sábado, 31 de diciembre de 2016

El Beato del monasterio de San Salvador de Tábara - Historia del códice del Archivo Histórico Nacional

Beato de Tábara AHN - Fol. 167v.
El llamado Beato de Tábara es mundialmente conocido por la famosa miniatura de su folio final, en la que aparece representada la torre del monasterio y, junto a ella, dos monjes afanados en la tarea de copiar o iluminar un códice. Hasta tal punto esta ilustración del “scriptorium” tabarense ha tomado protagonismo en los estudios de la miniatura altomedieval que ha eclipsado cualquier otra aproximación al propio manuscrito, por otra parte mutilado hoy hasta el absurdo y reducido a una mínima expresión de lo que realmente fue.
Proponemos en este trabajo un acercamiento a la historia del códice y una revisión de la bibliografía existente sobre el mismo. Sobre esta base se hacen algunas precisiones, creemos de interés; se corrigen ciertos errores y malentendidos, y se ofrecen algunas perspectivas que, tal vez, puedan abrir nuevas líneas de investigación.

1. Primeras referencias bibliográficas

Para buscar las más antiguas referencias en la bibliografía a nuestro códice hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XVIII. Es entonces cuando el padre Flórez acomete la primera edición de los Comentarios al Apocalipsis atribuidos a Beato de Liébana. Como es bien sabido, Flórez manejó principalmente tres códices para cotejar y componer su edición: el Beato de San Andrés del Arroyo, el Beato Emilianense o de San Millán de la Cogolla y el entonces llamado “Codex Burguensis”, hoy más conocido como “Beato de las Huelgas”. Este último ejemplar se custodia actualmente en la Pierpont Morgan Library de Nueva York, pero en 1770, cuando Flórez publica su obra, todavía se encontraba en el monasterio cisterciense de Santa María de las Huelgas (Burgos).
En este último ejemplar, Flórez se topa entonces con su doble suscripción, advierte la no correspondencia cronológica entre su texto y las características del libro, y se plantea ya que el Beato de las Huelgas reproduce el colofón de un manuscrito más antiguo, por entonces desconocido. El erudito agustino transcribió íntegramente dicho colofón y con ello dejó constancia de los primeros datos conocidos sobre el "scriptorium" tabarense. El comentario de Flórez, en su texto latino original,  es el siguiente:

“Codicis ex quo transcriptus aetas constat, nam extrema libri verba e veteri exemplari in nostro excripta declarant, inceptum fuisse Codicem in Tabarensi Monasterio a Presbytero Magio, qui obit Era M.VI (anno 968), et absolutum a quodam ejus discipulo Emterius nomine, sexto Kal. Augustas Era M.VIII (anno 970) Cunque tunc litteare tantum Gothicae in usu essent, nondum transcriptus est diversis characteribus Burgensis Codez; ex quo fateri oportet, notationem predictam ex eo fuisse desumptam Codice ex quo factum exemplat. Hinc annaus ibi expressus, 970, non exemplari nostro, sed Codici Tabarensi tribuendus.

En 1880 Leopold Delisle publica en París sus “Mélanges de Paléographie et de Bibliographie”, donde dedica un amplio capítulo a “Les manuscrits de l’Apocalypse de Beatus conservés à la Bibliothèque Nationale et dans le cabinet de M. Didot”. El director de la Biliothèque Nationale ofrece un estado de la cuestión sobre el estudio de los Beatos hispanos, registra algunos de los ejemplares entonces conocidos y entre ellos vuelve a mencionar, siguiendo a Flórez, al Beato de las Huelgas, al que considera copia de un modelo hecho en Tábara y “destruido probablemente desde hace mucho tiempo”. Así mismo relaciona el códice de Gerona con Tábara e identifica en ambos casos al copista o miniaturista Emeterio.

2. El códice en la Escuela Superior de Diplomática

Como vemos, hasta ahora todas las menciones de nuestro manuscrito son indirectas y basadas en las impresiones de la lectura de una copia tardía de principios del siglo XIII. Pero en 1881 irrumpe el códice original en el panorama bibliográfico con la publicación de la obra de Jesús Muñoz y Rivero "Paleografía Visigoda". Debe recordarse, y este es un dato ciertamente importante, que el autor era en estas fechas archivero bibliotecario y profesor encargado de la asignatura de Paleografía general y crítica en la Escuela Superior de Diplomática de Madrid.
En esta obra, ya clásica en los estudios de Paleografía medieval, Muñoz y Rivero incorpora la transcripción completa del colofón del Beato de Tábara en lo que llama "Ejercicios de lectura paleográfica". La descripción que ofrece es muy escueta: "Facsímil de un códice escrito en los años 968 a 970, que contiene comentarios al Apocalipsis, y que pertenece a la Escuela Superior de Diplomática". A continuación inserta un facsímil del folio 167 recto. Al igual que ocurre con el resto de facsímiles de esta obra, no estamos ante una simple reproducción fotográfica del folio en cuestión, sino ante una copia imitativa hecha caligráficamente por el propio autor, pues el objeto de estas láminas era fundamentalmente didáctico y debían servir de prácticas a los alumnos de Paleografía.
El autor no suministra más datos sobre el origen del códice, aunque agradece en otro apartado de su libro a Juan de Dios de la Rada y Delgado y a Vicente Vignau, director y secretario respectivamente de la Escuela Superior de Diplomática las facilidades proporcionadas en los trabajos de investigación. De los 44 facsímiles, el correspondiente a Tábara es el número 7, y es el único del que se expresa la procedencia de la mencionada Escuela. 
Colofón del Beato de Tábara en la obra de MUÑOZ Y RIVERO, "Paleografía Visigoda", 1881.
La Escuela Superior de Diplomática de Madrid tuvo un papel muy relevante en la formación de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos en la segunda mitad del siglo XIX; una época en la que las llamadas ciencias auxiliares de la Historia (Paleografía, Diplomática, Epigrafía, Numismática, etc.) estaban definiéndose y sistematizándose. Como señala Aurora Godín Gómez, las cátedras de la Escuela fueron inauguras el 21 de noviembre de 1856 en locales de la Biblioteca y Archivo de la Real Academia de la Historia. Las principales asignaturas impartidas eran: Paleografía elemental o general, Paleografía crítica y literaria, Latín, Bibliografía, Historia de España. Arqueología y Numismática.
Entre el profesorado de la escuela encontramos a algunas de las figuras más relevantes de la Paleografía, la Archivística y la Historia de la segunda mitad del siglo XIX, como Antonio Delgado, Vicente Vignau, Jesús Muñoz y Rivero, Ángel Allende Salazar, Eduardo de Hinojosa, etc.
En el reglamento de la Escuela, publicado en 1860, se decía que “tendría una colección de diplomas, un museo arqueológico y numismático y una biblioteca especial para el uso de profesores y alumnos”. Con este fin, se establece que “se consignará anualmente una cantidad” para conservar y enriquecer el material científico, pero parece ser que esta asignación nunca fue regular y resultó siempre insuficiente.
Como advierte Godín Gómez, la mayor parte del material científico fue incorporado gracias a donaciones de alumnos, profesores, personajes influyentes, Ministerio de Fomento, Universidad y otras instituciones. Hubo algunas adquisiciones mediante, compra, pero fueron las menos, dada la escasa asignación adjudicada a la Escuela. Ocasionalmente, también se produjo algún depósito.
En la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla se custodian 192 pergaminos procedentes de la Escuela Superior de Diplomática. Se trata de los diplomas que utilizaban profesores y alumnos como material científico para el aprendizaje en la asignatura de Ejercicios Prácticos. Maite Rodríguez Muriedas registra bulas pontificias, documentos procedentes de monasterios, escrituras, testamentos, censuales, cartas, etc., que abarcan desde el siglo XII hasta el siglo XVIII.
Así pues la adquisición del Beato de Tábara por la Escuela, hay que encuadrarlo en esta necesidad de diplomas y códices que sirvieran de material de trabajo a los profesores y alumnos, principalmente de la asignatura de Paleografía. Según el testimonio de Manuel Gómez Moreno se trató de una compra hecha a Ramón Álvarez de la Braña y, por tanto, una de las pocas compras de las que tenemos noticia.
No sabemos en qué fecha se produjo esta entrada. Nuestro códice exhibe en varios de sus folios el sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática, el cual se estamparía a su ingreso y, teóricamente, quedaría incorporado al catálogo de su biblioteca, pues en dicho sello se puede leer en la parte inferior la palabra “Biblioteca”. Sin embargo, en el catálogo de la misma no figura tal ejemplar, si bien hay que aclarar que en él solamente se consignaron las obras impresas, y no los diplomas y códices que sabemos que la escuela tuvo en propiedad o en custodia.
Sobre la base de la documentación aportada por Carmen Crespo se ha supuesto que el Beato de Tábara estaba ya en 1872 en el Archivo Histórico Nacional. Se trata de una petición del jefe del mismo, Luis Eguilaz, al director de Instrucción pública, fechada a 8 de noviembre de 1872:

“Este Archivo posee una preciosa colección de códices..., no sólo al servicio del público, sino que también llenan un fin importante en la enseñanza de la Escuela de Diplomática, cuyas colecciones y biblioteca se hallan unidas a las de este establecimiento. Figura en ellas un notable códice de la Exposición del Apocalipsis por S. Beato Liebanense escrito en el siglo X..., único de tal fecha que ha podido hasta hoy mostrarse a los alumnos... Para ampliar esos estudios convendría.., tener otro de igual materia y autor..., pero escrito con anterioridad acaso de un siglo..., el cual existe en la Biblioteca de ese Ministerio y me atrevo a rogar a V. I. que con tales fines sea temporalmente y bajo recibo entregado ... hasta tanto que se decida si... podría aspirar a poseerlo definitivamente”.

En realidad, lo que este documento nos muestra es que el Beato se encontraba en 1872 en la Biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, aunque a efectos administrativos los diplomas y códices se consideraban integrados en los fondos del Archivo. Además, la Escuela nunca tuvo un edificio propio y aunque, como recalca Mirella Romero Recio, estableció la primera sede en la Real Academia de la Historia y posteriormente en los Reales Estudios de San Isidro, las clases se repartieron entre la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico y el Museo Arqueológico.
Ramón Álvarez de la Braña (1837-1906), perteneciente al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, Correspondiente de la Academia de la Historia y Director de la Biblioteca Provincial de León, fue figura muy relevante del panorama cultural de la época, y no debió ser un simple vendedor en la operación de la adquisición del Beato por la Escuela. En su calidad de vocal y secretario de la entonces Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León tuvo un conocimiento privilegiado de la situación de los bienes muebles e inmuebles del patrimonio de los monasterios e instituciones eclesiásticas desamortizadas. De hecho, en 1898, cuando el Estado se hace cargo del Museo de León, fue nombrado primer director del mismo. De sus desvelos por la adquisición de piezas para esta institución da cuenta Luis Rodríguez Seoane en 1894:

"Ni debe tampoco omitirse, que el rico Museo arqueológico, establecido en León e instalado en el magnífico edificio de San Marcos, es en gran parte debido a la valiosa cooperación del Sr. Álvarez de la Braña que [...] lo enriqueció con interesantes adquisiciones realizadas en varios puntos del territorio legionense. Puede de esta suerte admirar hoy el erudito viajero, en tan precioso museo, desde los más ricos ejemplares de la civilización visigótica y siglos posteriores de la Edad Media".

Álvarez de la Braña prestó servicios en la clasificación de los pergaminos, códices y demás documentos de la colegiata de San Isidoro, como de otros archivos de la provincia. Igualmente, ordenó y clasificó la biblioteca que dejaron en San Marcos de León los Padres de la Compañía de Jesús, que contaba con unos 6.000 volúmenes. Trabajó en labores de ordenación en el Archivo Municipal, la Catedral y en la Sociedad Económica de Amigos del País.
La relación de Álvarez de la Braña con la Escuela de Diplomática parece que fue siempre muy fluida y cordial. Fue alumno de la Escuela, como recordaría más tarde Luis Rodríguez Seoane, estudios que completó con otros en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central entre 1860 y 1863. En 1869 se hace cargo de la dirección de la Biblioteca Provincial de León, después de un traslado desde la Biblioteca de Menorca.
En 1884 publica la obra titulada “Siglas y abreviaturas latinas”. Al comienzo hay un breve texto escrito en 1876 por Juan de Dios de la Rada Delgado, que fue director de la misma, y trata a Braña como “mi muy querido y antiguo discípulo”. A continuación, en el prólogo, Braña cree prestar un especial servicio a las personas que se dedican a las antigüedades, y añade: “los alumnos de la clase de Epigrafía en la Escuela Superior de Diplomática, carecen de un trabajo de esta clase que pueda servirles de texto”.
En este mismo año de 1884 Álvarez de la Braña publica “Biblioteca Provincial Legionense, su origen y vicisitudes”. Si atendemos al testimonio del autor habría que descartar totalmente que el Beato de Tábara procediera de los fondos de los conventos desamortizados en la provincia, al menos de los fondos que llegaron a ser gestionados por la Comisión de Monumentos. Esto es matizable, pues sabemos que, lamentablemente, muchos libros y manuscritos acabaron en manos privadas, salieron del país, o fueron destruidos con anterioridad. En cualquier caso, el panorama que se dibuja en esta obra es desolador:

“Escasísimo fue el número de los libros impresos recogidos por la Comisión de Monumentos, y más insignificante el de manuscritos, allí donde tantos notables códices se conservaban en sus archivos, unos ilustrados con miniaturas de gran mérito, y otros que contenían importantes crónicas, o datos referentes a la vida religiosa y política y al estado social de los pueblos en la Edad Media. En el local del ex-beaterio de las Catalinas (sede la Biblioteca Provincial) no entró uno solo de esos preciosos objetos que merezca llamar la atención de los bibliófilos. Algunos de los códices debieron ir a enriquecer las colecciones diplomáticas de las grandes bibliotecas y museos del extranjero, y causa rubor el confesar que, para los estudios históricos en nuestra patria se hayan perdido, la mayor parte por verdadero abandono, y otra no pequeña fuese a parar a manos de traficantes anticuarios”.

En 1900 se suprime la Escuela Superior de Diplomática y se agrega a la de la Facultad de Filosofía y Letras, llamada de San Isidro. Su colección numismática pasó al Museo Arqueológico Nacional, y su colección diplomática al Archivo Histórico Nacional.

Sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática de Madrid. Beato de Tábara. AHN fol. 27v.
Otra de la personas que debió consultar el códice tabarense por estos años fue Máximo Fuertes Acebedo. En 1885 publica su obra “Bosquejo acerca del estado que alcanzó en todas épocas la literatura en Asturias, seguido de una extensa bibliografía de los escritores asturianos”. Fuertes Acebedo dedica una entrada a la obra de Beato, y entre los códices que cita se refiere al nuestro de la siguiente manera: “Otro códice también del siglo X, se conserva en la Escuela Superior de Diplomacia, escrito en vitela a dos columnas y con preciosas iluminaciones”. Hay que destacar que por primera vez se hace referencia al manuscrito de la Escuela Superior de Diplomática como un Beato, pero sorprende también que se destaque la calidad de sus miniaturas. En la actualidad, uno de los aspectos más llamativos del códice es la salvaje mutilación de sus folios y la perdida de la mayoría de sus ilustraciones.
Entre los años 1891 y 1898 Konrad Miller publica los seis fascículos de sus “Mappae Mundi”. El correspondiente al año 1895 se ocupa de los mapas de los beatos y en él registra el manuscrito de Tábara, que sitúa en la Escuela Superior de Diplomática. En lo esencial sigue a Muñoz y Rivero y Fuertes Acevedo, pero añade una relación muy completa de los Beatos entonces identificados.
H.L. Ramsay incluye el Beato de Tábara en su artículo “Manuscripts of the Commentary of Beatus of Liebana on the Apocalypse”, publicado en la “Revue des Bibliothèques” del año 1902. Nada nuevo aporta en este caso para el conocimiento del códice. Sigue las noticias proporcionadas por Muñoz y Rivero, y considera, como ya hizo Flórez, el códice como modelo del Beato de las Huelgas. Al reproducir los datos de Muñoz y Rivero sigue dando nuestro Beato como perteneciente a la biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, a pesar de que en 1900 esta institución estaba ya extinguida.

3. El Códice en el Archivo Histórico Nacional

Un nuevo hito en el conocimiento de nuestro códice se produce en el año 1906 con el artículo de Blázquez “Los manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de S. Juan por San Beato de Liébana”. Hasta donde hemos podido averiguar es aquí donde por primera vez se hace alusión a la famosa miniatura de la torre. El autor sitúa inequívocamente el códice en el Archivo Histórico Nacional. Además, basándose en una lectura muy particular del colofón, se sugiere que el propio Beato habría sido enterrado en el claustro del monasterio zamorano, y no en Valcabado como algún otro autor había propuesto con anterioridad: “por lo cual puede llamarle verdaderamente Beato, aludiendo a que lo era dos veces, por ser éste su nombre y por sur virtudes: y, en este caso, de ser cierta esta interpretación, habrá que buscarlo en ese olvidado monasterio, en cuya torre bizantina doblaron las campanas al abandonar esta vida para siempre; torre que aparece dibujada con primor en el manuscrito mencionado”.
Sello de tinta del Archivo Histórico Nacional. Beatode Tábara. AHN, fol. 1v.
La descripción de Blázquez revela un minucioso reconocimiento del códice en el estado en el que se encontraba entonces (1906) en Archivo Histórico Nacional. Varias son las informaciones de interés que se pueden extraer de este artículo. Por ejemplo, los dos folios con las genealogías se encontraban al final del volumen y no al principio como actualmente se exhiben. Esta disposición se corrobora con algunas fotografías antiguas de las que luego nos ocuparemos. Por tanto, el folio con la omega final y la miniatura de la torre no era el último del manuscrito, tal y como apuntó en su momento Carmen Crespo. También hay que aclarar un malentendido que se ha repetido con insistencia, en el sentido de que este folio estaba invertido. El testimonio de Blázquez deja claro que la omega con la suscripción era el recto del folio y la miniatura el vuelto.
Por último, menciona la primera exposición en la que compareció nuestro manuscrito, concretamente en la Exposición Cartográfica de Amberes, si bien se exhibió solamente una copia de alguno de los folios:

“Ejemplar del Monasterio de Tabarés, hoy en el archivo histórico. Año 970: VI kalendas augustas hora VIIII. Al final tiene las siguientes indicaciones relativas a la fecha y personas que le escribieron [...] Al dorso de este folio hay una lámina en colores, representando la torre del Monasterio, la habitación destinada a escritorio y a Emeterio copiando el pergamino, y en hoja posterior un mapamundi de pequeñas dimensiones, de forma circular [...] En la exposición cartográfica de Amberes se presentó una copia, haciéndose la afirmación de que los ejemplares de Gerona, Turín y París eran reproducciones de este mapa; pero tal afirmación es completamente inexacta, pues sólo coinciden con él en ser mapas mundi”.

Llegamos al año 1908 y a la monografía de Juan Menéndez Pidal sobre los restos y memorias del monasterio de San Pedro de Cardeña. El texto está extraído del tomo XIX de la “Revue Hispanique”. En relación con la antigua torre prerrománica del monasterio burgalés, dedica este autor un amplio comentario a la miniatura de la torre de Tábara, con la que encuentra importantes analogías. Incluye, además, una lámina con una reproducción de la miniatura que resulta ser un dibujo interpretativo y en parte reconstructivo de sus elementos principales. Es un dibujo distinto, aunque en la misma línea al que incluirá más tarde Gómez Moreno en sus “Iglesias Mozárabes”.  Esta lámina corresponde en este momento al folio 163v., y no al 167v como ocurre en la actualidad, pues todavía no se había producido la reencuadernación que dejó este folio como folio final.


Torre de Tábara según Juan Menéndez Pidal, "San Pedro de Cardeña. Restos y memorias del antiguo monasterio", 1908.
Manuel Gómez Moreno tuvo un conocimiento tardío de la existencia del Beato de Tábara, y por ello no fue citado en su "Catálogo Monumental de la Provincia  de Zamora". El texto del catálogo fue publicado en el año 1927, pero los estudios y viajes del arqueólogo granadino por la provincia corresponden a los años 1903 a 1905. En el texto hay un apartado dedicado a la iglesia románica de Santa María de Tábara, donde incluyó la lectura de sus epígrafes y noticias sobre la fundación del primitivo monasterio por San Froilán, pero ninguna información sobre el Beato ni sus miniaturas.
Será en el año 1913 cuando aparezca en el “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones” su artículo “De Arqueología mozárabe”, donde describe brevemente la miniatura de la torre: “Los monasterios de San Froila es verosímil que fuesen arruinados por las tropas de Almanzor en 981, entre el centenar de iglesias y pueblos de los contornos zamoranos que entonces cayó; pero del de Távara nos queda el interesante dibujo, hecho por Emeterio en 970, de su torre, alta et lapídea, con arcos de herradura en varios pisos a que se subía por escaleras de mano; un andén de madera vuela en lo alto, y hay campanas dispuestas sobre el tejado en soportes ligeros”.
Es en su obra "Iglesias mozárabes" donde se suministra la información, como ya dijimos, de que el manuscrito "fue comprado para la extinguida Escuela diplomática a D. Ramón Álvarez de la Braña". No incluyó fotografías del manuscrito, pero sí un calco de la miniatura de la torre.

Torre del monasterio de San Salvador de Tábara - Calco según Gómez Moreno "Iglesias mozárabes", 1919.
Nota con el número de registro de la restauración del Beato de Tábara en 1974 por el Servicio Nacional de Restauración de Libros y Documentos. AHN, tapa de la nueva encuadernación.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Jornadas medievales - La Tebaida berciana






Entrevista a Rafael González Rodríguez

Enlace a BierzoTV http://www.bierzotv.com/rafael-gonzalez-el-valor-historico-y-patrimonial-de-la-cruz-de-penalba-es-muy-grande/

Se conoce como "Tebaida leonesa", también denominada "Tebaida berciana", a una zona declarada «paisaje pintoresco», según el Real Decreto 1244/1969, posteriormente reconocida como Bien de Interés Cultural, situada en el municipio español de Ponferrada, comarca del Bierzo, provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León. Dicha zona abarca los términos de las Entidades Menores de San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba y en ella se establecieron, a partir del siglo IV, numerosos de los primeros ermitaños cristianos buscando el retiro para dedicarse a la oración y la meditación.El nombre «Tebaida» proviene de la comparación con la zona geográfica del Alto Egipto donde, junto con Siria y Capadocia, surgió la tradición cenobítica oriental.

Los días 3, 4 y 5 de noviembre de 2016 se celebraron en la sede de la UNED de Ponferrada unas Jornadas Medievales sobre la Tebaida Berciana. Sirvieron también como homenaje a las profesoras Doña Mercedes Durany Castrillo y Doña María del Carmen Rodríguez González.

Programa

Jueves, 3 de noviembre
Presidentes de Mesa: D. Antolín de Cela y D. Miguel J. García González
17:00 h. Apertura de las Jornadas.
17:30 h. Ponencia inaugural: De San Fructuoso a San Genadio: entre monjes y eremitas. Drª. D.ª Gregoria Cavero Domínguez (Profesora Titular Universidad de León). Enlace a la conferencia
18:15 h. La transición del Bierzo tardoantiguo  al altomedieval (ss. VII-IX). D. Manuel Carriedo Tejedo (Investigador medievalista). Enlace a la conferencia
Descanso
19:15 h. La 'Tebaida berciana'. Origen y desarrollo del monacato en el noroeste peninsular. Dr. D. Isidro García Tato (Científico titular del Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento” del CSIC en Santiago de Compostela). Enlace a la conferencia
20:00 h. Fundamentos históricos y espirituales de la 'Tebaida berciana'. Dr. D. Juan Antonio Testón Turiel (Profesor del Instituto Teológico Compostelano y del Plan Regional de Estudios Monásticos de la Orden Cisterciense). Enlace a la conferencia
Viernes, 4 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Vicente Fernández Vázquez
16:30 h. Las ermitas de la Valdueza. D. Diego J. Rodríguez Cubero (Documentalista e Historiador). Enlace a la conferencia
17:15 h. Nobleza y monasterios bercianos. Dr. D. José Ignacio González (Historiador y Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
Descanso
18:30 h. La imagen de los eremitas del Bierzo y en el Bierzo y sus periferias. D. Miguel Ángel González (Director del Archivo Histórico Diocesano de Ourense y del Museo Catedralicio de Ourense). Enlace a la conferencia
19:15 h. Por cuevas y rocas. La 'Thebaida berciana', un territorio monástico, de San Fructuoso a San Genadio SS. VII-IX. Dr. Artemio Martínez Tejera (Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
20:00 h. Un proyecto de investigación interdisciplinar para la 'Thebaida berciana': Edilicia, territorio y organización social en San Pedro de Montes (a. 635-1300). Dr. Jorge López Quiroga (Director del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Dr. Artemio M. Martínez Tejera (Miembro del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
Sábado, 5 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Miguel J. García González
10:00 h. La Cruz de Peñalba. D. Rafael González Rodríguez (Historiador y profesor E. S.). Enlace a la conferencia
10:45 h. La 'Tebaida berciana': acotación y delimitación para los tiempos actuales. D. Vicente Fernández Vázquez (Historiador y  Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
11:30 h. Clausura de las Jornadas.
12:00 h. Visita al corazón de la Tebaida berciana: San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba.

jueves, 31 de marzo de 2016

Praetioso marmore - En precioso mármol

Sarcófago de Itacio en la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto de la catedral de Oviedo
Una de las piezas más relevantes de la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto, en la catedral de Oviedo, es un viejo sarcófago con una lauda o tapa de mármol profusamente decorada.
Se trata, en realidad, del único vestigio que se conserva del primitivo panteón de los reyes de Asturias. Perteneció, por tanto, a la iglesia prerrománica de Santa María, fundada por Alfonso II (791-842). Este templo estaba anexo a la catedral gótica de San Salvador y fue derruido a principios del siglo XVIII para edificar la actual capilla barroca.
La pieza es conocida como el "Sarcófago de Itacio" o "Ithacius", en alusión al ignoto personaje para el que originariamente fue confeccionado. Es un mármol blanco, de grano fino, con un sutil vetado marrón-rojizo. Su bello epitafio se desarrolla en dos líneas resaltadas que corren por la parte central:

INCLVSI TENERVM PRAETIOSO MARMORE CORPVS
AETERNAM IN SEDE NOMINIS ITHACII

Su traducción podría ser: “Encerré en precioso mármol para la mansión eterna el tierno cuerpo de nombre Itacio”.
Ambrosio de Morales quiso ver en esta pieza la sepultura de doña Jimena, mujer de Alfonso III, “que muriendo antes que el rey su marido, él le hizo hacer tan rica sepultura”. Otras tradiciones, sin base documental alguna, indican que procedería de Zamora y habría servido para contener los restos del propio rey.
El sarcófago de Itacio es uno de tantos vestigios de la Antigüedad reaprovechados por los hombres del Medievo, en este caso con fines funerarios. Ha venido interpretándose como una lauda paleocristiana, visigoda o bizantina de los siglos V o VI. A falta de otros datos, su datación y procedencia se ha basado en criterios estrictamente tipológicos. Para la mayoría de los autores sería una pieza importada, y se han sugerido los talleres de Aquitania o de Rávena como posibles centros de producción.
Sin embargo, un reciente estudio realizado por parte de técnicos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid apunta a las canteras de Estremoz (Portugal) como origen de la materia prima para su confección. La clave está en su composición, verificada a partir de la toma de muestras y el análisis petrográfico.
Así pues, se trataría de una pieza netamente hispana, que habría que relacionar con otros sarcófagos y otros muchos elementos de mármol romanos y visigodos de la región de Mérida. Los resultados de esta investigación deberían obligar a revisar las clasificaciones de otros sarcófagos y relieves bajoimperiales tenidos habitualmente por importados, y replantear la posible existencia de talleres locales en la Península Ibérica capaces de producir obras de gran calidad.
Para el anónimo artífice de nuestro sarcófago el mármol era un material sublime, precioso: "praetioso marmore", digno de servir de relicario al querido cuerpo de Itacio. Su hermoso epitafio invita a hacer una reflexión sobre el papel desempeñado por este peculiar material en la arquitectura altomedieval y también sobre sus connotaciones ideológicas como parte de un programa político de reafirmación y legitimación del poder, tanto en los reinos cristianos como en al-Andalus.
El mármol tuvo un protagonismo destacado en la edilicia de la monarquía astur. Y no sólo como elemento constructivo, sino también como parte esencial de la decoración de templos y palacios. Esto es evidente a la vista de los edificios hoy conservados, pero también era resaltado por los propios contemporáneos, que daban al mármol un tratamiento especial a la hora de valorar la calidad de las edificaciones. La "Crónica Albeldense" dice a propósito de las construcciones de Alfonso II:

"Este construyó en Oviedo el admirable templo de San Salvador y los Doce Apóstoles, de piedra y cal, y la iglesia de Santa María con sus tres altares. También erigió la basílica de San Tirso, admirable edificación, con numerosos ángulos, y todas estas casas del Señor las adornó con arcos y con columnas de mármol, y con oro y plata, con la mayor diligencia y, junto con los regios palacios, las decoró con diversas pinturas".

Como se pone de manifiesto en la decoración de la iglesia de San Julián de los Prados, muchas de estas pinturas citadas no serían más que la emulación de los revestimientos marmóreos a través de los estucos, y lo mismo ocurría con el revoque de los paramentos exteriores, según se desprende de los pequeños fragmentos conservados en algunos edificios prerrománicos.
Respecto a Ramiro I, encontramos el siguiente pasaje en la Crónica Rotense: "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo".
Sobre el uso del término "marmor" en las crónicas debe hacerse alguna precisión. Probablemente es una denominación genérica que incluye también a otras rocas ornamentales como calizas, pórfidos, alabastros o basaltos, esto es, aquellas rocas susceptibles de un pulido fino para conseguir acabados brillantes y, en ocasiones, translúcidos. En el mundo romano estas piedras eran ya muy apreciadas por su valor suntuario y se agrupaban bajo la denominación de "marmora".
En el reino asturleonés, una gran parte de estos materiales marmóreos fueron reaprovechados de edificios antiguos. Son infinidad los ejemplos que se podrían alegar. Basas, fustes, capiteles, placas, canceles, estelas. relieves, losas, etc., fueron expoliados de los lugares más insospechados, transportados en ocasiones hacia lugares remotos, readaptados, retallados, recortados o mutilados con mayor o menor fortuna, y por último integrados en los nuevos edificios en construcción o restaurados.
En la reutilización de estos elementos constructivos y ornamentales existiría una primera justificación eminentemente práctica. Suponía economizar recursos y dar nuevo uso a unas piezas de gran calidad que proliferarían en las viejas ciudades y villas hispanas. La unidad de estilo y el aspecto tan peculiar y ecléctico que ofrecen muchos de estos edificios altomedievales parecen no haber sido un inconveniente insalvable para los promotores y constructores.
Pero hay que valorar también un componente ideológico perceptible en muchas de estas empresas. Para el Regnum Asturorum, que se presentaba ante sus súbditos como continuador del Reino Visigodo, la recuperación de los mármoles romanos y visigodos y su exhibición en las nuevas basílicas y palacios erigidos bajo los auspicios de la monarquía era una forma de reivindicar el legado histórico de un pasado considerado prestigioso. Era la materialización plástica del proyecto político expresado en las crónicas del neogoticismo, que pretendía restaurar en Oviedo "todo el orden gótico de Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio". Esto explicaría el acarreo y trasiego de piezas antiguas desde lugares muy alejados, incluso desde tierras musulmanas, cuyo esfuerzo y coste económico no se podría entender de otra manera.
El aprovechamiento de las piezas de mármol y el valor implícito que se concedía a estos elementos de la Antigüedad en los círculos de poder aparecen claramente reflejados en la llamada "Acta instaurationis ecclesie beati Iacobide". Se trata de un documento fechado en 899, probablemente interpolado, que da noticia de la consagración de la basílica de Santiago de Compostela por Alfonso III:

"Nosotros, impulsados ciertamente por la inspiración divina, con nuestros súbditos y familia trajimos al santo lugar de España por entre las muchedumbres de los moros las piedras de mármol que sacamos de la ciudad de Eabeca, que nuestros antepasados transportaron por mar en naves y con las que edificaron bellas casas, que permanecían destruidas por los enemigos. Por ello también se restauró con estos mismos mármoles la puerta principal".

Las excavaciones realizadas en la basílica en los años 1945-1955 confirmaron la presencia de restos de mármoles, basaltos y pórfiros de gran calidad, y probablemente importados de lugares lejanos.
De mármol era también el propio sepulcro del Apóstol, según recordaba el autor del "Liber peregrinationis": "Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores, el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones". El edículo sepulcral primitvo estaría probablemente abovedado y decorado con mármoles. En los textos más antiguos relacionados con Santiago de Compostela se utilizan los topónimos "Arce Marmarica" y "Arca Marmarica" para designar el lugar donde yacía el cuerpo de Santiago.
Del testimonio del "Acta" atribuida a Alfonso III se deduce que el mármol podía constituir en determinadas ocasiones parte del botín arrancado al enemigo musulmán en las campañas militares. Esta misma circunstancia se producía en el otro bando, según sabemos por el relato de las campañas de Almanzor. Así en agosto de 988, durante la trigesimoprimera, la de Astorga se nos dice que "acampó ante ella y la destruyó, marchando hacia Córdoba, a donde llevó su mármol. Conquistó muchos castillos y regresó con botín y cautivos".
Rodrigo Jiménez de Rada, en su obra "De rebus Hispaniae", cuenta que Almanzor, una vez ocupada la ciudad de León, “ordenó que fueran demolidas hasta sus cimientos las puertas de la ciudad, que era una hermosa obra de mármol, el fortín central, la muralla de la puerta este y los demás torreones”. Sobre el uso del mármol en las puertas de la muralla de León también habla la "Crónica Najerense". El autor recuerda con gran admiración el pasado romano de la ciudad y alaba la labor constructiva de las legiones acampadas en su solar: "edificaron de sus piedras una ciudad hermosa y compacta entre los ríos Torío y Bernesga, a la que llamaron Legión por esas dos legiones y en sus cuatro puertas, en la oriental, la septentrional, la occidental y la meridional, pusieron piedras de mármol en las que estaban inscritos los nombres de aquéllos que estaban al frente de las legiones en caracteres romanos, en el año desde el comienzo del mundo 5264".
Desde época romana hay ya noticias de la explotación de canteras de mármol en la Península. Según Plinio: "Casi Hispania entera abunda en plomo, hierro, bronce, plata y oro. La provincia Citerior también en lapis specularis. En la Bética hay minio y canteras de mármol". (Plinio, NH. 3, 30).
En época visigoda contamos con una breve noticia proporcionada por Isidoro de Sevilla al afirmar en sus "Etimologías" que "la mina es el lugar al que se deporta a los exiliados para extraer minerales o cortar el mármol en placas". El obispo sevillano detalla en otro apartado de su obra como era el laborioso proceso del corte de la piedra:

"Llámanse crustae a las placas de mármol. Por ello, las paredes revestidas de mármol se califican de "crustadas". No tenemos constancia de quiénes fueron los primeros que concibieron la idea de cortar el mármol en placas. Esto lo hacen con arena y con hierro: con una sierra se va prensando la arena introducida por una delgada cortadura y con el movimiento mismo que se le imprime va cortando el mármol. La arena más gruesa es la que mejor lo sierra, mientras que la más fina es más apropiada para el pulimento".

No disponemos de referencias concretas sobre la explotación de canteras de mármol en los reinos cristianos, pero si en los territorios musulmanes. Mohamed Ben Ibrahim Ben Yahya Anzari Kotobi, geográfo e historiador árabe, cita en su "Enciclopedia de Ciencias Naturales y de Geografía" entre las minas más importantes, las de “Fichtala, entre Granada y Almería, célebre por sus mármoles blancos”. Igualmente señala Kotobi “la importancia y excelente calidad de los mármoles colorados de Bacares, en Almería”.
El mármol blanco de Macael (Almería) fue, sin duda, uno de los más apreciados en la Península desde los tiempos antiguos, pero será durante el Imperio Romano cuando se emplee de forma destacada en los grandes programas constructivos urbanos. De esta procedencia se suelen señalar los capiteles, columnas y mosaicos de Itálica. Los musulmanes mantuvieron el gusto por la particular textura y brillo de esta piedra, empleándola en sus construcciones civiles y religiosas. En Medina-Azahara el mármol de Macael se empleó particularmente en solerías, baños y capiteles, pero también lo encontramos en la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El mármol blanco, cualquiera que fuera su procedencia, tenía una especial significación pues a la nobleza del material se añadía una tonalidad traslúcida y fascinadora que podía representar la pureza y la divinidad. Esto ya se intuye en la lectura de los versos del "Sarcófago de Itacio", pero contamos con algún testimonio más elocuente que incide sobre este extremo.
En las "Cantigas de Santa María" de Alfonso X, encontramos la narración de un milagro ambientado en la ciudad de Siena. El texto, al que dedica un estudio Laura Molina López, relata cómo el obispo de la ciudad mandó construir un púlpito "de mármol, rico y hermoso", desde el cual poder predicar. Con tal fin hizo venir a escultores "a los que encargó que esculpiesen en mármol blanquísimo una imagen de la virgen Santa María que nos ampara, sosteniendo en los brazos a su Hijo precioso. Mandó asimismo figurara en aquel mármol muchas otras escenas e historias, y ocurrió que, en una, aparecía el demonio, al que representaron en una figura muy deforme, como corresponde a su maldad. Pero como el mármol era de un blanco muy limpio, la figura del demonio no parecía tan repelente como si hubiese sido negra". Por este motivo, la Virgen obró el milagro, ennegreciendo la figura del demonio.
En otra de las obras capitales de Alfonso X, "La Partidas", se establecen sanciones para aquellas personas que extraen mármoles o piedras de las viviendas, aunque sean sus propietarios. Su título: "De cómo mármol, ó pila, ó piedra, ó perla ó otra cosa qualquier que sea asentada en la casa non se debe arrancar para venderla".

lunes, 22 de febrero de 2016

Perejón, un bufón del Conde de Benavente en la corte de Felipe II

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm. Museo del Prado (Detalle del rostro)
El Museo del Prado de Madrid exhibe en sus salas 55 y 56, en la zona central de la planta baja, un magnífico conjunto de pinturas cuyo nexo de unión es la familia de Felipe II. Todos ellos corresponden a la segunda mitad del siglo XVI o principios del XVII. Representan a las esposas, hijos, tías, sobrinos, nuera, etc., del césar de aquel imperio en el que nunca se ponía el Sol. Fueron inmortalizados por los grandes pintores del momento, como Antonio Moro, Sofonisba Anguissola, Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz.
En esta colección de figuras relevantes de la España de los Austrias nos topamos con un intruso, alguien que no comparte lazos familiares con el monarca, aunque sí proximidad física a la corte. Se trata de un retrato, de cuerpo entero, salido de los pinceles del gran maestro holandés Antonio Moro (1519-1576). Su título: "Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm".
Nuestro cuadro perteneció al selecto grupo de pinturas que adornaron las estancias del desaparecido Alcázar de Madrid, concretamente en la "pieza segunda de la Casa del Tesoro" según un inventario de 1600, o en las "bóvedas que caen a la Priora-pasillos al pie de la escalera de la galería del Cierzo y la misma escalera". Allí compartía paredes con otras obras importantes de Tiziano, más retratos del propio Antonio Moro y algunas pinturas de El Bosco. Como obra valiosa aparece repetidamente registrada en los inventarios de las colecciones reales. Así en el inventario de bienes de Felipe II leemos: “Otro retrato entero, al ollio, sobre lienço, de Pejerón, loco del conde de Benavente, con calzas y jubón blanco y una baraja de naipes en la mano derecha; que tiene de alto dos baras y quarta y de ancho bara y quarta. Tasado en doze ducados”.
En 1857 se registra en el Real Museo como: "Retrato de cuerpo entero de Pejeron, bufon de los condes de Benavente. Es gafo y contraecho, tiene barba y pelo gris. Lleva una ropilla negra con mangas perdidas, abrochada con botones dorados. Las mangas del jubón, calzas afolladas, y zapatos acuchillados, son blancos. En la mano derecha tiene una baraja francesa, y la izquierda descansa sobre el puño de la espada". En el Catálogo del Museo del Prado lleva el número 1.483.
Desde los tiempos más remotos, reyes y grandes sintieron predilección por rodearse de un universo de personajes singulares o extravagantes: enanos, negros, locos, bobos, bufones o albardanes, truhanes, etc. Los hubo en Persia y Egipto, y luego en Grecia y Roma. En la España de los Austrias esta colección de seres pintorescos se agrupaba bajo la denominación de "hombres o gentes de placer", o como se decía en el siglo XVII: "sabandijas de palacio". Sólo a ellos les estaba permitido el exceso, la broma, la befa, la sinceridad en suma, estrictamente prohibida al resto de los súbditos. En palabras de Fernando Regueras Grande, su discapacidad, física o mental, se convertía así en fuente de subsistencia, cuando no de medro.
Los nobles españoles, a imitación de la realeza, también crearon sus propias cortes a la escala que sus medios económicos permitían. En ellas no faltaban estos personajes. En el siglo XV Fray Íñigo de Mendoza criticaba en uno de sus poemas lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les dá sus vestidos
por cierto más loco queda.

José Moreno Villa llegó a catalogar 123 locos o enanos en la corte española de los Austrias, lo que, haciendo un promedio del periodo, le permitió afirmar que "en la bóveda temporal de siglo y cuarto gastaron un loco o enano por año". Hoy seguramente habría que aumentar notablemente esta nómina, pero los retratados por los pintores de cámara, actualmente conservados, se reducen a quince o veinte.
El "bufón" retratado por Antonio Moro no sólo no oculta su condición, sino que exhibe sin complejos sus problemas físicos, secuelas probablemente de una hemiplejía. Su brazo derecho es presentado por el artista en un primer plano, con una mano en postura imposible que porta una baraja francesa con el seis de corazones a la vista. Los naipes simbolizan su ocupación principal en la corte: acompañar y entretener a la familia real.
Sobre la identidad de este personaje ha habido diversas propuestas a lo largo de las últimas décadas, Allende Salazar quiso ver en él a cierto Pedro de Santorbas o de San Terbas, truhán del emperador, pero en la actualidad parece que hay suficiente base documental para identificarlo con Pero o Pedro Hernández de la Cruz, uno de los privados del rey que aparece con relativa frecuencia citado en cartas, libros de cuentas y documentos relacionados con Felipe II y su corte. En Palacio, solían bautizar a la gentecilla de este calibre con nombres caprichosos o incluso con los apellidos de los reyes y príncipes. Como nos recuerda Fernando Bouza, "Pedro" es el nombre protagonista de los truhanes, bobos y locos en el siglo XVI. Es "Perico", con todos sus derivados: "Pejerón", "Perejón", "Perequín", "Perote" o "Periquillo".
Sabemos, por otras fuentes, que Pedro Hernández de la Cruz fue, efectivamente, una persona muy ligada a los Pimentel. Tenía casa en Benavente, su esposa era benaventana y varios de sus hijos eran nacidos y bautizados en la villa. Gozó del favor y la protección de los condes, sirvió como criado y fue recompensado con importantes rentas en el alfoz del concejo. Con todos estos datos es posible trazar algunas pinceladas sobre su trayectoria vital y la huella dejada por su figura en el panorama social y político de la época.
En la documentación privada de Felipe II encontramos varias cartas que identifican a nuestro Perejón con Pedro Hernández de la Cruz. Así de 1554 hay una misiva del entonces príncipe a Antonio de Rojas en la que le informa de que "Pero Hernández se vuelve con mi licencia y con harto miedo del Infante (Carlos) y para esto quiere esta carta; vos tendréis quidado de lo que le tocare y de mirar por él con condición que baya adonde yo estubiere quando le enbiare a llamar, que así queda concertado con él". El texto finaliza con la siguiente anotación: "En La Coruña ocho de Julio, sobre Perejón". Por tanto, esta carta y las peripecias de Perejón deben contextualizarse en el viaje del príncipe Felipe a Inglaterra para desposarse con María Tudor.
En el relato de este viaje que hizo Andrés Muñoz, Pedro Hernández aparece mencionado varias veces en Benavente con ocasión de la visita del príncipe a la villa, en compañía de su hijo el infante Carlos. La relación del viaje está dedicada a la condesa de Benavente, Luisa Enríquez, esposa del VI Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1530-1575), y se publicó en este mismo año de 1554 bajo el título: "Sumario y verdadera relación del buen viaje que el invictíssimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra".
El cronista relata el recibimiento que se dio en la villa primero al infante Carlos, que venía adelantado, y posteriormente a su padre, el futuro Felipe II. Igualmente, describe con todo detalle las fiestas y agasajos que se dieron en honor de tan ilustres visitantes.
Cuando llega el infante Carlos es conducido desde la puerta principal de la villa (probablemente la puerta de Santa Cruz o de la Soledad) por una calle "que es una de las grandes y hermosas que señor tiene en Castilla, poblada de ambas partes de muchas y graciosas casas, entre las cuales estaban unas á la mano derecha muy bravosas, y en la frontera d́ellas están polidos y hermosos retratos á manera de medallas", y añade el cronista: "Esta casa es de Pero Hernández, criado y vasallo del conde de Benavente, y privado de los reyes como allí lo dice".
Pocos días después, cuando llega el príncipe, se nos dice que "se adelantó Pero Hernández á todo correr (qu'es cuyas son las casas que he dicho), y como privado suyo le suplicó que entrase por la puerta principal de la villa, por estar las calles más en órden que no por donde S.A. quería entrar, y ansí lo hizo".
La última mención de nuestro personaje se hace con ocasión de la celebración de un espectáculo taurino: "Otro día se corrieron en la plaza de abajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernández, las cuales tenía muy entapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. Este día baptizó un hijo Pero Hernández; fue padrino el Duque de Alba y otros señores".
Los detalles que se nos dan sobre "esta plaza de abajo", junto con la cita anterior de la puerta principal de la villa y la "calle grande y hermosa", parecen situar las casas de Pedro Hernández en la actual plaza del Grano, también conocida en el siglo XVI como la Plaza del Mercado.
Algunos datos más podemos concretar sobre nuestro "Perejón" y su descendencia a partir de los expedientes de limpieza de Sangre. En ellos se nos indica que sirvió en las guerras de Alemania y Flandes. Había nacido en Toledo y su nombre completo era Pedro Hernández de la Cruz Alcoholado. Era hijo de Alonso Hernández Alcoholado y de Juana de la Cruz, ambos toledanos. Estuvo casado con Antonia de Losada, nacida en Benavente.
Uno de sus hijos fue Felipe de Losada, tal vez el niño bautizado en 1554, según el relato de Andrés Muñoz. Fue capitán de infantería en Portugal y ujier de cámara de Su Majestad. Casó con la benaventana Ana de Torquemada.
Conocemos el nombre de otra hija: Herminia de Losada, también benaventana, que casó con Pedro Marroquín de Montehermoso. Este matrimonio tuvo al menos un hijo, de nombre Tomás Marroquín de Montehermoso, nacido en 1577 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz, en la provincia de Cáceres).
Como vemos, Pedro Hernández no era un simple criado del conde y privado para el entretenimiento del rey. Estaba muy bien relacionado con los grandes del reino, se le encomendaron algunas responsabilidades de relieve y poseía una de las casas principales de la villa de Benavente. Esta posición económica desahogada se debía, probablemente, a un patrimonio familiar previo y a las recompensas y mercedes que recibió a lo largo de su vida, tanto de los Pimentel como del propio monarca. Hay constancia también de la concesión de varios juros y regalos. José Luis Gonzalo Sánchez Molero refiere como en 1537 el príncipe Felipe le hizo entrega "de una medalla de oro con una figura de un niño que se está sacando una espina de un pie".
En el Archivo General de Simancas se conservan varios Juros en favor de Pero Hernández de la cruz, todos ellos de la primera mitad del siglo XVI. Uno de ellos, de 37.500 maravedís, especifica que es por sus servicios prestados en la Guerra de las Comunidades.
El 15 de marzo de 1545, Luisa Enríquez, condesa-duquesa de Benavente, otorgaba merced a favor de Pedro Hernández de la Cruz, en la que le cede el aprovechamiento de la pesca del río Tera, en el lugar de Santibáñez, por todos los días de su vida. Este derecho lo había disfrutado anteriormente Pedro de Quiñones, ya fallecido. Su tenor, según la transcripción de Luis Pardo, comienza así:

"Merced de la ribera de Tera
Yo doña Luysa Enrríquez, condesa de Benavente, por hazer bien y merced a vos Pero Hernández de la Cruz, mi criado, tengo por bien que ayáis y tengáis de mi por merced todos los días de vuestra vida la pesca del rrío de Tera desde el lugar de Santi Bañe para arriba que vaco por fin y muerte de Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor tenía hecha merced dello, para que podáis pescar y arrendar para que podáis pescar y arrendar y sea vuestro el aprovechamiento del dicho río desde el día de la fecha desta en adelante por todos los días de vuestra vida, la cual dicha merced vos hago en cuanto toca a la pesca del, rreservando como reservo para el conde mi señor y para mi los otros aprovechamientos que ay en el dicho rrío de molineras y sacar caminos de agua y todo lo demás que tenemos y que pertenesce al señorío y porque desta merced que yo vos hago no aveys de fozar mas de la pesca del y así mismo con que quede de libre al concejo justicia de esta mi villa de Benavente...".

En 1576 el conde Juan Alfonso Pimentel hizo concesión a favor de Hernando de Losada, y de su hijo Juan, del aprovechamiento de la pesca en este mismo lugar por muerte del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba.
Detalle de la mano derecha con los naipes
Detalle de la mano izquierda sobre el pomo de la espada
La familia de Pedro Hernández de la Cruz

viernes, 8 de enero de 2016

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes - En torno a sus fuentes literarias y sus fundamentos ideológicos y políticos


La célebre inscripción de San Pedro de Montes es uno de los testimonios más interesantes para el conocimiento, no sólo de la historia inicial de este importante cenobio berciano, sino de los pormenores de todo el proceso de repoblación monástica que se desarrolló en las tierras de la cuenca del Duero entre los siglos IX y XI.
Contamos ya con referencias a este monumento epigráfico en la bibliografía desde el siglo XVI. Ambrosio de Morales en su "Crónica general de España" atribuye su autoría a San Genadio, y dice que "habiendo edificado la iglesia que agora dura, lo dejó todo especificado en una gran piedra que mandó poner a la puerta por donde se entra desde el claustro" . 
El cronista de Felipe II vuelve a ocuparse del asunto en su “Viage”, concretamente al hablar de los orígenes del cenobio: “En el claustro a la entrada de la iglesia en una losa está escrito lo siguiente, fielmente sacado con sus malos latines de entonces”. A continuación, ofrece la primera lectura conocida del epígrafe . A partir de entonces el texto fue reproducido por numerosos autores, como Yepes, Sandoval, Gregorio de Argaiz, Rodríguez de Castro, Flórez, Quadrado, Hübner, Gómez Moreno, Fernández Pousa, etc .
El epígrafe se encuentra situado en el lado izquierdo de la portada románica, hoy cegada, que comunicaba la parte norte de la iglesia con el Claustro reglar o "Claustro de los arcos", reformado en el siglo XVII. La piedra está encastrada en el contrafuerte exterior a media altura.
Es un tablero rectangular de mármol blanco de 101 x 46 cm. El estado de conservación es bastante bueno, aunque se observan algunos desperfectos que no impiden su lectura completa. Su campo epigráfico está rebajado y delimitado por una moldura rota en el ángulo superior izquierdo y sobretodo en el superior derecho. En este último sector la rotura parece ser anterior a la preparación de la lápida, pues las tres primeras líneas del texto se alejan del comienzo de la moldura y terminan justo antes del corte de la piedra.
El texto ocupa todo el espacio disponible, con unos márgenes muy reducidos con respecto a la moldura. Consta de nueve líneas y está escrito en capitales de cuerpo estilizado y factura no muy regular. En palabras de Gómez Moreno sus caracteres son “desgarbados semimozárabes” y “poco elegantes del siglo X ”. 
Sus tipos se alejan de las líneas rectas propias del corte clásico. Por el contrario, las letras son algo curvadas y siguiendo la tradición de la escritura altomedieval varían de tamaño en función de las necesidades de espacio de su artífice. Además, se emplean con frecuencia las abreviaturas, las ligaduras y algunas letras están embebidas o ajustadas.
La caligrafía utilizada es muy variable, con el uso letras iguales bajo diferentes diseños. Entre los aspectos particulares hay que destacar la aparición de la “T” de tipo clásico, o con el bucle en su ápice izquierdo, rasgo que se ha venido identificando como característico de lo “mozárabe”. La “A” suele sustituir su ángulo superior por un rasgo recto horizontal. En la “N” el trazo oblicuo muere a media altura, mientras que hay alguna “N” coja, esto es con su trazo derecho que no apoya en la línea de la caja. La “P” en unos casos es cerrada y en otros tiene su parte curva ligeramente abierta. La “O” es generalmente de tendencia ovalada, pero alguna de ellas es de clara forma romboidal.
El lapicida se sirvió de renglones como ayuda y utilizó interpunción de dos puntos para separar algunas palabras. La línea central, la quinta, tiene un tratamiento especial, con un mayor cuerpo de letra y una caligrafía algo más esmerada. Esta línea actúa como eje de simetría, no sólo en lo material, sino también del contenido, pues se pretende así resaltar el acontecimiento central de todo el discurso narrativo: la construcción de un nuevo templo por el obispo Genadio.
El objeto principal de la inscripción es conmemorar la consagración de la nueva iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre del año 919. Pero este acontecimiento está precedido por un largo preámbulo, en el que se hace una recapitulación de las diferentes fases constructivas del monasterio y el templo desde los tiempos de San Fructuoso, su primer fundador.
En la “narratio” se utiliza en todo momento la tercera persona y el pasado, y los verbos tocantes a las diferentes acciones constructivas se llevan a la parte final de cada uno de los versos: “condidit”, “dilatabit”, “restaurabit” y “erexit”. Cada una de las fases o momentos de la fundación, restauración y renovación del monasterio ocupan una o dos líneas completas, a excepción de la consagración que se extiende por las tres líneas finales.
Parece, por tanto, que hay una cierta cadencia rítmica. Esta circunstancia ya fue advertida por Maurilio Pérez González, para quien esta inscripción, junto con la de San Martín de Castañeda, "su prosa también parece tener carácter rítmico o, al menos, pretende tenerlo".

La transcripción y su traducción son las siguientes:

INSIGNE MERITIS BEATVS FRVCTUOSVS POSTQVAM COMPLVTENSE CONDIDIT /
CENOBIVM: ET N(omin)E S(anc)C(t)I PETRI BREBI OPERE IN HOC LOCO FECIT ORATORIVM:/
POST QVEM NON INPAR MERITIS VALERIVS S(an)C(tu)S OPVS AECLESIE DILATABIT/:
NOBISSIME GENNADIVS, PR(e)SB(i)T(e)R CVM XII FR(atr)IB(u)S RESTAURABIT ERA DCCCCXXX IIIA /
PONTIFEX EFFECTVS A FVNDAMENTIS MIRIFICE VT CERNITVR DENUO EREXIT/
N(on) OPPRESSIONE VVLGI SED LARGITATE PRETII ET SVDORE FR(atr)VM HUIS MONASTERII/
CONSECRATUM E(st) HOC TEMPLV(m) AB EPI(scopi)S IIIIOR: GENNADIO ASTORICENSE: SABARICO /
DVMIENSE: FRVNIMIO LEGIONENSE: ET DVLCIDIO SALAMANTICENSE: SVB ERA /
NOBIES CENTENA: DECIES QVINA: TERNA: ET QVATERNA: VIIIIO K(a)L(en)D(aru)M: N(o)B(e)MBR(u)M/

“El bienaventurado Fructuoso, insigne en méritos, después de fundar el cenobio Complutense, también hizo un oratorio pequeño en este sitio, con nombre de San Pedro. Después de ello, el no inferior en méritos y santo Valerio amplió el edificio de esta iglesia. Modernamente, Genadio, presbítero, con doce frades, lo restauró en el año 895. Una vez hecho obispo, erigiólo de nuevo desde sus cimientos admirablemente, como se echa de ver, no mediante opresión del pueblo, sino con grande costa y con sudor de los frades de este monasterio. Fue consagrado este templo por cuatro obispos: Genadio, astoricense; Sabarico, dumiense; Frunimio, legionense, y Dulcidio, salamanticense, en 24 de octubre del año 919".

El relato es muy interesante, porque permite acercarse a las fuentes utilizadas por los artífices de este documento epigráfico para componer su discurso. Varias de estas fuentes pueden ser identificadas de forma precisa, lo cual hace de esta lápida una pieza singular en comparación con otros epígrafes altomedievales. A través de ella podemos comprender mejor las motivaciones ideológicas y políticas presentes en las fundaciones y restauraciones de monasterios, tan frecuentes en el reino de León entre los siglos IX y XI. Los hitos principales de este relato serían los siguientes:

1. Fundación de un oratorio dedicado a San Pedro por San Fructuoso, después de haber fundado el monasterio de Compludo.
“Insigne meritis beatus Fructuosus postquam complutense condidit cenobium et nomine Sancto Petri brebi opere in hoc loco fecit oratorium”.

La información que nos suministra el comienzo de la inscripción (primera y segunda línea) está basada fundamentalmente en la “Vita Fructuosi”, uno de los grandes patriarcas del monacato visigodo del siglo VII. El relato se nos ha trasmitido en varios códices medievales incluido en la compilación hagiográfica hecha por Valerio del Bierzo. En un principio su autoría fue atribuida por casi todos los editores antiguos al propio Valerio, pero en la actualidad, gracias sobretodo a los estudios de Manuel C. Díaz y Díaz, la obra se considera de algún seguidor de Fructuoso, probablemente monje, y residente en alguna de sus fundaciones .
En la “Vita” se emplea repetidamente los tratamientos de “beatissimum” y “sanctissimus”para referirse a Fructuoso y, tal y como se recuerda en nuestra inscripción, se habla de esta fundación como hecha poco después de la de Compludo. Sin embargo, en la “Vita” no se indica la advocación de este “oratorio”, sino que se alude al monasterio “Rufianense”, donde Fructuoso vivía recluido en un edículo o “ergástula” . Para la mayoría de los autores este hecho se habría producido hacia el año 640, y la fundación primigenia tendría más un carácter de eremitorio, orientado al retiro y a la vida contemplativa, que de un monasterio propiamente dicho.
Sabemos, por otras fuentes, que Genadio conoció la "Vita Fructuosi" y los escritos de Valerio en su juventud, desde los mismos inicios de su formación como monje en el monasterio de Ageo . Es a través de la lectura de estos relatos hagiográficos como los monjes de Ageo se sienten atraídos por la tradición eremítica y cenobítica de las montañas del Bierzo, y proyectan la restauración del monasterio de San Pedro de Montes, fundado por San Fructuoso en el siglo VII.
En el documento conocido como “Testamento de San Genadio”, el obispo astorgano al recordar su juventud en el monasterio de Ageo, dice de San Pedro de Montes: "que primero fue habitado por San Fructuoso, y después por San Valerio, cuyas santas vidas y resplandor de sus virtudes y milagros, declaran las historias que de ellos hay escritas". Este importante documento, fundamental para el conocimiento de la vida de Genadio, suele fecharse en torno a los años 915, 919 ó 920, pero los detalles suministrados sobre su estancia en el monasterio de Ageo tienen que remontarse necesariamente antes del año 895. Frente al “insigne meritis con que es presentado Fructuoso en la inscripción, en el “Testamento” Genadio se autodefine como “pauper meritis, abundans scelirubus, indignus episcopus” .
En el monasterio de San Pedro de Montes se conservaron durante mucho tiempo una serie de libros atribuidos a la colección privada de Genadio. Ambrosio de Morales alcanzó a verlos en el siglo XVI, y los identifico con la biblioteca que el santo había donado en su “Testamento”a los monasterios bercianos de San Pedro, San Andrés, Santiago y Santo Tomás. En palabras de Morales: “todos son de letra gótica, tan antigua que manifiestamente muestran como son los mismo que el Santo dexó ... pues son como reliquias, en consideración que el Santo los trató mucho, y estudió en ellos”. Entre los ejemplares descritos se menciona una “Vita Patrum, deshojado, tienen las Vidas de San Paulino, Santo Agustín, San Gerónimo, y pocas más, fue gran volumen” . Independientemente de que este libro hubiera pertenecido o no al obispo astorgano hay que señalar que estas piezas hagiográficas son partes integrantes de la compilación de Valerio.

2. Ampliación de la iglesia por San Valerio.
“Post quem non inpar meritis Valerivs sanctus opus aeclesie dilatabit”.

El contenido de la tercera línea de la inscripción se fundamenta específicamente en los escritos autobiográficos de Valerio. En ellos el monje berciano ofrece pormenores de su llegada al monasterio y su estancia durante muchos años en la misma celda en la que había habitado antes San Fructuoso. En estos textos el monasterio es denominado "Rufianense", como ya se hacía en la "Vita Fructuosi".
El nombre de “Rufianense” haría alusión al poseedor de un antiguo “castillo” situado en las inmediaciones. Así en el "Ordo querimonie prefati discriminis" leemos: "En el límite del territorio del Bierzo, entre otros monasterios, junto a un castillo cuyo antiguo propietario le diera el nombre de Rufiana, hay un monasterio entre unos valles de elevados montes, fundado tiempo atrás por San Fructuoso de bendita memoria, en que la divina piedad me colocó para permanecer para siempre" .
Pero tanto Genadio, como sus compañeros, pudieron deducir la advocación del cenobio a los santos apóstoles Pedro y Pablo a través de la lectura de los textos de Valerio, pues en uno de los pasajes de sus obras dice que “celebraba el oficio ... en el santo altar de los apóstoles” y “de la construcción y obra allí junto al altar de los santos apóstoles, se ha escrito brevemente en la historia anterior”. Por otra parte, uno de sus poemas está dedicado expresamente a San Pedro y San Pablo: “Conversio deprecationis ad Sanctos Apostolos”  .
Respecto a la ampliación de la iglesia por Valerio no encontramos una referencia específica en sus obras, pero sí hay mención a obras de ampliación de las estancias monacales y del huerto inmediato construido en el atrio. En "Replicatio sermonum a prima conversione" se dice que su sobrino Juan "en aquel páramo plantó viñas, una huerta y muchos frutales de distintas clases, y puso los cimientos para unas habitaciones, y se ocupa de que todo lo que sea necesario en uno y otro lado vaya adelante". En cuanto al atrio: "...con la ayuda de Dios, poco a poco, se allanó gracias al trabajo de unos jornaleros un estrecho, pero suficiente espacio para un pequeño atrio" .
Por tanto, esta "ampliación" de la iglesia por Valerio, tal y como se registra en el epígrafe, pudo basarse en la lectura de estas fuentes. Pero también debe considerarse la interpretación de los restos constructivos que probablemente perduraban del antiguo monasterio visigodo a finales del siglo IX. A fin de cuentas, la ruinas que encontraron los monjes repobladores pertenecerían a los últimos edificios habitados por Valerio, cuya muerte suele fijarse en torno al año 695.
Varios restos constructivos altomedievales se conservan actualmente en el último cuerpo de la torre de la iglesia monacal. Su cronología no puede precisarse, pues se trata de fustes de columnas y capiteles de mármol que podrían haberse utilizado tanto en la fundación visigoda como en el monasterio repoblado por Genadio . A estas piezas deben añadirse otras que se reaprovecharon en la portada de la próxima ermita de la Santa Cruz, entre ellas un posible fragmento de cancel visigodo .

3. Restauración por el presbítero Genadio en el año 895.
“Nobissime Gennadius presbiter cum XII fratribus restaurabit era DCCCCXXX IIIa”.

Las acciones acometidas por el presbítero Genadio, con la colaboración de doce "fratres", son muy escuetas y se resumen a través del verbo «restaurar». Esta cuarta línea está precedida con la expresión “nobissime”, no habitual en los diccionarios del latín clásico. Con este término se quiere establecer una cesura temporal entre el pasado visigodo de San Pedro de Montes y las iniciativas repobladoras de los siglos IX y X.
Los detalles de esta "restauración" se corresponden nuevamente con el relato del llamado “Testamento de San Genadio”, en el que describe, efectivamente, como Genadio, en compañía de doce hermanos salió del monasterio de Ageo para “restaurar” las ruinas del antiguo monasterio de San Pedro de Montes: “viviendo en la obediencia de mi padre y abad Arandiselo en el monasterio de Ageo, ansioso de la vida solitaria, con otros doce hermanos, y la bendición de mi viejo abad, caminé al desierto de San Pedro, que primero fue habitado por San Fructuoso y después por San Valerio”.
El uso del verbo “restaurar” tiene en nuestra lápida un marcado componente ideológico que debe ser analizado. Desde que Astorga fue repoblada de una manera definitiva por Ordoño I, hacia el año 854, e integrada en los organigramas de la monarquía astur, debió crearse una circunscripción basada en la tradición romano-visigoda y en la organización eclesiástica. En consonancia con lo que se ha venido en llamar “neogoticismo” astur se restaura el obispado y se establece un marco político-territorial en el que el Bierzo tiene una personalidad propia muy definida.
Esta actividad restauradora es común a gran parte de los territorios del reino, donde los ejemplos se multiplican. La “Crónica Albeldense”, al referirse a las iniciativas políticas y religiosas de Alfonso III, dice: “Todos los templos del Señor son restaurados por este príncipe, y en Oviedo se edifica una ciudad con palacios reales” .
La repoblación de Astorga supuso la recuperación de los territorios del viejo obispado, donde, además de las labores de colonización agraria, se fundan o se restauran iglesias y monasterios. Todo este ambicioso programa político contó lógicamente con la dirección, impulso y apoyo de los reyes asturleoneses.
María Concepción Cosmen Alonso ha recopilado algunos testimonios de estas “restauraciones” localizadas dentro del territorio de la diócesis. El monasterio de San Dictino de Astorga, situado fuera de las murallas, fue rehabilitado como residencia episcopal y su templo “venerabilis ecclesia vetusto fundamine” restaurado y dotado por el obispo Fortis en torno al año 925. El mismo camino seguirá el monasterio de San Pedro de Forcellas, ubicado en la zona montañosa de La Cabrera, que fue donado por el rey Ramiro II en el año 935 al obispo Genadio para que “como estaba destruido» lo restaure y ponga en él una comunidad regular”. San Martín de Castañeda fue rehecho desde los cimientos, sobre un pequeño edificio anterior dedicado a San Martín. Al lado de estos ejemplos la iglesia de Villanueva de Valdueza fue “facta et restaurata” por el obispo Ranulfo a fines del siglo IX, el oratorio de Santa Cruz de Montes reedificado en el año 905 y el cenobio de Santa Leocadia de Castañeda, junto al Sil, rehecho en torno al 916.
Estas “restauraciones” se hicieron sobre la base de viejos edificios arruinados, de los que los “restauradores” conocen su pasado con mayor o menor precisión. Los nuevos templos y monasterios muy probablemente reaprovecharon elementos constructivos de las fundaciones anteriores. Como señala José Alberto Moráis Morán la reapropiación selectiva y particular de los restos materiales de las construcciones del pasado, con la voluntad expresa de reutilizarlas en los nuevos contextos materiales del medievo, posee un claro antecedente en la edilicia tardoantigua .
En este aspecto, y en otros, la lápida de San Pedro de Montes guarda importantes similitudes con los monumentos epigráficos de San Miguel de Escalada y San Martín de Castañeda, pues en los tres casos se acomete una "restauración" sobre la base de un asentamiento cristiano anterior. Sin embargo, en Castañeda y Escalada se restauran templos de los que apenas se recuerda su pasado, porque seguramente los monjes no disponen de información al respecto. Solamente se consigna su antigua advocación (San Martín o San Miguel). Pero en Montes hay un conocimiento mucho más detallado, y guiados por la tradición visigoda identifican las ruinas que encuentran los repobladores con una de las principales fundaciones fructuosianas: el monasterio Rufianense. Se quiere así recuperar, por motivos ideológicos, el pasado mítico y prestigioso del eremitismo y monasticismo del siglo VII y, de este modo, hacer realidad el proyecto político del “neogoticismo” del reino asturleonés”.
Gómez Moreno ya advirtió relaciones evidentes entre las tres fundaciones, en particular en el uso de expresiones equivalente como “brevi opere”, “miro opera a fundamine... erigitur”, “non oppresioni vulgo sed... fratrum instante vigilantia”, etc. Para el erudito granadino estás concordancias venían a confirmar sus teorías sobre el gran peso de lo “mozárabe” en el arte hispano altomedieval, sospechando si también andarían en la reconstrucción de San Pedro de Montes andaluces . A estos tres ejemplos habría que añadir el epígrafe del monasterio de San Salvador de Tábara, donde nuevamente encontramos expresiones equivalentes como: “non copia rerum fretus sed divino ubamine” .
En cualquier caso, esta parte del relato de nuestra inscripción se contradice con los primeros documentos del “Tumbo de San Pedro de Montes”. En ellos se otorga un gran protagonismo al obispo astorgano Ranulfo en la fundación o restauración del monasterio. Estos textos ofrecen algunas dudas sobre su cronología y autenticidad, pero como ya advirtió Mercedes Durany Castrillo, en ellos es Ranulfo quien entrega a los monjes los terrenos anexos de la nueva fundación, y ordena a Genadio abad de la comunidad monástica .
Uno de estos documentos está datado precisamente en el año 895, y en él el obispo astorgano dona a la comunidad de Montes la iglesia y concede unos términos que delimita: “Yo Ranulfo, obispo indigno, ... traté de edificar en honor de vuestra gloria, mi señor San Pedro, un monasterio de monjes [...] concedo y doy a San Pedro, la misma iglesia ya mencionada con todas sus inmediaciones la cual está dentro del término del Bierzo, junto al río Oza, entre los montes que llaman Aquilana, Rufiana y Peñalba” .

4. Renovación, desde los cimientos, por Genadio después de haber sido nombrado obispo.
“Pontifex effectus a fundamentis mirifice ut cernitur denuo erexit non oppressione vulgi sed largitate pretii et sudore fratrum huis. monasterii”.

La quinta y sexta líneas de la inscripción se detienen ahora en la construcción de un nuevo templo "a fundamentis", una obra de envergadura objeto de la admiración de los visitantes. Esta empresa habría sido acometida por Genadio tras ser nombrado obispo de Astorga. Este dato nos permite hacer alguna precisión cronológica, pues los biógrafos de Genadio suelen situar su episcopado entre los años 899 y 920.
Nuevamente, el contenido de esta parte del relato se asemeja a lo conocido a través del "Testamento" de Genadio: "me colocaron en la silla episcopal, donde estuve muchos años, más por obediencia al príncipe, que por propia voluntad, si bien ni aun casi corporalmente vivía allí. Poniendo toda mi solicitud y fuerzas en el dicho desierto, amplié con nuevos edificios la iglesia de San Pedro, que poco antes había restaurado, y como mejor pude la mejoré".
En ambos textos es a Genadio a quien se atribuye específicamente la construcción de la nueva iglesia. Su condición de obispo implica la inclusión del monasterio de Montes en las estructuras administrativas eclesiásticas, pero también de alguna manera en la organización política del reino asturleonés, pues no olvidemos que los reyes tenían una gran influencia en los nombramientos de los prelados, como se pone de manifiesto en época de Alfonso III con los obispos Froilán (León), Atilano (Zamora) o el propio Genadio de Astorga.. 
La expresión “a fundamentis” aplicada a la nueva iglesia, esto es, desde los cimientos, tiene un claro cometido simbólico. Se quiere remarcar la construcción de un nuevo edificio y vendría a justificar la posterior consagración del templo, ya que si se hubiera tratado de la simple reforma, ampliación o reparación de una iglesia anterior no sería procedente celebrar el rito de la consagración, pues ésta ya habría sido consagrada con anterioridad.
Nuestro epígrafe introduce a continuación una valoración estética sobre la calidad de la nueva construcción: “mirifice ut cernitur”. El comentario recuerda la descripción de la iglesia de San Tirso de Oviedo que introduce el autor de la versión “A Sebastian»”de la Crónica de Alfonso III”: “obra cuya belleza más puede admirar quien esté presente que alabarla un cronista erudito”. Para Víctor Nieto Alcaide este tipo de alabanzas contrasta con la suposición, generalmente admitida, de la estimación exclusivamente simbólica y religiosa que se ha supuesto en los hombres de la Edad Media con respecto a las obras de arte .
Sea como fuere, el “Tumbo”, elaborado en su núcleo principal en el siglo XIII, nos muestra una tradición sobre la historia del monasterio que se remonta a tiempos visigodos y que coincide en los aspectos fundamentales con el relato de la inscripción. Como ya apuntó Manuel C. Díaz y Díaz, tuvo que existir algún tipo de continuidad que explicaría la conservación en la memoria colectiva del emplazamiento y la advocación de los títulos de la iglesia. Para este autor resulta a todas luces inadmisible que por aquellos riscos desérticos y casi inaccesibles hubieran pasado, como suponen algunos, los “árabes invasores, responsables que serían del despoblamiento y posterior olvido”.

5. Consagración de la iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre de 919.
“Consecratum. est hoc templvm ab episcopis IIIIor, Gennadio astoricense, Sabarico dvmiense, Frvnimio legionense, et Dvlcidio salamanticense, svb era nobies centena decies qvina terna et qvaterna VIIIIo kalendarurum nobembrvm”.

Esta es la parte de la inscripción que da sentido a todo el discurso anterior, pues su verdadera naturaleza es narrar la historia de las fundaciones y restauraciones de San Pedro de Montes, para consignar, por último, la consagración de la iglesia monástica. Por ello, es la parte más extensa, extendiéndose por las tres últimas líneas.
En el texto encontramos los elementos principales que identifican en época altomedieval una “consecratio”: aparición del verbo "consecrare", advocación o advocaciones del templo, mención del obispo u obispos oficiantes con la indicación de las diócesis que rigen y, por último, datación con el día, mes y año en que se lleva a cabo.
Artemio Martínez Tejera propuso la denominación de "Monumenta consecrationis" para definir aquellas inscripciones que incluyen no sólo los rasgos propios de las "consecrationes", sino también de las denominadas "monumenta", que recogen la construcción, reedificación o reforma de un edificio o de alguna de sus dependencias, generalmente de un edificio cultual. Para Vicente García Lobose trataría de “Monumenta aedificationis”, pues con motivo de un acto solemne (dedicación, consagración, restauración, etc.) se da cuenta de una serie de hitos o momentos en la historia del edificio o la institución . Posteriormente, junto con Mª Encarnación Martín López, ha propuesto una clasificación más específica de los “monumenta”, con las subcategorías de “ampliationis”, “dotationis”, “fundationis” y “restaurationis” .
En los aspectos formales, la caligrafía utilizada y sus concordancias gramaticales con otras inscripciones similares indican que su confección es contemporánea de la propia consagración, o hecha poco tiempo después.
Sobre esta cuestión Gómez Moreno defiende que “debió esculpirse a raíz de la consagración susodicha, que principalmente conmemora”. Sin embargo, algunos autores consideran el epígrafe bastante más tardío, llevándolo al siglo XI o incluso al siglo XII. Flórez es el primer autor que duda de su antigüedad, pues dice que "este monumento, aunque no sea del tiempo de San Genadio, fue puesto en su monasterio por memorias propias de la Casa, y como útil para algunas materias le reproducimos". En la misma línea se manifiesta Augusto Quintana Prieto, para quien la lápida fue erigida bastantes años después.
Los primeros editores erraron en la fecha. Tanto Morales como Yepes  dan una cronología más temprana (Era 944, año 906), basada en una mala interpretación de la forma de consignar la data. Como ocurre con otros epígrafes altomedievales la fecha se enmascara baja una fórmula retórica que puede confundir al lector contemporáneo: "sub era nobies centena, decies quina, terna, et quaterna”, esto es en la era nueve veces ciento, diez veces cinco, más tres y cuatro, era CMLVII”, año 919.
La consagración tuvo lugar en domingo, como se prescribía en la legislación de los concilios visigodos. El primer oficiante es el propio obispo de Astorga Genadio, a cuya diócesis pertenecían los territorios del Bierzo. Los otros tres obispos citados (Mondoñedo, León y Salamanca) se acomodan con la permanencia en sus sedes en la fecha consignada (el 24 de octubre de año 919).
El orden en el que aparecen estos prelados no es casual, se corresponde con la antigüedad en el disfrute de su diócesis, lo cual es un elemento que confirma la observancia de las tradiciones de la iglesia hispana y la precisión de la información contenida en la lápida. Genadio es el más antiguo, pues según los episcopologios más fiables comenzó a pontificar en el año 899. Le siguen Sabarico (900-922), Frunimio (915-928) y Dulcido (916-920). Este estricto orden protocolario ya aparece documentado en los siete obispos consagrantes de la iglesia de San Salvador de Valdediós en el año 893 .
Respecto a la cronología parece claro que debe situarse en el siglo X y descartar, por tanto, las dataciones que la llevan al siglo XI o al siglo XII. Se podría hacer algunas precisiones en función del contenido y el tratamiento de los personajes citados en texto. Varias razones llevan a pensar que la inscripción fue confeccionada en vida de Genadio.
Por una parte, hay que señalar que la inscripción quiere resaltar la impronta deja por tres personajes clave en la historia del monasterio: Fructuoso, Valerio y Genadio. Fructuoso es calificado de “insigne meritis Beatus Fructvosus”, mientras que Valerio es presentado como “non inpar meritis Valerius sanctvs”. Sin embargo, al mencionar a Genadio este carece de epítetos laudatorios y se consigna únicamente su condición de “presbítero” y posteriormente de “obispo”. A pesar de ello Genadio es, sin duda, el gran protagonista del epígrafe pues se le menciona repetidamente y se destaca su labor como restaurador del monasterio, constructor de la iglesia y obispo consagrante.
Resulta difícil de asumir que una inscripción elaborada con cierta distancia cronológica por la comunidad de San Pedro de Montes no utilizara otros calificativos para referirse a un personaje tan querido para el monasterio. Esta circunstancia solamente puede explicarse porque Genadio aún vivía en ese momento y su participación directa o indirecta en la elaboración del monumento haría improcedente el empleo de tratamientos laudatorios.
Sabemos, además, que muy poco después de la muerte de Genadio, los documentos que hablan de él ya tienen una especial consideración hacia su persona, e incluso apuntan algún tipo de devoción o culto. Así en una donación al monasterio de Santiago de Peñalba, en 937, el obispo de Astorga, Salomón, se refiere a él como “in Christo pater meus beatae memoriae dominus Jennadius”. En 960 el obispo Odoario recuerda a “nuestros antecesores de divina memoria, don Genadio, obispo por la gracia de dios y don Fortis, obispo por la gracia de Dios”. En un documento de San Pedro de Montes de 1081 se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.

Conclusiones

El epígrafe de consagración de la iglesia de San Pedro de Montes plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
Los detalles sobre la restauración y edificación del cenobio por San Genadio son en gran parte coincidentes con el documento conocido como “Testamento” del santo obispo de Astorga, datado comúnmente hacia el año 915. Esta circunstancia nos lleva a plantear las relaciones entre ambos textos, la fijación de los años del pontificado de Genadio en Astorga y la posible fecha de elaboración de la lápida
Del análisis formal del epígrafe y de su propio contenido se deduce que este debe datarse, como ya hizo Gómez Moreno, en el siglo X y, probablemente, en fechas próximas al acto central que se pretende destacar: la consagración solemne del templo por cuatro obispos en 919. En cualquier caso, la forma de presentar y calificar a Genadio, sin ningún tipo de epíteto laudatorio, apunta a que este aún vivía en el momento en el que se erigió este importante monumento epigráfico.
La “restauración” de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y “restauración” de otras iglesias y monasterios, y explica las similitudes formales de lápida de Montes con otros epígrafes equiparables, como los de San Miguel de Escalda, San Martín de Castañeda o San Salvador de Tábara.

Portada sur de la iglesia conventual
La lápìda empotrada en el contrafuerte
Detalle de la inscripción
Dibujo de la inscripción de San Pedro de Montes según Benjamín Martínez