo el obispo de la ciudad mandó construir un púlpito "de mármol, rico y hermoso", desde el cual poder predicar. Con tal fin hizo venir a escultores "a los que encargó que esculpiesen en mármol blanquísimo una imagen de la virgen Santa María que nos ampara, sosteniendo en los brazos a su Hijo precioso. Mandó asimismo figurara en aquel mármol muchas otras escenas e historias, y ocurrió que, en una, aparecía el demonio, al que representaron en una figura muy deforme, como corresponde a su maldad. Pero como el mármol era de un blanco muy limpio, la figura del demonio no parecía tan repelente como si hubiese sido negra". Por este motivo, la Virgen obró el milagro, ennegreciendo la figura del demonio.
En otra de las obras capitales de Alfonso X, "La Partidas", se establecen sanciones para aquellas personas que extraen mármoles o piedras de las viviendas, aunque sean sus propietarios. Su título: "De cómo mármol, ó pila, ó piedra, ó perla ó otra cosa qualquier que sea asentada en la casa non se debe arrancar para venderla".